Días después de las elecciones norteamericanas Trump sigue campeante con un tono provocativo, a pesar de que su contrincante, Joe Biden, ya fue proyectado como el próximo presidente de los Estados Unidos. Sin embargo, este posado burlesco y esta característica banalidad de la confrontación no es un esperpento novedoso, sino que viene siendo la tónica general del mandato de los últimos años en la Casa Blanca. En un momento tan oportuno, y en este mismo sentido, Silvina Romano, doctora en Ciencia Política (UNC), investigadora en CONICET, miembro el Consejo Ejecutivo del CELAG y un etcétera con mayúsculas, junto con Tamara Lajtman, Anibal Garcia Fernandez, Arantxa Tirado, Bartolome Pasqart y Felix Caballero Escalante, han lanzado su último libro, Trumperialismo. La guerra permanente contra América Latina’.

 

  • ¿Qué es el Trumperialismo? ¿Por qué Trumperialismo? ¿En qué se diferencia el imperialismo de la gestión Trump del imperialismo habitual de Estados Unidos?

El Trumperialismo es una fase del imperialismo estadounidense, durante la gestión de Donald Trump, que se caracteriza por continuar con políticas de injerencia de Estados Unidos en la región latinoamericana. Esto es algo que viene desde la Doctrina Monroe en adelante que digamos, pero con la característica se ha hecho evidente esa presencia y esa injerencia. Es decir, mostrar el músculo. El ejemplo más claro, en términos discursivos, es como Trump, junto con su primer secretario de Estado, retomaron la cuestión de la Doctrina Monroe, diciendo precisamente que era el momento de volver a ella. Esto es algo que en general no se suele hacer.

También en el caso de Trump, el tomar un discurso anticomunista al referirse a Cuba, Venezuela, Nicaragua… Esto no estaba antes. Un gobierno demócrata como el de Obama no iba a hacer referencia a eso, se manejaban con otro tipo de códigos diplomáticos. De hecho, Trump no fue un mandatario que se aferrara a ciertas normas de la diplomacia. En efecto tendió a vaciar el Departamento de Estado, le quitó presupuesto, porque no es algo que a él le interesara como forma de vínculo hacia el exterior. Entonces, me parece que el Trumperialismo engancha y se explica cómo esta retórica anticomunista y este fanfarroneo en cuanto a sus políticas exteriores.

 

  • Pero ¿existe diferencia más allá de una cuestión discursiva?

Esto es muy relevante, porque a mi siempre me gusta remarcar las materialidades del discurso y sobre todo el impacto que pueden tener las cosas que decimos, ¿en qué se refleja? ¿en qué se materializa? En este caso por ejemplo las sanciones a Venezuela. Esas sanciones estaban de antes y, de hecho, esas sanciones económicas son una herramienta eminentemente de los demócratas, ya que es una herramienta de poder blando, algo muy del estilo de ‘hacer política’ demócrata. Lo que pasa es que cuando llega Trump las multiplica brutalmente, de una manera exponencial y terrible, hasta unos niveles que aún no se conocían. Esto no se dio solamente en Venezuela, sino más bien internacionalmente, pero usemos el ejemplo. Esto en Venezuela lo acompañó con el discurso de una posible intervención militar, que eso si que no existía antes. Tanto él como Pompeo coquetean con esa idea y dejan caer que existe alguna probabilidad.

También hay que fijarse que cuando los periodistas iban al Departamento de Defensa del Pentágono, todos fingían demencia porque nadie sabía nada de eso y nadie afirmaba que existiera ningún acuerdo con el Departamento de Defensa. Esto también fue muy característico del Trumperialismo, es decir en una Casa Blanca va por un lado, que gobierna por Twitter y un Pentágono, un Departamento del Tesoro, un Departamento de Estado que incluso parecían desconectados con la Casa Blanca, diría hasta que se notaban las tensiones. Estas siempre existen entre las reparticiones del gobierno estadounidense, pero con Trump… ¡Él las ponía en Twitter! Entonces era más evidente.

De modo que me parece que el Trumperialismo al fin y al cabo es eso, la presencia permanente de Estados Unidos, la injerencia en procesos clave. Voy a poner un ejemplo más, que me parece muy contundente, y es lo que ocurrió en Bolivia. Nosotros sabemos que durante la era Obama hubo varios golpes, llamados golpes blandos, que podemos discutir ese concepto, pero bueno vamos a llamarlo así. Hubo el de Honduras, Paraguay, el inpechmeant a Dilma, la desestabilización en 2008 en Bolivia y el levantamiento de la policía contra Correa en 2010. Una serie de cuestiones que, de un modo u otro, estaban implicadas Agencias del gobierno estadounidense y agentes del sector priado norteamericano.

