Carmen De Bock Cano


En estos días, cuando se habla de escuelas taurinas, se repiten profusamente en todos los medios frases hechas que, por grandilocuentes, merecen un análisis.

Se habla de “formación de alumnos”, de” material didáctico”, de” labor docente”, de impartición de “clases magistrales”; se habla de “maestros” y de “alcanzar el doctorado” y de “talento taurino”. Se insiste en que en ellas se alcanzan múltiples valores o virtudes como la perseverancia, el espíritu de sacrificio, la solidaridad, el compañerismo, etc. y todo esto se adquiere nada más y nada menos que asistiendo a una escuela taurina.

Incluso en estos últimos años se ha publicado alguna tesis doctoral y estudios sobre cómo estas escuelas no dañan para nada el espíritu de los jóvenes.

Fuente: Fesdelcallejon.com

Pero vayamos al origen de esto, a su origen más reciente, que fue en los años 80-90, cuando el primer gobierno socialista se empleó a fondo en la regulación y fomento de los toros. Aprobó los reglamentos taurinos actuales y los específicos para estas escuelas. Tuvimos en el Gobierno a grandes aficionados taurinos como Enrique Múgica, Alfonso Guerra, Manuel Corcuera, etc.  Y fue este último el que elaboró estos Reglamentos como Ministro del Interior. No en vano, el pasado 2016 le fueron entregados premios y distinciones  en la modalidad de “persona destacada por su promoción y defensa de la Fiesta Taurina”, reconociendo además su condición de aficionado y de impulsor de la primera ley que reguló el espectáculo taurino en España.

Estos reglamentos predican igualmente todo lo que los medios repiten una y otra vez: la educación de los niños en valores éticos, sin embargo, en ningún momento se menciona el valor o virtud de  la empatía. Lo realmente chocante y cuestionable es  que se aplican a un objeto o finalidad que en absoluto es compatible con lo que hoy consideramos Ética y Moral. Pues desde el momento en que esos supuestos valores se aplican a un fin que no es otro que la matanza cruel de un ser vivo, inmediatamente deja de ser un mérito.

¿Qué programa educativo puede proclamar con tanto orgullo que acuchillando con engaño y crueldad a un animal se educa a un joven en valores éticos?

Podemos ver en Youtube los entrenamientos a puerta cerrada de estas escuelas taurinas y ahí se demuestra con hechos esta educación perversa que nuestros gobiernos están inculcando a los niños para que aprendan a torturar becerros, vaquillas y toros de un año. Estos animales para ellos no son seres vivos, son mercancía, y como tal, lo que importa es la cantera; por eso se habla de “futuros valores” pues ellos mismos son “valores”, o sea, ¡ejemplos a imitar!

Y lo peor es que todos las financiamos a través de subvenciones de Diputaciones y Ayuntamientos. ¿Y qué hacen estos organismos para maquillar y enmascarar la terrible realidad de organizar escuelas de dolor y muerte para niños y jóvenes? Pues ahí está continuamente repetida y cacareada esta mentira para que termine por convertirse en una verdad.

¿Cómo podemos concebir en la sociedad del siglo XXI una educación que hasta contradice los principios que se declaran en la Ley de Educación? En estos reglamentos se obvia su art. 2, en que se enumeran los fines de la educación y entre ellos se citan “la formación para la paz, el respeto a los derechos humanos…así como la adquisición de valores que propicien el respeto a los seres vivos y al medio ambiente…”

Por otro lado nuestro Gobierno, en aras de una tradición y una supuesta cultura, está desoyendo las recientes recomendaciones de la ONU de alejar a los niños de la violencia taurina. Es pues una perversión de la educación, que en otros países no sería legal y en ellos esta educación en la violencia sería condenada.

Pero aquí no. Si no hubiera estas terribles excepciones en nuestra legislación, las escuelas taurinas serían constitutivas de delito, porque no olvidemos nuestro Código Penal, en su artículo 337 que para los animales domésticos, considera un agravante del delito el hecho de que su maltrato tenga lugar en presencia de menores.

Muy al contrario, los poderes públicos se enorgullecen de tergiversar la educación normalizando el maltrato de estos animales ante la inocencia de los niños.

¿Qué hay de valor o mérito en que un niño provoque desangrarse a un becerro y verlo morir a sus manos bajo los más terribles tormentos?

Mucho hay de gustos personales y aficiones particulares de los que lo promueven. Mucho hay de beneficios económicos para unos cuantos. Lo que hace pensar que simplemente promueven desde sus cargos su propia afición, cuando no su negocio personal de ganaderías y empresas, y tan imbuído lo tienen y tanto lo publican a los cuatro vientos, que hasta ellos mismos se lo creen, que están dando una educación en valores a los jóvenes.

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