A dos semanas de haberse iniciado el conflicto en la región de Tigray, en el norte de Etiopía, (Ver: Etiopía: De una guerra étnica a un conflicto regional), el primer ministro Abiy Ahmed, les ha dado a los rebeldes, el domingo 22, un plazo de 72 horas para rendirse. Advirtiendo, que las fuerzas federales ya se encuentran “en la tercera y última fase” de su operación militar en la región separatista. Que desde principios de mes diferentes áreas incluso su capital, Mekelle y alrededores o woreda, que suman una población de cerca de medio millón de habitantes, ha recibido ataques aéreos, sin que se pudiera conocer un número ni siquiera aproximado de bajas, aunque se estima sobrepasa holgadamente el millar, dado el estricto control informativo que han establecidos los mandos del ejército etíope que opera en la región, sumado el corte de todos los servicios de comunicación particularmente la telefonía celular e internet. Aunque si se estima con más exactitud que ya entre 40 y 50 mil ciudadanos de tigriños han alcanzado a refugiarse en Sudán, al tiempo que las autoridades de Naciones Unidas creen que ese número de desplazado progresará rápidamente a los 200 mil y ya alertado de la posibilidad de una “crisis humanitaria a gran escala”.

Los responsables del Frente de Liberación Popular de Tigray (FLPT), la semana pasada aseguraron que su gente “nunca se arrodillará ante las acciones de los agresores”, y acusaron a las fuerzas del gobierno central de haber asesinado a civiles inocentes al atacar iglesias, residencias particulares y otros edificios civiles.

El domingo, Abiy había pedido a la población de Mekelle que “juegue un papel clave en la derrota del FPLT, manteniéndose fieles a la defensa nacional”.

Abiy, sabe que la condición de haber sido el Premio Nobel de la Paz, del año pasado, por su acuerdo de paz con Eritrea y sus esfuerzos “para lograr la paz, la cooperación internacional y la reconciliación”, hace que todavía que se centre en él más atención que con cualquier otro protagonista de un conflicto similar en cualquier país del mundo, aunque otros nobel, tan o más discutidos como él no han tenido mayores inconvenientes por lo que ya en diferentes foros se ha comenzado a discutir acerca de los filtros para adjudicar semejante galardón, ya que este no ha sido el primer fallido del Comité que lo otorga, que se lo ha concedido a figuras que sin duda lo han opacado como la birmana Aung San Suu Kyi, quien lo recibió en 1991, hoy es responsable principal del genocidio contra la minoría musulmana de su país, los rohingyas, de los que casi su totalidad, casi un millón de ellos, a buscar refugio en Bangladesh. O el ex presidente norteamericano Barack Obama, que los recibió en 2009 y que, a lo largo de sus ocho años en la Casablanca, no sólo no resolvió ningún conflicto, sino que ha profundizado los de Afganistán, Somalia e Irak, además de generar otros nuevos como en Libia, Siria y Yemen, como frutilla del postre en 2020 estuvo nominado nada menos que Donald Trump, por su “aporte a la paz” en la cuestión Palestina y el enclave sionista, del que no se ha modificado ni un ápice.

En lo que aparentemente sería un nuevo bluff de los expertos del Nobel, Abiy parece haber optado por su carrera política antes que la de “humanista” y continúa intentando derrocar al partido gobernante de Tigray, el FLPT, sin siquiera escuchar opiniones internacionales como Naciones Unidas o la Unión Africana que han llamado a las partes a detener la escalada. El primer ministro, quien asumió el cargo en 2018, ha declarado en reiteradas oportunidades desde entonces, que no guardar rencor a los tigriños, si no, que su malestar se dirige a sus líderes a los que ha llamado “criminales” y en especial a su líder Debretsion Gebremichael.

