Enric Llopis

La década de los 80 del siglo pasado en España fue la del consumismo pop, la carrera por ser moderno, el lema “política no, gracias”, el confort frente al conflicto, el neón rosa, el culto a la juventud, el bienvenido míster Warhol, el yoísmo y la adicción al famoseo. En ese contexto, el periodista musical Víctor Lenore aborda el fenómeno de la Movida madrileña en el ensayo “Espectros de la Movida. Por qué odiar los años 80” (Akal). Eran “una docena de grupos (musicales) que durante años monopolizaron la cultura popular española”, explica. Políticamente se trataba de “material inofensivo”, resalta el autor, sobre todo en comparación con el llamado rock radical vasco, la rumba de los barrios marginados o el rock urbano.

Pero aquellos superventas del pop, promocionados por la industria del disco y los medios, coexistían con otras realidades; si se toma como referencia 1987, fue un año de reconversión industrial y conflicto laboral en Reinosa (Cantabria), protestas estudiantiles en todo el país y huelgas de los mineros de Hunosa (Asturias) y la comarca de El Bierzo (León). Víctor Lenore es uno de los coordinadores del libro “CT o la Cultura de la Transición” (2012) y autor del ensayo “Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural” (2014). La entrevista tiene lugar tras la presentación de “Espectros de la Movida” en la librería Ramón Llull de Valencia.   

-Afirmas que fue un “tráiler” del neoliberalismo y que la derecha madrileña “tardó dos décadas en darse cuenta de que la Movida estaba de su lado”. Además, según informaciones del diario El País, la expresidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre (PP), consignó un millón de euros en 2005 para conmemorar el 25 aniversario de la Movida…

Cuando analizas los contenidos, la Movida madrileña tiene muchos puntos en común con la industria publicitaria. La década de los 80 fue conocida en España como “la edad de oro de la publicidad”. Así, la canción “Bote de Colón”, de Alaska y Los Pegamoides, remite a un anuncio de esta marca de detergentes. “Enamorado de la moda juvenil”, de Radio Futura, se asemeja a una campaña de la planta joven de El Corte Inglés. También en las películas de Pedro Almodóvar hallamos parodias –pero no críticas, sino cariñosas- sobre los anuncios de la época. Me parece que, en ese sentido, la Movida fue un laboratorio del neoliberalismo. También en las letras de las canciones, por ejemplo en “Voy a ser mamá”, de Almodóvar y McNamara; es decir, había un rechazo al compromiso, a los vínculos comunitarios y la gente politizada; por otra parte, un culto a hacer “lo que te da la gana”. Otro de los temas era el aislamiento, como en “Perdido en mi habitación” (Mecano) o “Autosuficiencia” (Parálisis Permanente). En los 80 también se fetichizó la idea neoliberal de que los creativos eran seres especiales y el valor de ser joven por ser joven.

 

-“La culpa no fue de aquel grupo de veinteañeros revoltosos, mimados hasta la náusea por las élites políticas y culturales (…); hoy siguen vigentes las secuelas de esa estética, desde el ‘trap’ a las webs de tendencias, pasando por la fiebre de los museos de arte contemporáneo y los decorados pop de los programas del corazón”, afirmas en el libro. ¿Se ha impuesto una memoria rosa y amable?

Lo comparo con el relato de la periodista Victoria Prego sobre la Transición española, que nos han “machacado” en Informe Semanal y en tantos documentales. Es como un cuento de hadas, que arrasa con los matices. El relato oficial de la Movida es el de una España que pasó del blanco y negro al color, con libertad, moderna y creativa. Pero no fue tanto así. El programa infantil “La Bola de Cristal”, que emitía Televisión Española (TVE), fue objeto de censura. Dirigido por Lolo Rico y con Carlos Fernández Liria y Santiago Alba Rico como guionistas, “La Bola de Cristal” criticaba a Felipe González, entonces presidente del Gobierno, y las políticas de Estados Unidos; la directora de TVE, Pilar Miró, llamaba para decir que no podían hacerse determinados gags. Los guiones generaban incomodidad. Está también el caso de Javier Krahe, a quien se le ocurrió componer una coplilla –“Cuervo ingenuo”- en la que criticaba el cambio de posición de Felipe González respecto a la OTAN; la consecuencia fue que le cortaron el acceso a TVE y a los contratos con los ayuntamientos gobernados por el PSOE. Problemas similares con la televisión pública y el partido socialista tuvo el grupo de heavy metal, Barón Rojo.

-¿Hubo figuras de relevancia en el pensamiento y la cultura que orientaran a los artistas de la Movida? 

