Carmelo Suárez C. Secretario General del PCPE

No cabe la menor duda de que hoy el bloque de poder en España tiene un grave problema con la monarquía y, en términos más precisos, con Juan Carlos I.

Y no es una cuestión menor. Para el actual sistema de dominación en España la monarquía es una especie de imprescindible clave bóveda, que hace posible que se mantenga la estabilidad de la totalidad del edificio opresor La llamada Transición, y la ópera bufa del golpe de estado del 23 F, no habrían sido posibles si la monarquía no se muestra colaboradora para jugar todos los papeles (con Franco, contra Franco, con Tejero y sus secuaces, contra Tejero finalmente), para que al final todos (o casi todos) los poderes fácticos decidieran situarlo como “baluarte de la democracia”. Hay que reconocer que en el golpe de febrero del 81 las dudas de Juan Carlos I se prolongaron demasiadas horas, hasta que lo convencieron de cuál era el bando ganador, y decidió ponerse a la cabeza, después de mucho sopesar.

Han sido cuatro décadas tapando todo tipo de aventuras, delitos y saraos. Con este objetivo se han concertado tanto los poderes profundos del Estado, como los medios de comunicación de los distintos grupos económicos (alguno de ellos con un compungido arrepentimiento en estos días) y, también, todas las estructuras del aparato represivo a sus máximos niveles de decisión, incluidas las cúpulas de los tres ejércitos, y todo tipo de cloacas.

La apresurada y clandestina huida de Juan Carlos I fuera de España lleva a pensar que existe algún problema grave que amenaza con un nuevo escándalo mayor a la familia de los Borbones. Una vez más en la historia del país, un rey a la fuga. Quizás la fiscalía suiza tiene previsto algún paso adelante, alguna citación o, incluso, alguna imputación y, claro, en ese caso mejor en los Emiratos Árabes Unidos que en la Zarzuela. Y ahí que, una vez más, se concertaron todos con el máximo sigilo: Felipe VI y toda su familia, el Gobierno socialdemócrata, y diversos estamentos diplomáticos y policiales, todos ellos comprometidos con la nueva vida clandestina de Juan Carlos I.

Pero, claro, eso no resuelve la cuestión. Porque incluso estando en EAU, si se da una imputación, o se publica un nuevo escándalo aún mayor que los anteriores, la cosa sigue estando complicada para salvar el pellejo a la clave de bóveda del sistema. Si, la de ese sistema que legitima la feroz explotación de la clase obrera española, la alienación y el empobrecimiento cada vez mayor del pueblo.

¿Y si le diera un infarto a Juan Carlos I? ¿No sería ese un milagro caído del cielo? Quizás el abad del Valle de los Caídos esté dedicando sus oraciones a tal fin, por si la Divina Providencia quisiera ayudar a resolver tan enojosa situación.

Muerto el perro se acabó la rabia, diría más de uno.

En una situación así se viene a la cabeza el fallecimiento de la malograda Rita Barberá. Justo cuando ya no quedaba margen para que finalmente se sentara en el banquillo, quiso esa Divina Providencia retirarla de esta vida. Mariano Rajoy, tan creyente él, quizás había dedicado sus últimas oraciones a solicitar el divino favor, y tal parece que fue escuchado.

Y puestos a buscar otros ejemplos similares, pues hay unos cuantos en los últimos tiempos de esta monarquía parlamentaria.

Cuando, en el año 2017, las cosas estaban muy complicadas en el sector de las Cajas de Ahorro, pues va el Miguel Blesa, también carne de banquillo con algunas condenas ya dictadas y otras por venir, y se suicida. Cierto que lo hizo con una rara habilidad, disparándose al pecho con una escopeta de caza. Lo que no consiga un banquero no lo consigue nadie.

También en el sector de los grandes bancos se han dado casualidades muy oportunas. En el año 2005 se produce el sorprendente incendio de la Torre Windsor. Según dicen, en uno de los pisos de la Torre estaba la oficina de la empresa que realizaba el seguimiento del BBVA, y bien guardado allí estaba el único ejemplar de una auditoría que en nada convenía al banco de Francisco González. El expediente quedó hecho cenizas, y el flamante Presidente del banco debe haber dirigido sus oraciones en agradecimiento a la Divina Providencia por tan oportuno incendio, aunque para ello la Torre se fuera al suelo.