Silvina Romano: "Trump va de salida ¿Llega Biden para salvar al neoliberalismo?"
Silvina Romano con el libro «Trumperalismo»

Sin embargo, con Trump es cuando se llevan a cabo golpes de estado tradicionales, un golpe duro, como fue el de Bolivia. Es decir, operan todos los organismos que también actúan en los golpes blandos que son la guerra psicológica al más alto nivel, un financiamiento para el “desarrollo” a determinados grupos políticos, proyección de voces “expertas”, en este caso anti MAS, think tanks, medios de prensa internacionales…

En definitiva, la manufacturación de un consenso hacia la idea de que Evo Morales no debía repostularse y que por ello eso se justificaba cualquier actuación que lo impidiera. Cuando ganan en primera vuelta, nadie acepta el resultado, porque eso no es lo que tenía que pasar, aparentemente, y hay un golpe de Estado con la aprobación de organismos internacionales. La OEA tuvo un rol importantísimo en eso y después las primeras tratativas, acuerdos, del gobierno golpista fueron con estados Unidos, que los apoyaron desde diversos ámbitos y aspectos como planes de desarrollo, asesoría en materia electoral, etc. Este tipo de golpes, entonces, con intervención de los militares, que tenga el apoyo internacional en el sentido de que muy pocos cuestionaron esto, por su puesto aprobado por Estados Unidos, eso es muy grave y pasó durante la era Trump porque me parece que tiene que ver con esa forma de hacer política que él planteaba.

También me parece que se vincula a una idea que me perturba un poco, que vamos a ver que pasa ahora, que es este imperialismo recargado de Trump puede que trascienda a Trump y que estemos ante un esquema de un imperialismo de tierra basada donde se genera desestabilización, incertidumbre, ruptura de tejido social en diversos espacios donde hay recursos estratégicos y siempre hay una ganancia para tomar. Un imperialismo que ya no implica necesariamente ser vinculado con organización, eficiencia del Estado como era ese discurso neoliberal de los 90’. Ahora parece que yo llego y rompo todo para tener lo que necesito y después me voy. Veo el escenario en Colombia, Perú, Brasil… Ecuador… ¿Cómo se recompone eso? Pero bueno esto es una hipotesis más allá de la era Trump.

 

  • En este sentido ¿el antitumprismo puede haber sido un arma de doble filo? Es decir, ¿que con la excusa de acabar con esas relaciones internacionales broncas, puede estancarse el discurso del imperialismo como inherente al imperialismo?

Estamos ante una situación que nos retrotrae a lo que sucedió ya en 2016. Frente a una personalidad como la de Trump, su trayectoria, su estética política, que son cosas muy complejas, a veces muy improvisadas parece, se generó un consenso antitrump, pero también un consenso antiultraderecha. Una ultraderecha que fue, de algún modo, a la que él allanó el terreno, tanto en su país como América Latina y por todo el mundo. Eso es algo real que vino con Trump, pero también trajo consigo un consenso a favor del neoliberalismo, porque a pesar de que mantuvo políticas neoliberales…

¿Qué quiero decir con esto? Él promovió el proteccionismo, con lo de America First, pero lo que procuró, y ahí hay varias medidas políticas y de gobierno claras, fue la expansión de las corporaciones estadounidenses en el exterior y así competir con China, por ejemplo. No hay que confundir, habló de ese proteccionismo para reorganizar su propia economía, pero hacia afuera necesitan ese neoliberalismo, necesitan que les compren, invertir, etc. Entonces, lo que pasó acá con Trump es que se creó ese consenso, cada vez más fuerte, de que frente a lo malo y lo peor, que es Trump y la ultraderecha, quedémonos con el neoliberalismo, salvémoslo, que al final es lo mejor.

En América Latina ya sabemos que esto no es lo mejor. El neoliberalismo, para nada lo es, lo que pasa es que la maquinaria de reproducción ideológica, que tiene epicentro en Estados Unidos, porque ahí están Google, Facebook y las principales medios de comunicación de mayor proyectación internacional… Bueno, pues esa maquinaria es la que viene de abajo, de modo sistemático y persistente atacando a Trump, que en algunos puntos es acertada y atinada, pero por otro lado en esa crítica campal va oculta la necesidad de justificación del neoliberalismo como único sistema posible y justificable para la humanidad y eso es un grave error.

Voy a dar el ejemplo y es que los demócratas, ahora, pueden aplicar medidas de ampliación del Estado, en cuestión de salud o educación, porque tienen una deuda histórica y porque la pandemia lo exige, lo ha puesto en evidencia, pero esto no significa que vean o perciban con beneplácito que otros estados, sobre todo de América Latina, intervengan sus economías y así le pongan un límite al FMI, al Banco Mundial o al Banco Mundial de Desarrollo. Son cosas distintas. Estas son las formas de como opera el imperialismo y como se reproduce en las relaciones de dependencia.

