Pablo M. Arenas López

Decía Hegel que la historia es el relato que permite comprender el desarrollo de la humanidad que le había llevado a una sucesión de estadios por las cuales, a cada fase desarrollo, le seguía una mejora en las condiciones de existencia de la vida humana. La dialéctica hegeliana caló pronto en la obra de Karl Marx, de tal forma que éste entendió que el desarrollo histórico de la humanidad tendría un único fin inevitable: el comunismo. Sin entrar demasiado en la dialéctica materialista, el análisis de Marx sobre el desarrollo de la sociedad capitalista nos ha permitido abrir una ventana a una nueva forma de ver y comprender la realidad. Si bien es cierto que las condiciones sociales han variado desde que Marx escribió su obra El Capital, el sistema de pensamiento que nos ha legado, esto es, el marxismo, nos permite construir nuevos parámetros para entender la realidad viviente en el siglo XXI.

Nadie puede negar que los fundamentos filosóficos por los cuales se asentó dicha filosofía hayan variado. La explotación sigue siendo explotación, la alienación sigue siendo alienación, aunque su forma haya variado. La sustancia sigue siendo la misma. Muchos se han levantado contra el sistema de pensamiento marxista argumentando que, en nuestra sociedad, ya no hay división de clases antagónicas, que la explotación y la dominación es cosa del pasado. Lo que ellos olvidan, precisamente, es que estas formas de explotación y alienación se han invisibilizado o, dicho de otra forma, se han convertido en una forma sutil de dominación que es prácticamente imperceptible al ojo del observador. Pierre Bourdieu fue uno de los primeros sociólogos en dar cuenta de ello al entender que, en la sociedad, se dan relaciones de poder y dominación que no están únicamente basadas en las relaciones de producción. Es lo que se denomina como violencia simbólica: los mecanismos por los cuales, la dominación se perpetua entre las diferentes clases sociales a través de disposiciones llamadas habitus, que las propias clases sociales toman como naturales. Los gustos, los valores, la cultura -entendida ésta como los buenos gustos, los buenos valores o la buena cultura, frente al gusto vulgar, los valores mundanos, o la cultura de la calle- actúan como herramientas de dominación de una clase sobre la otra.
Estas nuevas formas de dominación -y digo nuevas en tanto tomamos conciencia de su existencia- funcionan en nuestra sociedad de tal modo que nos permite mantener una serie de esquemas mentales que permiten legitimar actitudes o posiciones políticas que, en la práctica, son contrarias a la clase social que ocupamos dentro de la sociedad.
El capitalismo, tras la desintegración de la Unión Soviética, ha aparecido, aparentemente, como el único modelo capaz de convivir con la propia naturaleza humana. Cualquier sistema alternativo a éste, dicen los expertos neoliberales, está destinado al fracaso absoluto. Recuerda un poco la vieja retorica de Hobbes y J. Locke, según la cuál el hombre es un lobo para el hombre o, el hombre es malo por naturaleza. ¿Qué de verdad hay en ella? La respuesta viene a plantearse un nuevo interrogante: ¿cuál es la naturaleza humana? A mi modo de entender, la humanidad se ha caracterizado por una superación su propia naturaleza mortal: la trascendencia. Dicha idea puede ser entendida como la forma por la cual el ser humano sobresale de sus limites físicos en la búsqueda de una inmortalidad. Piénsese en el arte, en el cine, en la literatura, todas ellas obras del ser humano que han sobrevivido a sus creadores. Modos de expresión de la vida, alejadas de la lógica de producción y consumo que, en cierta forma, complementan toda forma de vida humana. He aquí su inmortalidad.

Por el contrario, el sistema capitalista ha solapado la esencia humana, convirtiendo a la mujer y al hombre en una máquina de producción cuyo único fin no es otro que el de generar beneficios y mover mercancías. Ha devuelto al hombre a la condición de naturaleza animal primitiva, olvidando que su objetivo es la emancipación del ser humano de toda forma que lo lleve a lo mundano, a la producción por la producción. El ser humano capitalista vive consumido en una forma de existencia hedonista que va en contra de la lógica de la vida, trabajando para vivir, consumiendo para vivir, disfrutando para vivir. No entiende otra idea que no sea la de la pura necesidad, el puro consumo por disfrutar el instante y el momento. Nuestros gustos, nuestras actitudes y predisposiciones, están perfectamente encuadrados dentro del capitalismo que nada permite escapar a su lógica. ¿Quién sueña ya con estudiar por el simple hecho de estudiar? ¿De trabajar por el simple hecho es sentirse realizado? Se estudia porque se quiere vivir mejor, pero paradójicamente, el vivir mejor no es vivir en el sentido de la naturaleza inherente, sino el vivir el momento, el vivir en la cotidianidad.

Lejos queda, ese viejo sueño de los filósofos clásicos en ver a la humanidad con el potencial de acción y creación de vida. Nuestras vidas han quedado secuestradas a merced del día a día, de los hábitos mundanos renegando del propio potencial humano creador a meras formas de subsistencia. Si el capitalismo ha destruido la esencia de la vida, la única solución posible e inevitable para recurarla, es la destrucción de sistema capitalista.

El habitus es entendido como un sistema de disposiciones durables y trasferibles -estructuras.

Fuente: http://granadablogs.com/entrelineas/2016/07/06/another-brick-in-the-wall/

1 Comentario

  1. Ni el capitalismo destruyó la unión sovietica (se destruyó ella solita), ni el capitalimso destruye la esencia de la vida (prueba es que hay mas humanos que nunca sobre la tierra, bajo el discruso único capitalista). Si es cierto que se destruirá a si mismo solito, al faltarle la antitesis Hegeliana que tanto te gusta. una forma de perpetuarlo es buscarle un rival. Concuerdo en que asfixia el espíritu humano, como todos los sistemas anteriores a él. Si alguien encuentra uno mejor, que avise por favor, yo no lo conoco. No es sano destruir sin tener repuestos. Coridales Saludos

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