Otras veces las cosas han ocurrido de una forma más explícita.

En el año 1978 se produjo el asesinato de Argala en el sur de Francia. El episodio era una venganza por la participación del militante vasco en el envío al cielo de Carrero Blanco, en el año 1973. En este caso los autores de su muerte, militares españoles en activo, no han tenido reparo en ufanarse de su hazaña. Ninguno de estos militares, y policías, fue molestado por nadie. Era un ajuste de cuentas necesario. Y en esas situaciones se hace la vista gorda, y ya está. 

Pero en el ejército también hay otros episodios que sirven de ejemplo a esta forma de resolver problemas. Año 1993. El Legionario canario Gámez Chinea, miembro de la misión española en Bosnia, desertó. Días después apareció muerto. Se había suicidado, con un tiro en la nuca realizado con su cetme. También una rara habilidad la del joven gomero en este caso, ser capaz de dispararse en la nuca con un fusil. La investigación que se prometió nunca avanzó ni un milímetro. Ya se sabe cuál es la ley de la Legión para la deserción.

Con estos antecedentes, que no son más que meros ejemplos indicativos y sobre los cuales se podría escribir una obra bien extensa, hay un cierto revuelo en los actuales poderes fácticos en nuestro país, la Policía Patriótica, las cúpulas, incluso los grandes banqueros. ¿Y si Juan Carlos I se muriera? ¿Y si la Divina Providencia estuviera por ayudar? ¿Y si la solución fuera asesinar al Emérito, y luego la Divina Providencia nos cubriera las espaldas?

Todo volvería a la normalidad. Felipe VI, de riguroso luto, le haría un solemne funeral de Estado, vendrían los más significados Jefes de Estado, se sacarían magníficos documentales y fotos para la historia. Se escribirían solemnes panegíricos. Como lo de Rita Barberá, pero a lo grande. Así el bloque de poder tendría otra vez monarquía para unas cuantas décadas. Felipe VI es honrado, y la viuda (que no ha renunciado a la herencia) no sabía nada de los sospechosos negocios de Juan Carlos I, y podría vivir su vejez cómodamente. 

¿A quién se le habrá ocurrido lo de los EAU?

Por allí cerca está MBS (Mohammed Bin Salmán), el actual hombre fuerte de Arabia Saudita. Bin Salmán se permitió ordenar el descuartizamiento de un incómodo periodista de nombre Jamal Khashoggi, en octubre de 2018, y ahí sigue el hombre sin que nadie se atreva a tocarlo, o haya ordenado su detención. MBS estuvo en España, con Felipe VI, unos meses antes de que se produjera ese asesinato en Turquía, los dos juntos tan sonrientes en las fotos. Felipe no le hizo ninguna advertencia a su invitado sobre cuestiones de democracia o Derechos Humanos. Poco tiempo después del crimen Juan Carlos I charlaba de forma amena con MBS en Abu Dabi, con motivo de una prueba automovilística, lugar al que viajó acompañado de la Infanta Cristina, por cierto.

Los de los Emiratos son gente de poco fiar. Justo en estas semanas acaban de hacer una de las mayores traiciones al pueblo Palestino, pactando con el sionismo criminal, sin que nadie se enterara antes.

Y eso de traicionar les viene de viejo a estos jeques. Siempre se apuntan a caballo ganador. En el año 2010, en un hotel de Dubai (EAU), el Moshad asesinó al dirigente Palestino Mahmoud al-Babhouh. Y nadie ha sido juzgado por ese crimen. Los sicarios sionistas entraron y salieron del país sin que nadie los molestara.

Y de nuevo es lógico volver a preguntarse: ¿A quién se le habrá ocurrido enviar a Juan Carlos I a los EAU?

¿Están algunos pretendiendo ayudar a la Divina Providencia, por si se da el caso de que sus oraciones no sean escuchadas a tiempo?

Es que, blanco y en botella …… ¡Qué quieren que les diga!