Ricardo Suárez García
Tal día coma hoy, el 27 de abril de 1759, tenía lugar el nacimiento de Mary Wollstonecraff, quien además de ser considerada una de las personalidades más importantes del movimiento feminista y protagonista de la primera ola de dicho movimiento con su obra “Vindicación de los derechos de la mujer”, era una pensadora con un gran compromiso por la justicia social.

Hecho que se comprueba fácilmente a través de una de sus citas más célebres: “Es justicia y no caridad lo que necesita el mundo”. En la obra antes citada la autora hacía reflexiones innovadoras en pleno S. XVIII sobre los peligros para la humanidad de las sociedades como la nuestra basada en la desigualdad y la opulencia que sobrevalora vicios debilitantes e innecesarios. Para ella una sociedad sana debiera de preocuparse más por la redistribución de la riqueza evitando caer en la necesidad de la caridad, pues consideraba que esta “sostiene la desigualdad social mientras procura una apariencia de virtud en los ricos”.

Y es que conceptos como los de pobreza, caridad y justicia han tenido desde hace siglos un papel de centralidad en la evolución del pensamiento en nuestras sociedades. Especialmente interesante es discernir la evolución del concepto de pobreza que tradicionalmente se refería a las sociedades y no a los individuos. La pobreza es un concepto que ha sido visto tradicional y especialmente en las antiguas sociedades como algo inevitable. Una civilización era pobre o rica en cuanto que tenía la posibilidad de proporcionar a los individuos que la conformaban lo necesario para continuar su vida cotidiana y de esta forma poder perpetuar el orden y funcionamiento social. No llega hasta que avanzan la edad media y las teorías mercantilistas el momento en el que la sociedad comienza a concebir la pobreza como algo referido a individuos concretos. Vemos por lo tanto como desde el punto de vista del pensamiento tradicional una sociedad que no es capaz de asegurar unos medios mínimos vitales a toda su población era considerada una sociedad pobre por muchas posesiones que pudieran tener sectores de su población.

Ya en el S. XVI observamos en Thomas More una visión que se decanta por culpar al sistema económico y su funcionamiento de la situación de pobreza en la que muchos se encontraban. Esta idea choca contra la visión cristiana, hegemónica en aquella época, que se basaba en la búsqueda del cielo a través del trabajo duro y de la represión del ocioso que no trabaja.

Podemos concluir por lo tanto cierta similitud entre la visión de los utopistas seguidores de More y la que en el S.XVIII defiende Wollstonecraff en contraposición a lo que defienden los pensadores utilitaristas de ese mismo tiempo. Mandeville, por ejemplo, a comienzos de ese siglo defendía que “el bienestar de todas las sociedades requiere que el trabajo sea hecho por hombres fuertes y robustos que nunca hayan conocido las comodidades ni sepan lo que es la ociosidad y que se conformen con cubrir las necesidades más indispensables de sus vidas”, afirmando de este modo la necesidad y la penalidad del hombre como algo positivo para las sociedades.

Ya en el S.XIX aparece la postura anarquista libertaria que sostiene que la pobreza es una injusticia provocada por aquellos que intentan perpetuar su dominio como clase dominante, no sólo dominando la esfera económica y represiva, sino que inyectando ideas en las mentes de las masas para frenar sus aspiraciones y reproducir el modelo social. La aparición de nuevas ideas provocó la aparición del movimiento obrero y la lucha por los derechos sociales, gran parte de la población tomará conciencia de las injusticias sociales. En la sociedad en su conjunto, era cada vez más mayoritaria la idea de que dicha pobreza era algo estructural y ajeno a la elección de vida del individuo, la sociedad pasó de ver al pobre como un vago que no se esfuerza, por ser un buen miembro de la comunidad, a verlo como un condenado por las circunstancias del sistema que no puede hacer nada por evitar su situación.

Con la llegada de las sociedades del bienestar del S. XX aparece el concepto de pobreza relativa del que puede cubrir sus necesidades fisiológicas, pero que tiene dificultades económicas para acceder a determinados bienes y servicios de mayor o menor necesidad, cada vez más la pobreza es en nuestra sociedad un término relativo que puede ser medido a través de múltiples indicadores.

Es perceptible a través del ejemplo del estado español como a pesar de haber aparecido la Seguridad Social y de la existencia de instituciones públicas encargadas de la acción social, las entidades privadas benéficas siguen existiendo y teniendo una gran importancia en el ejercicio de la beneficencia y la inserción social. 

Las entidades públicas y privadas, que atienden la beneficencia, se hacen necesarias en el corto plazo, puesto que como sociedad debemos atender las carencias vitales que sufren los más necesitados pero cada vez se hace más necesaria una visión de la justicia social como la que defendía Mary Wollstonecraff ya en el S. XVIII. 

Esta visión debe acentuar la consideración de que los ciudadanos tienen derecho y deber al trabajo, de modo que se debe garantizar un mecanismo de sustitución de rentas que garantice la asistencia y prestaciones sociales suficientes ante situaciones de necesidad para las personas, especialmente en caso de desempleo. La idea de una distribución equitativa de la renta persigue unas condiciones favorables para el progreso, y una distribución de la renta regional y personal más equitativa, para ello se debe planificar la actividad económica, atender las necesidades colectivas, modernización y desarrollo de todos los sectores económicos, a fin de equiparar el nivel de vida de todos los españoles.

No permitamos que la caridad sea más que un instrumento para asegurar la provisión de lo más necesario a la gente mientras transitamos a una sociedad verdaderamente justa. Como decía Mary Wollstonecraff, es justicia y no caridad lo que necesita el mundo.