Fueron intelectuales algo adheridos a posteriori y que no tenían demasiado prestigio en la Movida. Creo, de hecho, que se hubieran sentido más cómodos sin intelectuales. En cierto modo, acabaron ejerciendo ese rol escritores como Paco Umbral –al que veían como un viejo que les hacía publicidad, pero sin enterarse mucho de la cosa- y Luis Antonio de Villena, quien sí estaba en círculos “movideros”, pero tampoco esperaban a ver qué decía para actuar. Las crónicas sociales de Umbral sobre los 80 han sobrevivido bien. En mi opinión, la Movida supone el paso de una contracultura basada en la lectura, el debate y la resistencia a otra audiovisual, amnésica y complaciente con el poder. El libro “Cruce de perras y otros relatos de los 80”, de Víctor Abundancia, músico de Los Coyotes, destaca la fama que en la época tuvieron los peluqueros.

 

-¿Qué diferencias existen entre la transgresión y la subversión? Kortatu cantaba en la década de los 80 “Nicaragua sandinista”, “Genika 37-87”, “Mierda de ciudad” o “Sarri Sarri”,  y La Polla Records dedicaba letras a “los nietos de los obreros que nunca pudisteis matar”….

Creo que el filósofo y sociólogo César Rendueles es quien mejor ha explicado el papel del rock radical vasco durante la Transición, cuando dice que fue la banda sonora de una derrota. Las letras de Kortatu y La Polla Records recuerdan cómo era la vida cuando había sindicatos, contratos estables y solidaridad entre las personas y los pueblos; lo contrario que fue imponiéndose con las políticas laborales del PSOE. A muchos jóvenes todo esto nos lo explicaron grupos como Kortatu, La Polla Records, Cicatriz, Eskorbuto o MCD, que representan valores claramente contrapuestos a los de la Movida (el ensayo llama la atención sobre cómo en la década de los 80 se reforzaron algunos de los “apartheids” culturales promovidos por la dictadura, por ejemplo el de la rumba de barrio –Los Chichos- o los cantautores más politizados. Nota del entrevistador).

 

-Sostienes que, pese a las diferencias de estética, la distancia entre los valores de los yuppies y los punks madrileños eran escasas, “por eso se entendieron tan bien”. ¿Y en relación con el punk del Reino Unido?

El punk británico –Sex Pistols o The Clash- era antiautoritario e hizo canciones contra las reinas y los ricos. The Clash tenía letras contra el imperialismo estadounidense y sobre las revueltas raciales en Brixtol, al sur de Londres; mientras, el grupo punk madrileño Kaka de Luxe, constituido en 1977, se quejaba en sus canciones de lo feo que era el metro o se metía con sus seguidores, en temas como “Pero qué público más tonto tengo”; el de Kaka de Luxe fue como un punk de niñatos, estético, que ni por asomo hubiera dedicado alguna de sus letras a los abusos policiales.

Víctor Lenore,

 -Una de las tesis del ensayo es que el PSOE y “sus medios afines” financiaron a los jóvenes artistas de la Movida, en algunos casos mediante contratos con ayuntamientos para la celebración de galas y conciertos. En una tribuna en El País (“La cultura, ese invento del Gobierno”, noviembre de 1984), el escritor Rafael Sánchez Ferlosio criticó los “despilfarros” y “mamarrachadas” de los que el Ministerio de Cultura socialista (precedido por los consistorios) fue “entusiástico adalid”. ¿Podrías ilustrar con alguna fotografía estas complicidades?

Elegiría la del concierto gratuito de The Smiths en el Paseo de Camoens de Madrid, con motivo de las fiestas de San Isidro en mayo de 1985. The Smiths era entonces uno de los grupos de moda y el concierto –retransmitido por Televisión Española- reunió a medio millón de personas. La responsable del programa “La Edad de Oro” en TVE, Paloma Chamorro, hizo en la introducción un ejercicio de propaganda cultural en el que daba las gracias a Tierno Galván por ser tan buen alcalde de Madrid: “Para los más exigentes, san Isidro y san Tierno nos han traído a los Smiths”. Es decir, tú me das una posición de privilegio en los medios y yo te pago dándote las gracias. Además de los casos de censura, bastante contundentes, señalaría como segunda postal la visita del artista Andy Warhol a Madrid, invitado por el galerista Fernando Vijande, en enero de 1983. La clase alta y la Movida se mezclaron para rendir homenaje al rey del Pop Art, quien entonces ya no tenía nada que decir. Pero allí estuvieron Isabel Preysler, Alaska, los March, los Hachuel, Ana Obregón, Almodóvar, Lucía Bosé o la condesa de Siruela.

 

-También te haces eco de las palabras de Borja Casani, director de La Luna de Madrid, una revista de artistas surgida en 1982; afirma que las opciones de “fachas” y “progres” con la que España salió del franquismo, eran “un aburrimiento”; pero a finales de los 70 surgieron los “modernos” y la publicación “recogió esa herencia que rompía con la obsesión política”, según Casani. ¿Qué relación había entre el ambiente “movidero” y la izquierda?

