El escritor ateniense de dramas griegos imprescindibles, Eurípides, nació en la isla de Salamina en 480 a. C., según cuenta la leyenda, el mismo día en que los atenienses derrotaron a la flota persa en Salamina: un 5 de Octubre. Los padres del poeta, de origen muy humilde, como la mayoría de los atenienses, con la invasión de las hordas de Jerjes, huyeron de Ática y buscaron refugio en Salamina.

Se sabe que fue alumno de Anaxágoras de Clazomene, Protágoras, Arquelao, Pródico y Diógenes de Apolonia. Odiaba la política y era amante del estudio, para lo que poseía su propia biblioteca privada, una de las más completas de toda Grecia.

No se sabe con certeza qué llevó a Eurípides a abandonar sus estudios de filosofía y dedicarse a la poesía trágica. Aparentemente, tomó esta afición no por motivos internos, sino por elección deliberada, queriendo popularizar las ideas filosóficas en forma poética. El mismo actuó por primera vez en un drama en el año 25 de su vida, en el 456 aC. Los expertos creen que unas 92 piezas de teatro y 8 dramas satíricos, pertenecen a su puño y letra, aunque es muy complicado saber la cantidad real de obras que realizó.

Solo cuatro victorias

Obtuvo su primer éxito en el 444 a. C., y el segundo en el 428. En general, durante toda su larga actividad poética, solo cuatro veces triunfó con su obra, siendo la quinta vez después de su muerte, por la Didascalie, que fue puesta en escena en su nombre por parte de su hijo, también llamado Eurípides. Fue amigo de Sócrates, el cual, según la tradición, sólo asistía al teatro cuando se representaban obras de Eurípides.

De este insignificante número de victorias, se desprende que las obras de Eurípides no gozaron de especial atención entre sus contemporáneos. La razón de los pocos éxitos de Eurípides se desprende seguramente de las peculiaridades de su poesía, que, habiendo abandonado el terreno sólido de la antigua escuela helénica, trató de familiarizar al pueblo con la especulación filosófica y la sofistería, por lo tanto, tomó una nueva dirección, que no le gustó o no supo entender la generación educada en las viejas costumbres.

Eurípides y Belerofonte

En una ocasión, cuando, durante la actuación de Belerofonte, todo el pueblo, habiendo escuchado al misántropo Belerofonte elogiar el dinero por encima de todo en el mundo, se levantó enfadado de su sitio y quiso echar a los actores del escenario y detener la actuación, Eurípides apareció en las tablas y exigió con autoridad al público que esperaran el final de la obra y vieran lo qué le espera a su personaje, fanático del dinero.

Eurípides no prestó mucha atención al veredicto y opinión de sus contemporáneos, confiando en que sus obras serían apreciadas más tarde. No cabe duda que fue un adelantado a su tiempo, un inconformista que cambió la forma de entender las narraciones dramáticas y los poemas helénicos de su momento histórico, algo que supuso una importante revolución literaria.