Por Antonio Lorca Siero

La doctrina es fundamental en el sistema capitalista, en cuanto sirve de medio para manipular a las masas, llevándolas en la dirección de los intereses empresariales, asegura fidelidad a las creencias que imparte, facilita el funcionamiento del sistema y garantiza el normal desarrollo de la sociedad de mercado. Se expande imparable entre las masas y está dirigida por ese espíritu sutil que conduce el mundo, atento a desarrollar la ideología capitalista en la dimensión material. De forma reiterada, la doctrina capitalista impone un mandato muy sencillo a los individuos, que es consumir, consumir y no incordiar. Se trata de hacerles creer fielmente en la mercancía empresarial, que se presenta debidamente adornada de virtudes, para dejar claro que con su posesión la vida mejora. En el proceso que desemboca en el consumismo, como objetivo claro de la doctrina económico-política, es sobradamente conocido el papel de la publicidad como instrumento de manipulación, que define y proclama las cualidades de la mercancía entre las masas, manipuladas para que sean percibidas y asumidas como reales. Por otro lado, a medida que la patología del consumismo gana seguidores, entregados a las bondades del mercado, acaba por construirse una conciencia generalizada impregnada por la incontestable creencia en sus virtudes, al punto de que el consumismo ya es una cultura social, que todos practican para gloria y negocio de las empresas capitalistas..

Bajo la dirección doctrinal se ha diseñado el papel que debe tener el mercado, pero a la vez hay que elevarlo a la condición de símbolo, al objeto de dotarlo de mayor poder, a fin de que no sea contaminado por la realidad, dejando sobre el terreno su expresión material, para que puede observarse como templo del consumismo. Al objeto de sostener el entramado, en su caminar hacia una sociedad totalmente entregada a sus disposiciones, el capitalismo ha venido educando a las masas siguiendo un modelo que avanza imparable y que conduce a la pérdida de identidad de las personas. Partiendo de un dogma básico, dedicado a los capitalistas, asentado en el principio acumulativo del capital, asistido a nivel social por el dogma del bienestar, ha elaborado la doctrina capitalista. Pero como toda doctrina, al requerir de la efectividad como principio, se dota de infraestructuras de control. Socialmente, de un lado, dulcificando el panorama de masas haciéndolas seguidoras de los nuevos modelos culturales y, de otro, poniendo límites a la individualidad, para disciplinarla dentro del marco fijado por el mercado. Dando relevancia a ese panorama de masas fieles que exige la sociedad de consumo, como elemento que la define, ha utilizado medios de control político, regido por normas jurídicas como elemento ordenador y, a su vez, ha articulado un instrumento de control de los propios ordenadores. De manera que, bajo el principio de la seguridad jurídica, se fije la base operativa del negocio empresarial que le representa. Las masas son gobernadas invocando el principio derivado de la racionalidad del Derecho, si bien dirigido por las elites electivas —los políticos—, encargadas de ejercer el poder formal, mientras los comisionados de la ideología capitalista —los empresarios—, se reservan el poder real sobre la sociedad y la política. El resultado ha sido un colectivo de ciudadanos, y prioritariamente consumidores de la producción empresarial, atados política, económica y socialmente a un mercado totalmente dominado por el empresariado de la actividad comercial.

Para disolver la autonomía de la individualidad y evitar el riesgo de que adquiera relevancia colectiva en el plano de masas, se la deriva a grupos de ideología plural para dispersarla, dispuestos para satisfacer ocasionalmente cuantas pretensiones ideales y sentimentales emanen de su existencia prefabricada, dándoles un enfoque de materialidad y tocados de cierta perspectiva de poder. De tal forma que se ha construido una sociedad en términos modernos, debidamente sujeta al dictamen de las instituciones y las leyes, entregada en el plano de la existencia colectiva al mercado capitalista. Lo esencial en esta actividad formal y material es hacer el modelo capitalista perdurable, merced a la fidelidad de las masas consumidoras aleccionadas por la doctrina, animándolas a comprar compulsivamente, para que el negocio empresarial continúe, mejore y prospere. A tal fin, la ilustración para el consumo, reconducida a exponer ante las masas novedades comerciales, mercancías y nuevas dimensiones del mercado, apuntando como objetivo el bienestar, en su condición de hilo conductor de la existencia. Por otro lado, dado que el capitalismo precisa de la actividad continuada de sus empresas para producir capital, se acude al progreso, en su expresión innovadora, para que imprima movimiento al mercado. Un progreso que ha sido adaptado a las conveniencias capitalistas y del que es difícil salir de su estructura dogmática. Hoy plenamente entregado el progreso a la tecnología comercializable, cuyos avances creen imparables, los consumidores han de seguir su marcha, si aspiran a mayores niveles de bienestar y progreso real. Por su parte, la doctrina se ha entregado a glorificar las bondades de las nuevas tecnologías, asociadas al mercado, como el soporte dinámico del consumismo creciente.

