En el relato La lotería en Babilonia, Jorge Luis Borges (1941) imaginaba una sociedad de inmortales gobernada por el azar. En ese reino, las posiciones sociales se redistribuían periódicamente mediante sorteo. Todos los habitantes de Babilonia habían sido ricos y pobres, reyes y mendigos, gobernantes y súbditos.

En nuestra existencia como mortales, un tipo de sociedad semejante es inconcebible. Sin embargo, la suerte es un factor que juega cierto papel en la vida humana. En particular, una esperanza común de ascenso socioeconómico suele depositarse en un fenómeno concreto: la lotería, es decir, el juego de azar en el que se adquieren boletos cuyos premios pecuniarios se reparten en función de si coinciden (total o parcialmente) con los números extraídos en un sorteo.

El Sorteo Extraordinario de Navidad

De todas las loterías, el Sorteo Extraordinario de Navidad sobresale respecto a las demás en España. Esta tradición de dilatada historia forma parte indeleble de la cultura nacional. Este famoso sorteo es el buque insignia de Loterías y Apuestas del Estado –una institución con varios siglos de antigüedad, perteneciente al Estado español y adscrita al Ministerio de Hacienda–.

La lotería de Navidad es, sin duda, uno de los eventos más característicos de la época invernal. Esperamos su anuncio anual con curiosidad. Regalamos e intercambiamos boletos con familiares, amigos y compañeros de trabajo. El sorteo se retransmite en la televisión pública. Y casi todos los medios de comunicación se hacen eco de sus resultados y de los festejos de los puntos de venta agraciados.

Las aristas éticas que rodean este fenómeno navideño, sin embargo, han sido generalmente desatendidas. ¿Qué valores éticos se fomentan y cuáles se vulneran mediante esta tradición promovida por el Estado? En definitiva, ¿es ética la lotería de Navidad?

Las luces de lotería de Navidad

Hay varias razones para apoyar esta práctica. En primer lugar, la compra de boletos por parte de personas mayores de edad es un ejercicio de libertad individual. A priori, las personas adultas deben poder decidir autónomamente si quieren o no gastar su dinero en juegos de azar.

En segundo lugar, esta tradición está asociada a prácticas de generosidad que promueven el sentido de comunidad y de pertenencia. La esperanza se comparte de muchas maneras, siendo la lotería una de ellas. Aunque la compra y el acto de regalar boletos esté más arraigado en las generaciones de más edad, estamos ante una costumbre bastante extendida intergeneracionalmente.

Asimismo, la compra de participaciones puede estar motivada por sentimientos virtuosos, como regalar el mismo número a familiares para que la alegría sea compartida, o comprar boletos a medias con amistades y compañeros de trabajo para repartir posibles premios. Por lo tanto, la lotería puede ayudar a fomentar la unión social entre individuos.

En tercer lugar, la alta participación en el Sorteo Extraordinario de Navidad (y también la Lotería del Niño) generan beneficios importantes para las maltrechas arcas del Estado. Además, hay miles de puestos de trabajo de las administraciones de Loterías y Apuestas del Estado y otros puntos de venta que se benefician de esta tradición.

Las sombras de la lotería de Navidad

Hay argumentos para cuestionar la promoción pública de esta tradición. Presentaré primero dos cuestiones que surgen desde visiones éticas bastante exigentes con las acciones individuales y después daré otros tres argumentos que considero que tienen más calibre.

Por un lado, cabe considerar el coste de oportunidad (es decir, el valor de la alternativa renunciada) de estos gastos. Quienes prioricen ayudar a los demás, bien podrían donar (parte de) la suma de dinero apostada a otras causas sociales efectivas, en veces de gastarlo en un juego con probabilidades nimias de éxito.

Por otro lado, la generosidad que se promueve es restrictiva. En los casos de intercambios no se fomenta la reciprocidad indirecta, la cual suele ser más laudable en términos éticos: “yo doy sin esperar nada a cambio”. Igualmente, a excepción de aquellos agraciados que donan parte de sus premios a desconocidos y causas benéficas, la solidaridad que normalmente promueve la lotería es entre los cercanos, no de alcance universal ni de carácter imparcial.

Otras objeciones importantes

Vayamos ahora con los argumentos que tienen más peso.

Primero, la compra de lotería no es una elección tan libre para muchas personas. En casos poco problemáticos, la compra está motivada para “regalar” un boleto a personas que ya nos han dado uno –lo que se conoce como reciprocidad directa: “yo te doy porque tú me das”–. En los casos más preocupantes, esta práctica explota las vulnerabilidades psicológicas de aquellas personas que tienen tendencias adictivas. ¿Qué grado de autonomía tienen las decisiones de las muchas personas ludópatas que participan en este sorteo?

Segundo, es una estrategia controvertida como mecanismo recaudatorio por razones de equidad. El perfil mayoritario de los compradores de lotería es el de personas con ingresos bajos –especialmente en países como EE. UU.–. Curiosamente, los que más juegan son los que menos se lo pueden permitir. La lotería explota el deseo de movilidad social, haciendo mayor mella en los grupos menos aventajados socioeconómicamente. En consecuencia, el argumento de la recaudación es cuestionable para quienes vean mal aprovecharse de las desigualdades injustas de los menos favorecidos por la “lotería social”.

Por último, cabe también valorar las consecuencias del sorteo en el bienestar de las personas agraciadas. En un estudio clásico se mostró que los ganadores de lotería no eran más felices que las personas que no habían tenido este golpe de suerte. Aunque la vivencia inicial de ganar la lotería suele ser muy positiva, el conjunto de evidencias disponibles no permite afirmar que las personas premiadas tengan mayor satisfacción vital a largo plazo.

Incluso se han dado muchos casos de mayor infelicidad, especialmente con ganancias mucho más elevadas que las del “gordo de Navidad”. Si bien las evidencias sobre el porcentaje de los agraciados que terminan arruinándose no están bien contrastadas, este es un fenómeno recurrente al que se debe prestar atención. En estos casos desdichados, las fortunas se vuelven transitorias y a veces desestabilizan los lazos cercanos (incluyendo muchos casos de divorcio). Así, la promesa de ascenso social se evapora tras dilapidar una riqueza pasajera.

En filosofía moral, es tradición cuestionar las tradiciones. Así, desde una perspectiva ética, el Sorteo Extraordinario de Navidad es una práctica con luces y sombras. Debemos repensar más detenidamente los pros y contras éticos de la lotería de Navidad en el futuro. En nuestra vida como mortales, ¡que la suerte (y la reflexión ética) nos acompañen!

Jon Rueda Etxebarria – The Conversation

1 Comentario

  1. Es la peor lotería para lo cara que es.Desde que me conozco el bombo de los números se ha hecho más grande al menos dos veces, tampoco los premios son millonarios solo ayuda un poco al que tropiece con el gordo y 1/5 del premio se lo queda hacienda.Mucha fiesta para tampoco premio, lo más seguro que nos gastemos 200 euros de media,para pillar una apedrea o un reintegro y algunos ni eso.

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