Rafael Silva


La “libertad” capitalista es la libertad del fuerte de dominar, o sea, de explotar, al débil
José López

Bajo el capitalismo, las leyes que dan la libertad al dinero se imponen sobre aquellas que regulan los asuntos humanos
Carlos Fernández Liria y Luis Alegre

Si no desarrollamos un espíritu crítico y un sentido de búsqueda de la información alternativa a las vías formalmente establecidas, estamos condenados a la desinformación, a la incapacidad para comprender nuestro mundo y, por tanto, incapacitados para actuar en libertad
Pascual Serrano

Hermosa palabra, libertad. Usada desde los más remotos tiempos de la Historia de la Humanidad, cobra en los tiempos actuales, cuando somos rehenes de este salvaje y cruel capitalismo, un significado muy especial. Hablamos de un concepto de tan alto nivel que ha sido abordado por filósofos, pensadores y escritores de todas las épocas. Para empezar, nuestro Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua nos da bastantes acepciones en torno al significado de este término. La más general de todas ellas nos dice que Libertad es la «Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos«.

A continuación, nos ofrece otras curiosas acepciones, tales como «Facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres«. Sustanciosa y comprometida definición, como puede comprobarse, a poco que la interioricemos un ratito, ya que cabría preguntarse por ejemplo qué son «naciones bien gobernadas«, en qué consisten las «buenas costumbres«, o de sacar como consecuencia que el principio de legalidad se sitúa por encima del principio de libertad…pero ¿qué ocurriría entonces cuando el principio de legitimidad, superior al de legalidad, es violado en dichas «naciones bien gobernadas«? ¿Deberíamos superponer en dichos casos el principio de libertad? Lo dejo a la reflexión de los lectores y lectoras.

Ilustración de Javier F. Ferrero

También nos dice el Diccionario que libertad es «prerrogativa, privilegio o licencia«, «osada familiaridad«, y nos habla de las distintas variantes contextuales del concepto, aplicadas por ejemplo a «libertad de culto«, «libertad de pensamiento» o «libertad de conciencia«. Antes de continuar, pensemos si disfrutamos de verdad todas estas «libertades» en nuestra actual sociedad. Y después de otras tantas, considera finalmente tres acepciones que me gustaría destacar: aquélla que se refiere a que la libertad es la «Falta de sujeción o subordinación«, el «Estado de quien no está preso«, y el «Estado o condición de quien no es esclavo«. Quizá sea ésta última la que puede originar más debate, porque el sentido de la «esclavitud» también debe ser actualizado con los tiempos. Reflexionemos hasta qué punto nos podemos considerar «esclavos» de muchos aspectos del mundo que nos rodea: de nuestro trabajo, de las nuevas tecnologías, del consumo, del sistema…esclavos del sistema. La palabra «Libertad» también tiene relación con «Liberar», de hecho procurar la liberación de algo o alguien nos conduce a conseguir su libertad, como cuando hablamos de «liberación de la mujer».

¿Toda «libertad» es buena? Quizá sí si lo consideramos únicamente en el sentido ontológico del término, pero a poco que razonemos y extrapolemos, comprobamos que hay que poner muchos matices, y acotar muchas situaciones. Pondremos un ejemplo. La expresión «Libertad de elección de centro educativo» (de los padres en relación con sus hijos) pudiera parecer de entrada un concepto positivo y deseable, pero vamos a citar sobre esto, por ejemplo, las afirmaciones de Rosa Cañadell: «El derecho a elegir, cuando hablamos de servicios públicos, no debería existir por varias razones: primero porque no es posible que la Administración pueda garantizar todas las preferencias individuales; segundo, porque el dinero público no puede utilizarse para satisfacer los intereses personales, sino que debe servir para garantizar la igualdad del servicio para todos los ciudadanos y ciudadanas; y tercero, porque el derecho a elegir no es más que el privilegio de unos pocos que tienen la posibilidad de hacerlo, bien porque su dinero se lo permite (y pueden pagar un centro privado o privado concertado) o bien porque su situación social les permite tener acceso a mayor información, con lo que pueden buscar las estrategias adecuadas para matricular a sus hijos en el centro que deseen. Por tanto, la libertad de elección no es más que una estrategia para situar a la educación dentro del mercado y, como todo lo que funciona según las leyes del mercado, los efectos negativos recaen siempre sobre las clases con menos recursos«.

