Asamblea Abolicionista de Madrid

«Te voy a llevar al sitio donde hacen la mejor tortilla de patatas que has probado». El fotógrafo veterano guiaba al redactor joven como a un discípulo. La mejor tortilla del mundo al parecer se servía en un prostíbulo gallego. «¿Y qué más?», le pregunté a quien era mi vecino de mesa en la redacción. «Yo me fui al hotel, qué te piensas». Hay compañeras –yo era la diseñadora– suspicaces.

Si el sexo no se basa en el deseo ¿en qué se basa?

Durante casi una década no hacía falta salir de Galicia para encontrarse con el mayor sumario visto en España con epicentro en la prostitución y la trata de mujeres, y que llevó a la aparentemente tranquila ciudad de Lugo a redactores y cámaras. Se llamó «caso Carioca», porque muchas de sus víctimas procedían de Brasil. Una macro causa instruida por la jueza Pilar de Lara, que investigó conexiones entre el proxenetismo y los cuerpos de seguridad del Estado, y que llegó a acumular centenares de declaraciones de mujeres prostituidas y miles de folios, antes de ser despiezada en 47 casos. Varias de esas piezas judiciales han sido archivadas y en 2017 la fiscalía tomó una polémica decisión, exculpando a varios proxenetas y a la mayoría de los agentes investigados.

En julio de este año, la plataforma ciudadana contra la impunidad de la Carioca ha presentado ante la Xunta 1.700 firmas reclamando que el gobierno autónomo y el ayuntamiento de Lugo asuman la acusación particular, sumándose a las peticiones de la propia jueza instructora y de la Rede Galega contra a Trata. «Más de 200 mujeres víctimas de trata con fines de explotación sexual siguen sin encontrar justicia después de sufrir una de las formas más terribles de violencia machista» afirman desde Carioca Impunidade, «el miedo es una constante en las experiencias vividas, pero a pesar de él, denunciaron. Este acto de valentía no tuvo, a lo largo del tiempo, una respuesta judicial e institucional a la altura».

Seguramente apenas se trabaja como entonces en las redacciones, y no solo porque el negocio de la prensa haya encogido tanto que no hay con qué pagar ni cenas ni kilometrajes. La tenacidad del movimiento de mujeres busca cambiar la narrativa y la agenda, a lo que están contribuyendo desde las redes de comunicadoras a las voces de las supervivientes. Ahora hay incluso «editoras de género» en medios importantes, velando contra la discriminación. Y sin embargo, ¿cómo es posible que la explotación sexual o la reproductiva sigan encontrando una y otra vez cómo blanquear su relato? Solo la influencia de intereses poderosos explicaría nuestra ceguera ante la barbarie, incluso entre profesionales que se consideran feministas. La movilización contra la violencia sexual, tan masivamente impulsada en este país, no ha creado un altavoz mediático que investigue y cuestione el sistema prostitucional, y esto es un problema grave cuando somos destino preferente global de la trata de mujeres y niñas –la puerta de entrada que alimenta una demanda creciente de su finalidad indisociable, la prostitución–.

«Suspendida una fiesta en Pontevedra en un club de alterne con chicas en topless y churrasco». El titular es de este mes de agosto. El evento se suspendió porque faltaba una licencia para una nueva terraza y porque la ley regional de espectáculos no permite actividades denigrantes, como servir comida medio desnudas. Mientras me pregunto qué hubiéramos dicho de esto en aquella redacción, me desborda la imagen de una cosificación tan burda que suma comidas populares y cuerpos para consumir. En las redes sociales de la plataforma lucense contra la impunidad aún se pueden ver las imágenes del entroido (carnaval) pasado, cuando un grupo de activistas denunciaba el despiece de la causa desfilando con una macabra «Carnicería Carioca» de maniquíes troceados. «Oferta importación».

Alrededor de la prostitución hay una ingente información por trabajar, desde la crónica de alcance o el informe de datos al cine documental. Algunas autoras ya están acercándonos la verdad sobre estos campos de concentración para mujeres: seguramente no hay mejor campaña que invertir en contar la realidad. La opinión bien informada se aleja de la trampa de la tibia «neutralidad». Actualmente suma voces en marcha el movimiento internacional por la abolición de la prostitución, abanderado por varias supervivientes del sistema. Viene amparado no solo por la teoría feminista, que argumenta la raíz de una deshumanización con consecuencias para todas las mujeres, sino en el propio sistema de los derechos humanos. Más aún tras años de desastrosa experiencia de la regulación en Europa –sí, también en Alemania hay fiestas con salchichas y ofertas en el menú sexual–. En España se han organizado en varias ciudades estas «nuevas sufragistas», con al menos un objetivo legislativo común y concreto. Una de ellas me asegura: «en el fondo, la mayoría de la sociedad es abolicionista, aunque no lo sabe». ¿Y cómo iba a saberlo, si apenas tiene quien lo escriba?

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