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(Que esta “reseña” sirva de pequeño homenaje a José Saramago, escritor, entre otras muchas cosas, que de lo diminuto hacía algo ciclópeo)

Por J.C.
Jesucristo es un hombre que siente gran amor y compasión por el prójimo. No entiende cómo su Padre, Dios, permite que haya tanta injusticia, miseria y sufrimiento. Tampoco comprende por qué Él, que puede cambiarlo todo, se niega a hacer el milagro para que la Tierra se transforme en un paraíso con hombres y mujeres viviendo felices, en paz y armonía.

Lo anterior podría ser una mini sinopsis de la obra maestra de José Saramago “El evangelio según Jesucristo”.

 

El Jesucristo de Saramago es un personaje que (a pesar de su origen divino) alberga en su corazón todas las dudas e interrogantes de cualquier ser humano y arrastra -por priorizar la razón y los sentimientos sobre la Fe- el peso de una dolorosa existencia “porque así lo ha querido su Padre”.

Sobre todo se siente culpable (y esa herida no deja de atormentarle) de la muerte de miles de niños y niñas masacrados por Herodes para evitar que el Mesías llegue al mundo y se convierta en el nuevo Rey de Reyes.

Jesucristo se enfada con su Omnipotente y Omnipresente Papá por no haber impedido esa matanza de inocentes y haberle dejado con esa insoportable carga el resto de su vida.

El Hijo de Dios sólo halla sosiego -cual paradisíaco oasis en medio del desierto del dolor y la desesperación- en los brazos de María de Magdala, con la que comparte lecho y besos. Jesús bebe la fragancia de sus senos y su piel. Sólo con su amante sale del infierno y vive los escasos momentos de alegría y placer que le depara su triste destino.

Cuando visita los templos de Jerusalén, Jesucristo ve como la gente sacrifica a Dios miles de animales. Padece náuseas y vómitos con tantos charcos de sangre que le salpican los pies, y alza sus ojos al Cielo como diciendo ¿Es esto necesario?

Pero el instante cumbre de la obra (escrita con una sutil ironía empapada de genio hasta los tuétanos) es el pasaje de la muerte de El Salvador.

El Primogénito de María, ya crucificado, observa agonizante a los fieles que han venido a llorarle y a darle su último adiós.

Jesucristo mira a su alrededor y hace suyos todos los sufrimientos e injusticias que padece la Humanidad. Luego se dirige a “sus discípulos”, entre los que se encuentran su amante y su madre y, sintiendo una pena infinita por todos los seres del planeta, exhala un postrer suspiro con este sublime mensaje: ¡Hombres y mujeres! “Perdonarle (a Dios) porque no sabe lo que hace”.

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