Ástor García. Secretario General del PCTE
No nos robarán el Primero de Mayo ni en las peores condiciones posibles. La crisis sanitaria, la crisis económica y el confinamiento no van a impedir que conmemoremos el Día Internacional de la Clase Obrera ni que expresemos con orgullo que pertenecemos a la clase social que genera toda la riqueza de nuestro país

Pasar en confinamiento una fecha tan señalada como esta, mientras muchos de nuestros hermanos y hermanas siguen haciendo frente al virus en los centros sanitarios y se siguen jugando la salud en sus centros de trabajo o en el desplazamiento diario a los mismos, es motivo más que suficiente para recordar aquel poema de Maiakovski y para desear, con él y con todos, que el siguiente Primero de Mayo nos encuentre con las espaldas cargadas de trabajo y con la voz entrelazada de canciones. 

Se ciernen momentos duros para los trabajadores y trabajadoras. Vienen tiempos en los que todos vamos a volver a comprobar cómo se las gasta la patronal cuando sus dineros están en peligro. En realidad, todo trabajador sabe bien cómo se las gasta la patronal, pero en esta ocasión, como ocurrió a partir de 2008, no va a ser algo que se quede de puertas adentro de la empresa, o de puertas adentro del juzgado de lo social donde se sustancie la reclamación por un despido. Va a ser algo masivo, público, notorio, con titulares y con apertura de telediarios. 

Millones de trabajadores y trabajadoras vamos a ver cómo nos proponen cambiar las condiciones de nuestro contrato bajo la amenaza del cierre o el despido y bajo el argumento de la supervivencia de las empresas “ante la difícil situación”. Quienes hoy están afectados por un ERTE pueden encontrarse en unas semanas con la propuesta patronal de mantenerlo indefinidamente, o de transformarlo en un expediente de extinción, o en un endurecimiento significativo de las condiciones laborales. Las últimas reformas laborales permiten todo eso y mucho más, y no hay duda de que todas esas medidas anti-obreras van a ser ampliamente utilizadas en el período que viene. 

Todo lo que ya vivimos entre 2008 y 2014 lo vamos a volver a vivir, pero corregido y aumentado en nuestro perjuicio. Para los capitalistas ya no se trata sólo de remontar una crisis económica de grandes dimensiones a costa de quienes generamos la riqueza con nuestro trabajo, sino de implantar un modelo de explotación mucho más refinado y mucho más ajustado a los intereses de la patronal.

Que nadie se llame a engaño, los capitalistas son conscientes de que necesitan dar una vuelta de tuerca al modelo de explotación para seguir manteniendo su rentabilidad. Se ha demostrado suficientemente a lo largo de los dos últimos siglos que el  beneficio del patrón viene determinado fundamentalmente por el grado de explotación al que somete a los trabajadores y trabajadoras de su empresa. Nos podrán hablar de ventas, de marketing o de la internacionalización de los mercados, pero la realidad pura y dura sigue siendo que la base de todo beneficio empresarial es la plusvalía extraída a los trabajadores.

Como en la crisis anterior, los capitalistas y sus gobiernos presentarán una propuesta de solución basada en pagar menos a las plantillas o en hacer que las plantillas trabajen más por el mismo dinero, o incluso por menos dinero. La forma relativamente novedosa de hacerlo será tratando de generalizar un modelo que ya conocemos pero que todavía está limitado: el del trabajo a demanda, que tan bien ejemplifican modelos como el de Uber, Cabify, Deliveroo, Glovo o los repartos de Amazon.

En realidad este modelo no es nuevo. Estaba introduciéndose poco a poco a través de lo que se conocen como medidas de “flexibilidad interna” en beneficio de la patronal. Las bolsas de horas, las jornadas irregulares o el recurso a la subcontratación o a las empresas de trabajo temporal no son otra cosa que mecanismos que permiten que las empresas dispongan de la fuerza de trabajo cuando les interese, cuando les venga bien para la producción, sin verse obligados a asumir costes salariales cuando la producción disminuye o se resiente por la razón que sea. 

El modelo al que nos van a querer llevar es un chollo para la patronal. Se liberan de responsabilidades y costes a cambio de disponer en todo momento de una fuerza de trabajo a la que, entre llamada y llamada para trabajar, el Estado garantice un mínimo ingreso para que no se muera de hambre y se encuentre en condiciones de ser vampirizada en cualquier momento, al tiempo que mantiene una capacidad de consumo suficiente para no paralizar la circulación de capital, asegurándose así que los capitalistas no pierdan.

