Federico Velázquez de Castro González
Es muy probable que el mayor anhelo de la población esté ahora en salir del confinamiento y volver a la “normalidad” cuanto antes. Pero debemos preguntar también las razones de esta pandemia y si, en su origen, pudiera haberse evitado. Porque estando rodeados de virus y patógenos, la clave está en mantenerlos distantes y para ello la relación con la naturaleza es esencial. Es bien sabido que una población creciente, con su legítima demanda de recursos y energía, y con el inmenso escaparate de la sociedad occidental como horizonte, ha venido sometiendo al planeta a una presión, no siempre soportable, reduciendo los ecosistemas naturales. Así, las especies que habitualmente viven en el bosque han comenzado a acercarse a nuestros medios. 

El Ébola puede ser un buen ejemplo. Este virus, cuyo origen ha sido localizado en varias especies de murciélago, apareció en zonas de África central y occidental que habían sufrido deforestaciones recientes. Al talar los bosques, obligamos a los murciélagos a posarse en los árboles de nuestros parques y granjas, dejando su saliva cuando muerden frutas, que quizás más tarde recolectemos. Aunque el salto de virus entre especies no es muy frecuente, el riesgo, evidentemente, existe.

Procesos similares ocurren con los mosquitos, en los que se ha confirmado que son dos veces más numerosos en zonas deforestadas que en aquellas donde los bosques no se han alterado. Igualmente, en el caso de enfermedades transmitidas por garrapatas; al ir reduciéndose el bosque, sus depredadores desaparecen, llegando así más fácilmente al medio humano. En los últimos 20 años se han identificado 7 nuevos agentes patógenos portados por garrapatas.

Un segundo factor de riesgo lo encontramos en los mercados de animales salvajes, frecuentes en Asia. En ellos, especies que en su entorno natural nunca se hubieran cruzado, aparecen enjauladas, unas junto a otras, lo que permite que los patógenos circulen libremente. Parece que aquí estuvo el origen del coronavirus que en 2002 dio lugar al Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS), la primera pandemia del siglo XXI, Su inicio estuvo en las civetas, pequeños carnívoros que, a su vez, habían contraído el virus de los murciélagos Desde ahí, por contacto, mordedura o ingestión, pasó al ser humano, con más de 8.400 casos y 916 defunciones en 21 países; y quizás también podamos encontrar la causa de la pandemia originada por el COVID-19.

Citaremos como un tercer factor de riesgo las macrogranjas en las que viven miles de animales hacinados. Conviene recordar que la cabaña ganadera del planeta supera los 20.000 millones de animales, lo que supone una presión adicional sobre el medio por la alimentación que necesitan y la gestion de sus desechos, auténtico problema en muchas zonas con menor desarrollo, pues crea un medio idóneo para la proliferación de la bacteria E. Coli. Pero si en estas instalaciones entra una infección, será fácil que pueda propagarse rápidamente, con el riesgo del salto al ser humano. Así, el virus de la gripe aviar, procedente de aves acuáticas, asoló las granjas de gallinas, donde mutan volviéndose más peligrosos. Se han conocido episodios en Hong Kong, en 1997, que se liquidó con el sacrificio de un millón y medio de aves, y en Europa, incluida España, en 2006. Una de sus cepas, el H5N1 es transmisible a los humanos, alcanzando una mortalidad del 50% de los individuos infectados.

Observando algunos de los brotes epidémicos recientes, desde la listeriosis del pasado verano a las “vacas locas”, además de las arriba citadas, encontramos que están relacionadas con el consumo de carne, un hábito cuyo exceso se desaconseja desde las instancias sanitarias. Si, además, tenemos en cuenta la proporción de tierra fértil destinada al alimento del ganado, es pertinente plantearse una reducción en su consumo para reducir su presión sobre el medio y mejorar nuestra salud.

Finalmente citaremos la contaminación atmosférica, azote de ciudades como la nuestra. Se trata también de una verdadera pandemia, que supone la muerte prematura de 7 millones de personas en el mundo, 30.000 en España. Los contaminantes que hoy más preocupan, óxidos de nitrógeno, ozono superficial y partículas, dañan el aparato respiratorio, por lo que podrían estar preparando el terreno, en órganos erosionados, para que las infecciones víricas ataquen con más fuerza.

 En cuanto a las partículas finas, responsables del 2% de la mortalidad en el mundo por todas las causas, según un estudio del 5 de abril de la Universidad de Harvard, un aumento de un microgramo por metro cúbico de su concentración, se asocia con un incremento del 15% en la tasa de mortalidad del COVID-19. Las razones pueden encontrarse tanto en la acción sinérgica de dos agentes respiratorios agresivos, como en el soporte que las partículas pueden facilitar para la trasmisión del virus.

Cuatro razones que habría que tener presentes para evitar las pandemias del futuro, cuyo riesgo es evidente y cuya mortalidad podría superar en mucho a la actual. Son necesarios Convenios Internacionales que limiten las zoonosis y el comercio de animales en todo el mundo, pero también actuaciones de índole local, como el buen trato a la naturaleza, el control de la ganadería y la contaminación atmosférica, que en Granada, en especial en los próximos meses, debemos abordar muy seriamente.


NOVIOLENCIA Entrevista a Federico Velázquez de Castro

Federico Velázquez de Castro González.

Doctor en Ciencias Químicas. Presidente de la Asociación Española de Educación Ambiental