Por Javier Cortines
Hasta “la extrema izquierda” ya domina el lenguaje políticamente correcto. Asusta la diferencia entre una organización zurda e independiente y un partido “rojo” que paulatinamente se adapta al “establishment” siguiendo la máxima orteguiana de “yo soy yo y mi circunstancia”.Ya lo dijo Heráclito “nunca nos bañamos dos veces en el mismo rio”.

Una policía democrática y un ejército democrático son a todas luces un oxímoron, al igual que una dictadura constitucional como nos recordaba el otro día en el Congreso de Diputados el presidente Pedro Sánchez quien, debido a la insignificancia y mediocridad de Pablo Casado, a veces emerge del escaño como El Coloso de Rodas o el Cid Campeador.

Los genios, los locos y los borrachos (y todos aquellos que no se venden o subastan en el mercado) son los únicos que dicen la verdad. Qué lúcido estuvo Albert Einstein cuando escribió, refiriéndose a las paradas de las Fuerzas Armadas (FF.AA.): “Parece que les han puesto la cabeza por error, con sólo la espina dorsal les hubiera bastado (para desfilar)”.

Es cierto que la policía y el ejército patrióticos (y todas las fuerzas del orden en general) han cambiado (ahora son más altos, más fuertes y disparan mejor) pero no tanto como para “lanzar las campanas al vuelo” y celebrar que “por fin piensan por sí mismos”, y actúan siguiendo los principios humanitarios y morales que inspiraron la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es decir, actuar para que triunfe la justicia en el planeta.

El lavado de cerebro que “padecen los hombres y mujeres” que juran dar la vida “por la patria, la bandera, el himno” y para defender valores trasnochados que maridan con la acefalia-como bien remarcaba Einstein- es necesario para que los uniformados “actúen como robots” para cazar a los malos (rebeldes, insumisos, etc.) y custodiar a los buenos que doblan la cerviz ante el poder o forman parte de sus graníticas y oscuras estructuras.

Los guerreros (programados “con ideologías cavernarias”) deben proteger a los corderos de lobos y lobas como el Ché, Ahed Tamimi, Nelson Mandela, Hipatia de Alejandría, Rosa Parks, Ghandi, Simone de Beauvoir, Mary Shelley, Prometeo, Espartaco (y millones como ellos), pues Dios está “con los esclavos, con los siervos del Señor”.

 “De los mansos es el Reino de los Cielos”, dice la Biblia, ese LIBRO que Donald Trump levantó hace unos días ante las puertas de una Iglesia para pedir “paz” y decir que George Floyd mira feliz a los estadounidenses desde el paraíso porque América va bien con las políticas económicas y los filtros racistas que ha puesto en marcha el 666 de la Casa Blanca.

En la otra parte del mundo, en China, donde los ingenuos creen que ha triunfado un “comunismo con rostro humano” y se niegan a ver la realidad del “salvaje capitalismo de Estado”, acaban de aprobar una ley de seguridad “para mantener el orden en Hong Kong”, mediante la cual se podrá castigar con tres años de cárcel a los honkoneses que pidan “independencia”, exijan libertad, o se burlen del himno nacional.

Todas las reglas tienen excepciones y dentro del gremio castrense y sus adláteres “también hay gente con cabeza e ideas propias, una loable minoría” que se niega a disparar a un inocente en la frente, ya sea en una calle de Bagdad, Hanoi o Nueva York, pero por lo general han sido moldeados en la fábrica de la muerte y su ideario lleva marcado el tatuaje del Enola Gay.

Hablando de ese bombardero que arrojó la bomba atómica Little Boy (Pequeño Muchacho) sobre Hiroshima, y acompañó, como avión de reconocimiento, al bombardero B-29, Bockcar, que lanzó la “Fat Man” (Hombre Gordo) sobre Nagasaki matando a cientos de miles de civiles (durante y después de las explosiones) todavía me acuerdo de la justificación que daba USA: “lo hicimos para salvar vidas de nuestros soldados”.

La mayoría de los intelectuales callaron ante “ese asesinato masivo de inocentes” -Japón ya tenía perdida la guerra- excepto “mi amigo” Albert Camus, hombre que pensaba en voz alta, que conoció la extrema pobreza de niño, que odiaba la arborescencia académica (siempre fue claro y profundo como los sabios griegos) y llamaba al pan, pan, al agua, agua, y al vino, vino.

Él era, como muchos de nosotros, un extranjero en este planeta cuyo valor se pesa en la podrida balanza de Wall Street, donde los peces y los pájaros se alimentan de plástico y los gobernantes pelean a muerte por los derechos de autor de la mentira que hace girar la noria del burro, el palo y la zanahoria.