Ahora que Juan Carlos I pasa una jubilación dorada en Dubai  y los expertos dicen que el coronavirus incrementará las desigualdades añadiendo a la actual miseria otros mil millones de desempleados y pobres en todo el mundo, es el momento de felicitar a su amigo al rey de Arabia Saudí, Salmán bin Abdulaziz, quien, mostrando su lado mas feminista, sancionó -hace un par de años- un decreto que permitía a las mujeres sacarse el carné de conducir, comprarse un coche y ¡rodar, rodar y rodar por las calles de Riad!

 

Por Javier Cortines

Un día soleado caminaba por el paseo marítimo de Altea y, como solía hacer todas las mañanas, me senté en un banco para leer. Abrí el grueso libro que llevaba: La Vieja Sirena de José Luis Sampedro (1917-2013) y leí, perplejo, cómo un hombre cortaba a una hermosa esclava una larga cabellera de color ámbar para que su rica señora se hiciera una peluca.

La escena se desarrollaba en la Alejandría del siglo III d.C. La esclava, que había sido sirena en otra vida, usaba varios nombres: Glauka, Irenia, etc. Sus ojos tenían un color indefinido, mezcla de verde y gris. Había sido adquirida en el mercado del puerto, y escrutada desnuda, palmo a palmo, por el obsceno Amoptis, mayordomo de la Villa de Tanuris.

Antes de cerrar la compra, Amoptis dice al vendedor: No vale gran cosa, solo me sirve su cabellera. Si me vendieses su pelo, te dejaría el cuerpo para ti.

Y como el mercader se queda extrañado, el mayordomo le explica:

– La quiero para ofrecer una peluca a mi señora Sinuit. ¡La encantará deslumbrar con su cabellera a todas las damas de Alejandría! (Sin duda, recibiré un gran premio a cambio, piensa para sus adentros).

Amoptis lleva a la enigmática Clauka a la lujosa Villa de Tanuris, la manda lavar y vestir elegantemente, y, después, la conduce a una habitación y la pide que le haga una felación. La esclava obedece sin rechistar y el hombre, extasiado, eyacula complacido.  Luego se lava el pene flácido en una jofaina y la corta la frondosa guedeja que tiene -dice Sampedro- “el rubio profundo, fuerte y dulce del ámbar antiguo, de miel reciente”.

Cuando la guedeja de la esclava cae a los pies de Amoptis, cierro el libro bruscamente emitiendo un seco sonido y me pregunto: ¿Dónde se habrá inspirado J.L. Sampedro para escribir eso? ¿En la servidumbre de la antigüedad cuando podía someterse a los esclavos a cualquier tipo de vejaciones? ¿O en la esclavitud de nuestra época, incluida la infantil[1], que ha tomado la forma más aberrante que el ser humano pueda imaginar?

El bueno de J.L. Sampedro – que abogaba por una economía más humana, más solidaria, destinada a desarrollar la dignidad de los pueblos-, seguro que se inspiró, como dice Schopenhauer, “En el Gran Libro del Universo”.

El citado relato me lleva a pensar en las miles de sirenitas de los pueblos más pobres de la Tierra que todos los días son rapadas como animales para que – después de que su pelo sea tratado y/o teñido en sórdidas fábricas de pelucas- pueda venderse a precio de oro, -tras pasar por una cadena de intermediarios-, a las damas de la alta sociedad y a las “glamourosas celebrities” que levantan pasiones en los desfiles de modelos de dos metros de altura y cuarenta kilos de peso.

Antes del coronavirus la televisión española emitió un documental sobre una niña (de una aldea de Bolivia) – de catorce o quince años- que era arrastrada brutalmente por varios hombres que, tras inmovilizarla, la raparon la cabeza con una máquina eléctrica al tiempo que se reían a carcajadas. Mientras la menor gritaba y lloraba como si le hubieran arrancado el corazón, una voz explicaba que su pelo podía venderse ¡ya! por unos veinte dólares.

Ese no es un caso aislado. Todos los días se repite esa vejación en decenas de miles de pequeñas Glaukas e Irenias de los pueblos más apartados y miserables de la tierra. Su pelo, reciclado, luego pasa a adornar las cabezas de las señoritas y damas de la burguesía de la aldea global.

¡Ay, la globalización de la economía! La esclavitud infantil en insondables fábricas, sótanos y cuartuchos del tercer mundo, donde ejércitos de niños y niñas son explotados bajo amenazas o a cambio de unas monedas, para que confeccionen “en esas cárceles”, p. ej. productos para las grandes marcas “creadas por los dioses”, como Hugo Boss [1], que luego los mercaderes venden en las boutiques de lujo de París, Londres, Roma, Barcelona y Nueva York.

¿Quién no ha visto los autobuses hacinados de paupérrimos obreros de India, Pakistán, Bangladesh, etc, que trabajan en la construcción, de sol a sol, en los emiratos árabes del Golfo Pérsico, cobrando sueldos que no llegan a los doscientos euros al mes?

¿Quién ignora, en esta época en la que el gusano del capitalismo engorda dentro de «la gran manzana» con las desgracias humanas, que esa masa de “mano de obra barata” duerme en habitáculos insalubres, sin aire acondicionado, y soportando en verano temperaturas de más de 50 grados sobre cero? ¿Quién ignora que a las criadas filipinas se las golpea y maltrata en esos emiratos donde la señora de la casa alterna el manejo de la bofetada y el palo?

¿Quién no ha visto a esos jeques y emires que viajan con sus harenes a Marbella enseñar, orgullosos, su colección de Rolls Royce, en los que el modelo estrella es uno de oro macizo? Hay un refrán, que aprendí en El Cairo hace muchos años y que refleja perfectamente la filosofía del capitalismo, dice así: “El que no tiene una piastra (un céntimo) no vale una piastra”.

Ahora que Juan Carlos I pasa una jubilación dorada en Dubai  y los expertos dicen que el coronavirus incrementará las desigualdades añadiendo a la actual miseria otros mil millones de desempleados y pobres en todo el mundo, es el momento de felicitar a su amigo al rey de Arabia Saudí, Salmán bin Abdulaziz, quien, mostrando su lado mas feminista, sancionó -hace un par de años- un decreto que permitía a las mujeres sacarse el carné de conducir, comprarse un coche y ¡rodar, rodar y rodar por las calles de Riad!

Nota: Según datos de la O.I.T. correspondientes al 2010, en ese año había en al mundo 215 millones de niños (entre los cinco y los catorce años) que sufrían explotación laboral, de los cuales 115 millones realizaban trabajos peligrosos. En este colectivo se incluían menores que ejercían la prostitución forzosa, y el reclutamiento de niños soldados.

[1] Hugo Ferdinand Boss, fundador de la marca “Hugo Boss”, confeccionó para Hitler los uniformes de la SS  y de la Wehrmacht (Fuerza de Defensa) durante la Segunda Guerra Mundial. Aún sigo sin entender por qué no han tenido la delicadeza de cambiar el nombre de esa marca. No estaría mal, por ejemplo, “Breaking The Wall” (Rompiendo el Muro). A lo mejor estoy diciendo una estupidez y Hugo Boss fabrica ahora los uniformes del ejército israelí para hacerlo más letal a la hora de borrar del mapa Palestina.