Ya se ha visto que lo fundamental del capitalismo, en el caso de sus oficiantes, es invertir para que sus empresas produzcan mercancías comercializables permanentemente, con la finalidad de incrementar el valor capital. Para cumplir con el dogma, la otra parte, los fieles consumidores, están obligados a absorber, como si se trata de una esponja, la mercancía que circula por el mercado. Al asumir su condición de consumidor, para integrarse en la sociedad en la que reside, el individuo cumple buena parte del papel que se le ha asignado, siguiendo las pautas doctrinales. Pero como el comportamiento exigido no se reconduce al simple acto continuado de consumir, porque de lo que se trata es de consumir en progresión creciente, dado que las empresas están obligadas a producir más por exigencia del capital, la doctrina tiene que elevar su grado de presión. Por este motivo, no solo hay que adoctrinar sino acentuar el nivel de adoctrinamiento sobre los consumidores. En este punto, la publicidad mediática precisa del auxilio de la propaganda oficial, ambas, de mutuo acuerdo, son decisivas para airear los fundamentos doctrinales en los que se soporta el sistema. Sin perjuicio de ensalzar las virtudes del mercado, ahora de lo que se trata es de elevar a categoría absoluta el bienestar, el hedonismo colectivo, el narcisismo individual y el ocio, hasta convertirlos en única razón de vida. La doctrina se acompaña por el componente político, a fin de aportar el sentimiento de seguridad que transmite el orden basado en la autoridad de la minoría dominante asistido por el Derecho, del que se desprenden a nivel de masas los derechos individuales. Con esta parte doctrinal del capitalismo, que afecta a las individualidades consumistas, quedarían vinculadas definitivamente al mercado por arte de la publicidad, actuando sobre el soporte de la mercancía innovadora, pero el cerco se perfecciona con la colaboración de la doctrina social. El individuo consumidor no está solo, las masas le acompañan, una presencia destinada a condicionar la existencia como miembro integrado en el conjunto, imponiéndole su particular doctrina de masas, un producto de dominación derivado de la síntesis de las individualidades, por un lado, del modelo elitista, por otro, y de la condición sumisa de la propia sociedad entregada al mercado. A nivel individual, la tesis del bienestar capitalista ya sería suficiente elemento de cohesión en un plano de masas, porque todos buscan el bien-vivir en términos identificativos pero, para reforzarla, el capitalismo se ha dotado del arsenal mediático que nutre la ilustración de las masas sobre acontecimientos sesgados, dirigidos a condicionar la existencia. Los medios sociales, siguiendo la tendencia de los medios empresariales, no solamente trasladan el valor virtual de la mercancía a través de la publicidad boca a boca sino que, aprovechando esa tendencia individual a la imitación y al gregarismo, crean el ambiente social para fomentar el consumismo que trasciende al bien vivir, con la pretensión de improvisar nuevas necesidades, que aspiran a imponerse desde la tendencia mimética. Por su parte, el colectivo acosa a sus miembros para que adopten el patrón común consumista, entre el que fluyen las diferentes individualidades que acaban por coincidir en ese mercado que domina el panorama de masas.

Respondiendo al dirigismo de rebaño, el elitismo, como cultura asumida por la sociedad desde tiempo inmemorial, ha venido marcando las pautas de actuación colectiva, de tal manera que las masas no se reconocen a sí mismas y las individualidades se pierden en el ambiente de unas masas entregadas a sus elites. No en vano, el capitalismo creó la llamada sociedad de consumo de masas, en la que el mercado es el nuevo líder conductor de la existencia colectiva. Sin embargo no hay que olvidar que el rebaño, en último término, se mueve a la llamada de lo que sirve de alimento, y en este caso es el bienestar; de ahí que el statu quo se mantenga mientras haya bienestar, porque, como dice Bauman, la sociedad de consumo medra en tanto la satisfacción de sus miembros sea perpetua y el capitalismo pueda garantizarla. La sociedad es cómplice de la situación. Salirse de las normas sociales, impregnadas por el consumismo, aderezadas con complementos como el lujo, la moda, la pretensión de bien-vivir elevada a la categoría de hedonismo y sus patologías complementarias, marcan las pautas sociales. El criterio de normalidad social exige comulgar con la doctrina que armoniza al conjunto, y la exclusión se aplica al que se sale del consumismo, con lo que todo queda bien atado conservándose la vigencia de la doctrina oficial. La efectividad de la doctrina capitalista, difundida ampliamente por los medios y asistida por los poderes estatales y sociales, todo ello sin perjuicio de su solidez argumental, opera sobre terreno abonado. Cundo los propios individuos se han entregado a la corriente cultural del consumismo y apenas queda tiempo para reflexionar más allá de procurarse ocio, comodidad, bienestar y, en definitiva, se encamina continuamente a búsqueda del placer inmediato , poco más queda por hacer.

