María Garzón, candidata de Actúa al Parlamento Europeo, y Gaspar Llamazares, fundador de Actúa

Si en general las campañas y los programas electorales carecen de valoración económica,  y por eso parece que todo es gratis, también en ellas, sobre todo en la de Europeas, el futuro parece al alcance de la mano y realizable en el breve plazo de la próxima legislatura.

Todo parece fácil y los programas de los partidos son programas de máximos que anticipan un mundo feliz. Poco importa que la política en democracia no pretenda ni pueda traer la felicidad, sino unas condiciones básicas de igualdad y libertad que al menos no la hagan en la práctica imposible. Que permita, en palabras de Albert Camus, el mejoramiento obstinado, caótico e incansable de la condición humana.
Hablaríamos, por tanto, de un programa posible, en unas condiciones concretas y complejas de competencias, y también de relación de fuerzas, como ocurre, aunque en menor escala, en la vida real personal, familiar y colectiva de cada uno, que sin embargo no entra en las previsiones de las campañas al uso.

María Garzón, candidata de Actúa al Parlamento Europeo, y Gaspar Llamazares, fundador de Actúa

Para ello, sería necesario un relato de la complejidad y la presentación de propuestas matizadas y sujetas a incertidumbre, pero eso en campaña, y sobre todo en el ya dilatado momento populista y de la política reducida a los gestos y la agitación que vivimos, el matiz no parece electoralmente visible, diferenciado ni rentable. Sólo tratamos más de un relato de ficción que de realidad, de una política milagrera que todo lo puede. Preparamos con ello un nuevo plato amargo de frustración que seguirá socavando la credibilidad de la política como diálogo y transacción para la defensa y mejora posible de condiciones de vida, de nuestros derechos y de los servicios públicos.

Esta campaña de ficción es particularmente delirante y alejada de lo real en las elecciones europeas, al carecer de una verdadera opinión pública que cuestione una propaganda de tan baja calidad, y donde la delimitación difusa de soberanía, en la mayor parte de los temas compartida, y con ello el complejo reparto de competencias y relación de fuerzas, dificulta la dación de cuentas y la responsabilidad, que están aún más lejos y mucho menos definidas que en el ámbito estatal, autonómico y local.

El lugar que ocupa la política europea, después de décadas de funcionamiento y de integración de España, es significativamente menor en la opinión pública y política que su importancia y capacidad de influencia sobre nuestras vidas.

Puede parecer un lugar común, pero así es. No hay más que fijarse en esta campaña electoral, convertida en una segunda vuelta de las elecciones generales y atrapada entre la reválida del ganador y la revancha de los perdedores, y en menor medida en el posible refuerzo o la contraposición al Gobierno central desde los futuros gobiernos autonómicos y locales.

Porque, si bien el lugar que ocupa Europa, a tenor de las encuestas, sigue siendo, a pesar de las crisis, en la opinión de los ciudadanos y ciudadanas netamente positivo, y podríamos decir que considerado como prácticamente definitivo y sin marcha atrás. En España sigue estando asociado a la modernización, y solo muy minoritariamente se apoyaría el retroceso al Estado Nación.

Sin embargo, los negativos efectos sociales y políticos de las crisis simultáneas (económica, social y política) que ha vivido recientemente la UE, han dejado un poso de profunda desconfianza, que sumado a la pérdida de credibilidad en las instituciones y al déficit de legitimidad de origen, han provocado que a pesar de los años de recuperación económica, ésta merma no se haya superado. Algo tendrá que ver con la persistencia de la desconfianza y la crisis de credibilidad el hecho de haber asociado a la UE primero justamente con la ansiada paz,  pero luego con el liderazgo mundial de una prosperidad y libertades, poco menos que irreversibles e inagotables. Y aunque la paz ha sido un hecho y la prosperidad y libertades se han extendido por Europa sin precedentes, todo parece haber quedado diluido, sino degradado, después del impacto de la crisis y sobre todo entre las generaciones más jóvenes.

La realidad se ha encargado de desmentir la ficción y todavía no hemos superado la frustración. Primero con la crisis, luego con la enconada austeridad y ahora con una recuperación precaria, injustamente repartida social y territorialmente y demasiado frágil. Lo cierto es que todavía no se ha sabido explicar el por qué de la dura y larga repercusión de la crisis y las políticas de austeridad en Europa. Tampoco de los problemas de la arquitectura bancaria y financiera europea. Pero sobre todo el por qué de la lentitud y la limitación de los cambios adoptados para superarlas.

La cuestión esencial de esta campaña debería haber sido entonces cómo y con qué alianzas pasar definitivamente página de la austeridad. Asimismo, el liderazgo indiscutible en derechos humanos y en la lucha contra el cambio climático, si antes no acabamos con la austeridad, se convertirá de nuevo en una pose retórica o trágica (como el Mediterráneo) cuando se trate de dar respuesta concreta a la crisis de los refugiados, o de poner los cuantiosos medios necesarios para la transición energética. No basta hablar de relanzar la UE o de más Europa, tampoco de situar a Europa como líder de la lucha contra el cambio climático. Hay que aclarar en el debate los pasos y los medios políticos, sociales y económicos para tamaña ambición o, por el contrario provocaremos más desafección y frustración en la UE y en las instituciones europeas. A ello le sumamos que, a diferencia de los Estados nacionales, la legitimidad de la UE carece de un relato y raíces emocionales articulados, salvo eso sí el falso relato excluyente masculino, cristiano y blanco de la extrema derecha xenófoba e islamófoba.

A ese cambio modesto posible deberemos añadir sentimiento positivo como la esperanza con causa, y una identidad que recree lo mejor de Europa: su corazón social, el respeto a la tierra y el alma democrática y de derechos humanos. Un cambio posible.