Algunos analistas consideran que el ultimátum del domingo, solo es una medida de presión psicológica para la población civil, con la que intentan provocar un levantamiento contra el gobierno provincial ya que una lanzar una verdadera ofensiva contra la ciudad acarraría inevitablemente una cantidad espeluznante de bajas civiles, que le quitarían a Addis Abeba, cualquier tipo de sustento internacional. De toda forma se ha conocido este lunes 23, que fuerzas oficiales han establecido un fuerte cerco en torno a la capital provincial, por lo que un sencillo error humano o la mala interpretación de una orden alcanzarían para iniciar el asalto a la ciudad y la consiguiente matanza.

El ejército etíope hasta ahora habría intentado alcanzar los suburbios de Mekelle, evitando muchos núcleos poblacionales, intentado evitar choques con la población, aunque por otra parte las fuerzas de Abiy, no pueden mostrar debilidad por lo que acceder a Mekelle, además de una cuestión de estrategia militar, también tiene mucho de razones políticas. Una guerra prolongada sin duda se volverá no solo impopular, sino que será desgastantes a partir de que los rebeldes puedan provocar bajas en el ejército nacional y esos cadáveres comiencen a llegar a sus pueblos.

Algunos informes no del todo confirmados refieren que tras las primeras oleadas de tropas federales que consiguieron romper las defensas de Tigray, no terminaron de concretar esos logros, dado la férrea resistencia de las milicias locales, por lo que todavía pareciera que todo se está por resolver.

Más guerras

El conflicto etíope pone más dramatismo a una región ya convulsa, donde Sudán, todavía no se repone del golpe de estado y las consiguientes matanzas en abril del año pasado; Somalia con su guerra crónica contra el grupo integrista al-Shabbab, donde por esa razón todavía existe un contingente de 3 mil militares etíopes, de los 10 mil que llegaron a ser, que colaboran con el gobierno de Mogadiscio y ahora podrían ser llamados a su país para que se unan a las fuerzas estatales que combaten en Tigray, lo que producirá un serio desbalance en el conflicto somalí, y Yemen, en un guerra que ya lleva más de cinco años, ciento de miles de civiles muertos, millones de heridos y desplazados, donde Arabia Saudita, el principal aliado en la región de Estados Unidos, se ha metido solo y no encuentra el modo de salir, por lo esta área concitan la atención desde hace años de las potencias occidentales. Que no saben cómo apagar tanto fuego, que ellos mismos ayudaron a encender.

Una guerra prolongada en Etiopía, podría provocar la desintegración del país, al estilo de Libia o los Balcanes, ya que esa nación congrega unas ochenta etnias, cuyas dos principales son los Oromo, de la cual forma parte el primer ministro Abiy y los Amhara, representan poco más del sesenta por ciento, al tiempo que los Tigray, que están llevando a cabo este conflicto, apenas representan el seis por ciento del total de la población, consiguieron dominar la política nacional desde la caída del gobierno marxista de Mengistu Haile Mariam en 1991, hasta que comenzaron a ser barridos de los puestos de importancia recién con la llegada de Abiy, cuestión que obviamente no le han perdonado.

El actual Primer Ministro, quien llegó en 2018, con un discurso con el que intentaba instaurar “una identidad nacional compartida y una ciudadanía común”, para superar las siempre expuestas tensiones étnicas, que, según sus partidarios, han impedido el crecimiento del país, aunque en este nuevo contexto y dada su negativa a acatar los pedidos internacionales de detener el conflicto, hace temer que Abiy se esté precipitando a formas autoritarias.

También se entiende que Abiy, con la invasión a Tigray, se ha metido en una extraña paradoja, o apaga rápido las ínfulas independentistas de los rebeldes, lo que algunos analistas no creen posible, en parte porque las fuerzas nacionales están compuestas por un número importante de tigriños y otras minorías que podrían seguir el ejemplo del FLPT y detonar el ejército, lo que podrían provocar un estado de inestabilidad general en la nación, que incluso, para muchos, podría extenderse, más allá de sus propias fronteras, dado el intrincado sistema de etnias y tribus, como se han repetido en otras naciones del continente que todavía exuda por la herida del colonialismo.


Por Guadi Calvo en Rebelión