Parece que vamos entrando ya en un terreno donde podemos concluir que la libertad en las sociedades occidentales, en ese “mundo libre” (que Occidente fabricó para intentar diferenciarse de Oriente, cuando en parte de éste reinaba el comunismo), es un auténtico mito. No existe como tal, al menos considerada en su plena acepción. Palabras como “autonomía”, “independencia”, etc., se quedan cuando menos muy rebajadas si nos fijamos en nuestra inclusión en la órbita de instituciones supranacionales (UE, ONU, OCDE, OMC…), que controlan nuestra vida, nuestros modos de funcionar como sociedad. Son los mismos organismos que a nivel internacional condenan, hostigan y amenazan a los países que, precisamente intentando hacer uso de su libertad, diseñan un sistema social y económico distinto al capitalismo, tal como le está ocurriendo a Venezuela. Vivimos por tanto bajo una ilusión de “libertad”, cuando en realidad somos parte de una verdadera dictadura, el capitalismo, una sofisticada y muy perfeccionada dictadura, pero una dictadura al fin y al cabo. Y así, las democracias occidentales, al estilo “parlamentario”, son en realidad democracias burguesas que están diseñadas para que gobiernen alternándose en el poder varias formaciones políticas (normalmente dos, Republicanos y Demócratas en USA, PP y PSOE en España, etc.), donde ninguna de ellas cuestiona realmente las bases profundas del sistema. El eminente pensador norteamericano Noam Chomsky define a los Demócratas y Republicanos como “las dos alas del único partido que existe, el partido capitalista”.

Y así, detrás de la perversa fachada de “Democracia” que nos venden (basada sólo en el hecho de que votamos cada 4 años), una minoría muy poderosa y reducida, una pequeña élite social, es la que verdaderamente toma las decisiones, y tiene el control sobre el funcionamiento del poder y sus instituciones. Cuando la mayoría de las personas piensan, creen que lo hacen libremente, pero esto no es así. En realidad, piensan y sienten como el pensamiento dominante les ha ordenado que deben hacerlo. Para esto, desde pequeños nos bombardean con millones de mensajes subliminales (en la escuela, en los medios de comunicación…), para que nuestra mente vaya limitándose en su capacidad de imaginación y pensamiento, y los encorsete a los límites del pensamiento dominante. ¿Dónde está entonces la libertad? La libertad bajo los sistemas capitalistas occidentales es sólo un espejismo, una ilusión. Si fuésemos conscientes de la cantidad de instituciones, medios de comunicación, empresas, bancos, organismos, gobiernos, etc., que nos “ordenan” cómo tenemos que pensar, seguramente nos sorprendería.

Actualmente, quizá la parcela más restrictiva en cuanto a su libertad, sea la libertad de expresión. Y no sólo por las consecuencias de la actual “Ley Mordaza”, auténtico corsé para coartar los deseos de libre manifestación de ideas y opiniones, sino porque no podemos expresar libremente nuestras opiniones sin que ese acto tenga funestas consecuencias, y no por vulnerar principios morales o éticos básicos, sino por transgredir los límites que el sistema considera “aceptables”, ocultos, pero estrechos y bien definidos. Sobran los ejemplos que podemos poner de este asunto, tirando sólo de la casuística ocurrida durante los últimos dos o tres años. Podemos expresarnos “libremente” siempre que no traspasemos ciertos parámetros ideológicos, pues de lo contrario nuestro discurso será demonizado y atacado. ¿Existe entonces libertad, si nuestras ideas son censuradas y perseguidas?

El sistema capitalista juega con el concepto de libertad, intentando dar legitimidad a un montón de aspectos que no han de tenerla, para justificar así la validez de sus planteamientos. Y a partir de aquí, comienzan a inundarnos otros términos, de acepción parecida, pero con muchos matices, que vienen a complicarnos la vida, más que a facilitárnosla. Términos que han aparecido de unos años acá, y que han cobrado mucha fuerza en nuestra sociedad, son los de «liberalización», «flexibilización» o «desregulación», entre otros. Son conceptos que poseen mucha relación entre sí, y a su vez pueden entenderse como matices a la idea de libertad expresada a ámbitos distintos. En realidad, son trampas que nos pone el sistema, para conducirnos por su camino, que no es otro precisamente que la ausencia de libertad. ¿Ha sido buena la liberalización de las telecomunicaciones? ¿Ha sido buena la flexibilización del mercado laboral? ¿Ha sido buena la desregulación del mercado financiero? Desregular significa dejar sin regla (norma, ley) a algo que la tenía anteriormente, y que era de obligado cumplimiento para todos, por lo cual prevalecerá la ley del fuerte sobre la del débil. En última instancia, la ilusión de libertad que podamos sentir que nos concede el sistema, sólo es en realidad la libertad de las clases dominantes.

