Estonia busca la llave de la gobernabilidad en medio de la compleja situación en qué quedó este socio de la Unión Europea tras las pasadas elecciones generales, con el derrotado primer ministro, Juris Ratas, determinado a permanecer en el poder aunque sea aliado con la ultraderecha.

El Comité Nacional Electoral estonio no ha difundido aún los resultados finales de los comicios, celebrados el 3 de marzo, por razones técnicas y la presidenta del país, Kersti Kaljulaid, tampoco ha encargado formalmente a ningún líder el inicio de conversaciones para formar gobierno.

Sin embargo, tres partidos políticos llevan ya dos semanas inmersos en conversaciones en busca de una mayoría parlamentaria y con el propósito de conseguir ese objetivo hacia principios de abril.

Un intento «legítimo», desde el punto de vista legal, según comentó a Efe el profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Tallin Holger Mölder, pero que «puede hacer que muchos estonios se sientan engañados».

En esas negociaciones oficiosas de coalición se ha excluido al Partido Reformista, la formación liberal y europeísta que lidera Kaja Kallas y que fue la más votada en esos comicios, con un 29,6 % de los votos, según los resultados difundidos la noche electoral.

Muchos comentaristas ven tras esa situación el intento por retener el poder por parte de Ratas, líder del Partido del Centro, que quedó en segundo lugar con un 22 % de los votos.

Los sondeos tienen lugar entre su Partido del Centro, de centro-izquierda, el conservador Pro Patria, con experiencia en una coalición, y el ultraderechista Partido Popular Conservador (EKRE), que se catapultó a la tercera posición con un 17,7 % y que irrumpiría ahora, por primer vez, en una alianza de gobierno.

El centrista Ratas perdería previsiblemente su puesto de primer ministro en cualquier otra constelación de gobierno.

El influyente semanario «Eesi Ekspress» escribió ya acerca de esa supuesta determinación de Ratas de aferrarse al puesto, pese a la fuerte caída de votos sufrida en los comicios.

La tentación a recurrir a cualquier estrategia para retener el poder desde esa posición de debilidad es fuerte.

Es una apuesta arriesgada, ya que implica acceder a compartir el ejecutivo con el controvertido populismo de derechas representado por EKRE, un partido al que ciertos analistas comparan con la ultraderecha francesa que lidera Marine Le Pen.

El profesor Mölder, en cambio, ve paralelismos ideológicos entre EKRE y la Rusia Unida, el partido en el poder en el poderoso país vecino de esa pequeña república báltica, con apenas 1,3 millones de habitantes.

«EKRE y Rusia Unida defienden valores similares», apunta este profesor.

El partido ultraderechista estonio comparte con la formación dominante de Rusia su antagonismo hacia los medios de comunicación, añade por su parte el analista político Andreas Kaju, de la agencia de comunicación META.

La formación estonia aspira además, aparentemente, a reformar el sistema legal del país para favorecer sus objetivos políticos.

Los sistemas políticos occidentales están generalmente bien arraigados, sostiene Kaju. Pero se convierten en vulnerables si se modifica su estructura judicial y se crean mecanismos destinados a alcanzar determinados objetivos ideológicos.

No está claro por el momento cómo puede plasmarse en la realidad la retórica política de EKRE.

Todo dependerá de sus eventuales socios de coalición, si es que ésta llega a materializarse como tal, y «muy especialmente del papel que desempeñe el primer ministro y su partido», prosigue Kaju.

Ratas parece dispuesto a mantenerse en el cargo incluso si ello implica compartirlo con EKRE y a pesar de que ello puede perjudicar la posición de Estonia entre sus aliados internacionales.

En Estonia, esa postura se define como «agarrarse con las diez uñas» al algo. Nada nuevo bajo el sol, en realidad, si se recuerda el drama shakespeariano de Macbeth, donde se advertía ya de los daños de aferrarse al poder por el poder.

Jüri Estam

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