No había ninguna relación. Sabino Méndez, guitarra y compositor de Loquillo y los Trogloditas, mencionaba a los “marxistas plúmbeos” que tiraban de eslóganes. “Nos dieron mucho la lata con la gravedad litúrgica de la política”, añadía, “no te dejaban ser joven, ni vivir la calle, ni ser homosexual, porque eso te hacía vulnerable al chantaje de la policía”. Gran parte de la Movida identificaba a los viejos comunistas y anarquistas, a la izquierda, con represión, solemnidad y rechazo del hedonismo. Y con un punto de razón, pero no se puede apostar todo al hedonismo. Los 80 en España suponen la mayor desmovilización de la militancia política. El consenso entre los, digamos, intelectuales de la Movida es que los análisis marxistas estaban “superados”. Además el heavy metal, los cantautores y el rock urbano, que contaban la vida de los barrios, les parecía algo muy gris. Hay en general un empobrecimiento de la vida cultural. El cantautor Luis Pastor recordaba que en los años 70 podría cubrir todas sus necesidades culturales en el barrio de Vallecas, mientras que una década después la cultura se había trasladado al centro de Madrid. Fue importante, por el contrario, la influencia de la revista ¡Hola! y la cultura de la celebridad.

 

-El triunfo de un esteticismo postmoderno…

En el libro cito a Eric Hobsbawm y Terry Eagleton, que asocian la postmodernidad a una rendición cultural ante el neoliberalismo. En el ensayo “Un tiempo de rupturas. Sociedad y cultura en el siglo XX”, escribe el historiador británico: “Warhol y los artistas pop no querían revolucionar ni destruir nada, ni mucho menos el mundo. Todo lo contrario, aceptaban este mundo, e incluso les gustaba”. En cuanto a Eagleton, define perfectamente lo que estaba pasando en España cuando afirma: “Existe quizá un cierto consenso según el cual el típico artefacto postmodernista es leve, autoirónico y hasta esquizoide; reacciona a la autonomía austera del alto modernismo adoptando de manera imprudente el lenguaje del comercio y de la mercancía. Su posición respecto a la tradición cultural es la de un pastiche irreverente (…)”. Estas reflexiones pueden aplicarse a la Movida.

 

-¿Qué valores representan, a tu juicio, Alaska y Pedro Almodóvar?

Un capítulo del libro se titula “La primera vez como Alaska, la segunda como Mario Vaquerizo”, su marido, tertuliano, histrión de los “realities” y autor del libro “Vaquerizismos”, en el que dice admirar el 15-M y disfrutar del “lado kitsch y folclórico de Franco”. Pienso en un rapero francés, Koma, del grupo Scred Conexxion, quien afirma que el sistema adora a la gente que no tiene nada que decir. Es lo ideal para un programador de televisión, los directivos y los anunciantes: gente llamativa e ingeniosa que no genere conflictos. Esta idea puede aplicarse a Mario Vaquerizo y a Alaska. Ella podía generar cierta incomodidad en la década de los 80, porque era raro ver a una chica de 16 años con el pelo de colores y maquillada como los “monster”. Pero esto duró sólo dos o tres años.

Olvido Gara (Alaska) se convirtió en un personaje entrañable, que siempre tenía los medios de comunicación abiertos. No resulta extraño que haya terminado como tertuliana del periodista Federico Jiménez Losantos y haga tan buenas migas con Esperanza Aguirre. En cuanto a Almodóvar, creo que es un cineasta de mucho talento e ingenio, pero lo que cuenta –especialmente en las películas de los años 80- se asemeja a publirreportajes del centro de Madrid y el estilo de vida al que aspiraban los yuppies del PSOE. En sus guiones están ausentes las oficinas y los centros de trabajo de la gente corriente.

 

-Por último, narcisismo hedonista, militancia en la frivolidad, canciones que han envejecido mal y que primaron la inspiración sobre el esfuerzo, pop supuestamente rompedor…  ¿Qué salvarías de la Movida? ¿Hay diferencias entre Los Pegamoides y Mecano?  

Apenas había diferencias entre sus apuestas estéticas, pero las canciones de Mecano me parecen más bonitas que las de Alaska. Además, el rechazo a los valores de la Movida no significa que durante esos años no se hiciera música valiosa. Un grupo de la Movida, Gabinete Caligari, que comenzó declarando en un escenario “Somos fascistas”, pasó a componer canciones muy buenas que reflejaban la vida cultural de Madrid, por ejemplo “Al calor del amor en un bar” (1986). Radio Futura empezó desde unos presupuestos muy “movideros” en “Enamorado de la moda juvenil”, pero fueron descubriendo los ritmos latinos y en  1987 publicaron un disco culturalmente de mucho valor, “La canción de Juan Perro”. También se dio el caso de bandas a las que se introdujo en el “pack”, como el grupo Ilegales, pero que escuchas su primer disco y retratan los problemas sociales de hoy. Otro grupo destacado fue Golpes Bajos.

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