Dada la proyección global que ha tomado la sociedad consumista, la doctrina capitalista es el elemento clave para mantener la cohesión mundial desde la unidad doctrinal, y el método de adoctrinamiento pasa por unos sistemas de comunicación gestionados por empresas capitalistas. Que todos los individuos integrados en esa sociedad, con aspiraciones de universalidad, experimenten las mismas necesidades es fundamental para evitar la dispersión, en un panorama de pluralidad aparente. De ahí la relevancia adquirida por la comunicación, como vía de conexión de la sociedad común. Indispensable en la sociedad actual. El empresariado ha puesto a trabajar a la tecnología para que alcance su máxima dimensión productiva en cantidad y calidad, haciendo que los medios tradicionales hayan sido superados e internet pase a ser el medio exclusivo de comunicación avanzada con fines de cohesión. No obstante, frente a este instrumento mediático, que marca el principio de conexión mundial, en busca de esa cohesión dirigida a la unidad global en el capitalismo, no puede desprenderse del componente tradicional a nivel nación, alimentando el carácter de identidad como exponente de la diversidad en esa unidad mental dispuesta para el mercado. De tal manera, que el ambiente mediático, si bien se centra en torno a la dimensión global, controlada por las empresas multinacionales que dominan el aparato de comunicación virtual, no pierde de vista la localidad para adaptarse a sus peculiaridades, pero dejando a salvo el dogma doctrinal.

Que es imprescindible una dirección para marcar las líneas maestras de la marcha coordinada del sistema, apenas admite controversia, salvo que se califique interesadamente de paranoia conspirativa, como cortina de humo para tratar de camuflar la realidad. Ya que en todo lo que marcha siempre hay un espíritu director, a menudo expresado a través de un individuo o grupo. Tal argumento no es original, porque ya Bernays, en 1928, destacaba que casi todos los actos de nuestras vidas, en el plano político, de los negocios, en las relaciones sociales se ven dominados por un reducido número de personas que mueven los hilos que controlan el pensamiento público. Una elite del poder capitalista —la superelite— producto de gestión asociado a la inteligencia, como instrumento director del sistema, parece incuestionable, sin embargo el tema se ha desviado en lo sustancial, quedando limitada a la parte visible de esa otra elite de la gente rica o del conglomerado que maneja los destinos de un país, cuyas funciones directivas no sobrepasa la influencia que sus respectivos representados pueden ejercer en el movimiento empresarial, político y social. Lo decisivo en el plano sistémico es quién toma las grandes decisiones, marca la trayectoria a seguir y diseña las estrategias doctrinales, en estas funciones, los ricos, los políticos, los militares o cualquier otro personaje relevante no cuentan con capacidad suficiente para mover el entramado capitalista, ya que cada uno está destinado a cumplir su función específica en el marco estructural. Incluso podría hablarse del Estado-hegemónico de zona o de los organismo internacionales, en realidad vehículos de transmisión de las consignas de quien se ha definido como esa minoría directora del poder, que es la inteligencia capitalista, ajena al sentido de elite tradicional y al personalismo. Desde ese punto se imprime de sentido orientador la actuación del conjunto capitalista a través de consignas doctrinales, que marcan la actuación de empresas, políticos, organismos y del propio mercado, todo ello dirigido a mantener la estabilidad y prosperidad del capitalismo. Tales consignas se adaptan a las circunstancias cambiantes de los tiempos, y los puntos visibles hacia donde se proyectan son el mercado y la política. En el primero, se fijan las líneas maestras del proceso de transmisión de las distintas mercancías y se concreta materialmente a través de las estrategias de mercadotecnia. La función de la política, ahora obligadamente etiquetada como populismo, sin perjuicio de mantener el orden mesurado y la burocracia del bienestar, tiene encomendado abrir nuevas tendencias sociales y orientarlas al mercado para ser rentabilizadas por las empresas capitalistas. Bastaría citar ambas actividades para poner de manifiesto que semejante actividad directora, en términos doctrinales, no puede corresponder a ningún personaje mediático, ni individual ni sectorialmente.

 

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