Es el modelo que quieren los capitalistas y, a lo sumo, los gobiernos podrán acelerarlo o retrasarlo, ser más o menos agresivos en su implantación o más “generosos” en las medidas destinadas a garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo, pero esa será toda la diferencia entre gestores capitalistas liberales y gestores capitalistas socialdemócratas. Una puñalada en el corazón o 20 puñaladas en el estómago, elija usted cómo le asesino, caballero. 

La crisis que está empezando volverá a demostrar que el capitalismo, cualquiera que sea su forma de gestión, es incapaz de garantizar unas condiciones de vida dignas para toda la población. Algunos tienen unas condiciones de vida excelentes y otros muchos las tienen miserables, por eso no nos vale analizar una sociedad según cómo viven los más ricos, sino según cómo viven los más pobres. Y en España cada vez hay más pobres, mientras las condiciones de vida de todos salvo unos pocos empeoran de manera generalizada. 

¿Es esto nuestro destino? ¿No cabe otra opción? Desde luego, los ideólogos capitalistas se han dedicado con esfuerzo a tratar de convencer a la mayoría social de que no hay alternativas al modelo capitalista. A lo sumo, aceptan que hay formas distintas de gestionar el capitalismo, pero sin salirse nunca de los márgenes marcados con sangre que son la propiedad privada de los medios de producción y la generación y apropiación de plusvalía. Aceptan incluso sacrificarlos parcial y coyunturalmente siempre y cuando no se pongan en duda con carácter general y esa renuncia parcial sirva para su posterior reforzamiento y legitimación cuando llegan esos momentos en que se ve con claridad que son una condena para la humanidad.

Momentos como esos vienen ahora. Por mucho que se esfuercen, si se suma el recuerdo colectivo de los efectos de la crisis anterior con las agresiones que se están poniendo en marcha ya, es imposible esconder que las sucesivas crisis no surgen de la nada, sino que son fruto de unas determinadas relaciones económicas.

Por eso este Primero de Mayo es especial, y no sólo porque sea un Primero de Mayo en confinamiento. Este Primero de Mayo va a abrir una nueva etapa en la que, además de resistir frente a los ataques anti-obreros y anti-populares, será necesario colocar con claridad y firmeza en el debate público la necesidad del socialismo-comunismo. Sobre todo cuando se nos propongan medidas de gestión capitalista menos lesivas, supuestamente más beneficiosas para la clase obrera y sectores populares. 

No, ya no es el momento de dejarse engañar por posibles soluciones a los problemas de la mayoría trabajadora dentro del capitalismo. Se han demostrado fallidas una y otra vez, sencillamente porque siempre son temporales, insuficientes y terminan arrasadas en la siguiente crisis capitalista. 

No valen ya argumentos como el mal menor. La teoría del mal menor sirve cuando no hay alternativa. Pero la realidad es que sí la hay. La trampa está en creernos que sólo podemos optar entre un tipo u otro de gestión capitalista, olvidando que está la tercera posibilidad: luchar para derrocar el poder capitalista y a sus gobiernos y construir un país para la clase obrera, donde los medios de producción estén socializados, bajo control obrero y sometidos a una planificación económica que atienda a las necesidades de la población y no al fomento de intereses económicos privados. 

En el falso dilema que nos presenta la gestión capitalista elegimos lo que nos plantean otros. Es hora de plantear nuestra propia agenda, nuestro propio programa y nuestros propios objetivos, gusten o no a políticos capitalistas, intelectuales orgánicos y aspirantes a burócratas. Que ellos se queden gritando en plazas vacías sus consignas destinadas a salvar el capitalismo. Nosotros dediquémonos a poner a punto las herramientas que nos permitirán construir ese país del que tanto hablamos. Desarrollemos el Partido Comunista totalmente independiente del poder capitalista en lo ideológico, en lo político y en lo organizativo. Practiquemos la unidad y el poder obrero en los centros de trabajo y en los barrios. Busquemos los puntos débiles de los capitalistas y presionémos sin descanso. Estudiemos cómo maniobra el enemigo ante cada victoria nuestra. Aprendamos a identificar los elementos que anuncian un nuevo ataque suyo. Incrementemos nuestras presencia organizada en todos los puntos neurálgicos del país. Sepamos con claridad por qué y para qué luchamos. Identifiquemos a los enemigos, a los falsos amigos y a los posibles aliados. Y demos el golpe definitivo cuando tengamos posibilidades de vencer. 

Esa es la única alterativa para los trabajadores y trabajadoras. El único camino que se puede transitar si aspiramos a una vida digna para todos y todas.  En nuestro país y en todos los países. Nadie dijo que fuera fácil, pero es la única alternativa que tenemos si queremos que todos los Mayos sean nuestros.