Aquí la ideología tiene un rol fundamental y lo estamos viendo en estas elecciones con Biden, que fue increíble. Hubo un consenso con Biden… Hasta países y ciudadanos del mundo pidiendo fuera Trump, fuera Trump, ¿para qué llegue que cosa? Biden es parte de una élite millonaria, que es la que lleva las postulaciones para elecciones, que es la que mueve una maquinaria millonaria para elecciones en Estados Unidos. ¡Se gastaron 14 mil millones de dólares en un contexto de pandemia y de crisis para estas elecciones! Estos son los que llegan. Esto es lo que hay que ver y que tipo de garantía puede tener este tipo de personas con la gente de a pie, con el pueblo.

Ahí, reitero, hay una clave del análisis, que es el de ideología de que es lo que están mostrando con este consenso a Biden y que es lo que ocultan. Ahí siempre vuelvo a lo mismo, lo que dice Chomsky, cuando están todos, todos a favor de alguien o todos, todos en contra de alguien… Cuidado en lo que puede estar oculto, que es la justificación de lo otro. Hay que ser mas cautos, aunque, por suerte, en América Latina ya hay una tendencia general a pensar que la política exterior no va a cambiar sustancialmente y lo que va a ser en realidad es que podría retomar varios puntos de la política Obama… Hay cierta expectación con Cuba, que lo está pasando muy mal y si llega a relajar un poco las medidas de presión, sobre todo económicas contra Cuba, ya sería muy buena noticia.

Ahora bien, en términos generales, en un contexto más amplio, lo que cambia ahora no es el gobierno de Trump o Biden solamente, sino la correlación de fuerzas entre derecha y progresismo en la región, fíjate que en este último tiempo tenemos el gobierno de Fernández en Argentina, el de AMLO en México, Arce en Bolivia, todo lo que pasó en Chile, Ecuador, que bueno… El gobierno de Lenin fue categorizado como el peor gobierno de la historia en términos de la gestión. Así que, en esta correlación de fuerzas nuevas puede, o yo digo que puede, ser un escenario mas propicio para buscar alianzas para hacer de contrapeso a Estados Unidos, que puede ser más diplomática en esta etapa, pero no por ello será menos injerencista.

 

  • Este mundo multipolar que se dibuja en el horizonte, con este auge de Rusia y China, ¿puede ser y haber otros factores que permitan a los estados de América Latina una mayor autonomía y soberanía?

Yo creo que la única forma de que América Latina pueda tener cierta autonomía, cierta autarquía, y eso significa recuperar grados de soberanía y autodeterminación de los pueblos, viene vinculado con las alianzas de se puedan gestar en la región y el contrapeso que puedan hacer en organismos internacionales, de cara a la negociación dentro de estos, a partir de organismos regionales.

No es el momento en que el regionalismo esté en auge, para nada, y, de hecho, estamos en tiempos de que a nivel internacional hay una gran dispersión y una atomización de cada país, que abre una caja de herramientas distintas e implementa solo los utensilios que le vienen más a la mano para salir adelante en situaciones de crisis. ¿Qué significa utensilio? Pues por ejemplo “ai, que necesito la vacuna del COVID” y yo soy un gobierno que no estoy para nada de acuerdo y soy anticomunista, pero la vacuna la tiene Putin, que no es comunista, pero lo ven así, así que quiero que Putin me la dé. Las relaciones externas se están caracterizando por un gran pragmatismo, que no es que no lo hubiera en otras épocas, pero que ahora sorprende, porque estábamos acostumbrados al discurso, que se ha dado desde la caída del muro, de que “hay organismos internacionales y nos coordinamos ahí” y bueno… Ahí no se coordina nada. De hecho, en la pandemia los organismos internacionales no están operando, no funciona nada y lo único que está funcionando es el Estado, cada Estado.

Pero bueno, más en términos de lo que podría ser, pensando en cómo reducir los lazos de dependencia, sobre todo respecto a Estados Unidos, tiene que ver con los vínculos que se puedan generar entre países como México, Argentina, que son dos grandes de la región, Bolivia, que tiene un peso simbólico brutal… También, como decía, lo que está pasando en Chile, porque Chile era el modelo del neoliberalismo por excelencia, punto y aparte, y eso se está cayendo en pedazos. Así que yo creo que en este sentido la autonomía y la soberanía tiene que salir de dentro.

Digamos que las potencias, porque digo potencias porque no solo hablo de Estados Unidos, sino que podríamos hablar de la competencia de Rusia y China por recursos en la región, pero si que en especial Estados Unidos, porque nunca va a relajar su presencia en la región. Estados Unidos, aunque tenga problemas con Corea del Norte, Irán, la India, en Europa del Este, etc. Siempre está en América Latina. Ellos lo consideran parte de su territorio. Ellos cuando definen las estrategias de seguridad nacional es como si América Latina fuera territorio propio. Entonces, Estados Unidos siempre está en América Latina y si queremos que disminuya esa injerencia, sobre todo en procesos políticos, debe de salir de la región. Por ello debe haber un contrapeso con capacidad de renegociación conjunta.