Porque según estos nuevos derroteros, libertad tiene mucho que ver con justicia, y por ende, concluimos que no puede existir libertad cuando el Derecho (la Justicia) no ampara a todos por igual, ni protege a los más desfavorecidos, o a los más necesitados. Por ejemplo, aplicado a la última Reforma Laboral, que desmonta los Convenios Colectivos, e insta a la capacidad de negociación de ambos interlocutores. Una de las definiciones anteriores de libertad que hemos dado, aludía a la situación de «falta de sujeción o subordinación«, por lo que aplicado a este ámbito laboral, ¿alguien se cree que no existe subordinación entre los empleados con respecto a sus jefes? ¿Realmente la desregulación, flexibilización o liberalización nos trae mayor libertad? Sin embargo, la tendencia en esta fase del capitalismo es la de desregular cuantos más aspectos mejor de la vida económica, obedeciendo al falso y manipulado mantra de la libertad.

De esta forma, se van debilitando y derogando las leyes que fueron surgiendo para defender a los ciudadanos, usuarios, consumidores y clientes de los abusos del mercado, con lo cual éstos van quedando cada vez más indefensos ante sus tropelías. Y mientras, por ejemplo, el Banco de España llamaba a la desregulación del mundo laboral, permitía que las entidades financieras estafaran a sus clientes, en aras a la libertad de mercado, y a la ausencia de intervencionismo público. Rescato el ejemplo tan ilustrativo que nos propone Pedro Luis Angosto: «Hasta hace no mucho teníamos en España, también en otros países de Europa, una sola y odiosa compañía telefónica que abusaba de su situación monopolística. Llegó la desregulación del mercado de las telecomunicaciones y ahora tenemos un puñado de odiosos operadores que actúan de común acuerdo e imponen sus tarifas sin que nadie intervenga en ello. ¿Hemos ganado algo los usuarios de telefonía? Creo que no, antes el Estado regulaba esas tarifas, recibía una parte sustancial de los beneficios que servían para inversión pública y había oficinas dónde poder reclamar. Ahora todo es virtual y, además de la cantidad de triquiñuelas que inventan a diario para falsear los recibos para maximizar beneficios, intentar solucionar un problema con ellas vía teléfono es bastante más difícil que subir el Anapurna descalzo y con un cilicio en la cintura. Lo mismo ocurre con las gasistas, con las entidades financieras antes llamadas bancos, con las eléctricas, con las petroleras, con las compañías aéreas, todas están desreguladas, nadie supervisa la calidad de su servicio, ni sus precios, ni sus abusos quedando el ciudadano al albur de una serie de instancias tan etéreas como farragosas e inoperantes. En el mundo económico, bajo el paraguas de la libertad, se ha construido un mundo irrespirable en el que al usuario sólo le queda la obligación de pagar lo que le pidan e impongan y el derecho al pataleo, la rabieta, la úlcera o el recurso a instancias judiciales costosísimas que por ello mismo le son prohibitivas«. Creo que queda claro.

La palabra libertad, por tanto, dentro del capitalismo, ha sido desnaturalizada, prostituida, desvirtuada, mancillada, y en nombre de ella, se han cometido y se continúan cometiendo los más viles atropellos. Bajo su radio de acción, lo único que se procura es enmascarar el auténtico propósito de las medidas que se van tomando: dar cada vez más poder a los más poderosos, a costa de hundir a los más débiles. La conclusión que podemos sacar es que no existe libertad en el sistema capitalista, pues todos los aspectos humanos se subordinan al Capital. Las fuerzas de producción, la propaganda institucional, los modos de consumir, de fabricar, de distribuir, los usos y costumbres, la jurisprudencia, las prácticas comerciales, y sobre todo la educación, como base de la pirámide que construye un mundo futuro que asegure la pervivencia de sus dogmas, y la ausencia de cuestionamiento de los mismos. En base a ello, cuando escuchemos ataques a los sistemas socialistas argumentando que en ellos «no existe libertad», pensemos seriamente si, en el fondo, aún con sus posibles y aparentes restricciones y encorsetamientos, no son sistemas que garantizan más libertad que el capitalista.

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Soy un malagueño de izquierdas, enamorado de los animales, y de mi profesión, la enseñanza. Soy profesor de nuevas tecnologías y crítico de las mismas, sobre todo de los cursos de F.P.O. (Formación Profesional Ocupacional) de la Junta de Andalucía. Me hice analista político ante la terrible deriva del capitalismo de nuestro tiempo, ante la necesidad de alzar la voz ante las injusticias, ante las desigualdades, ante la hipocresía, ante la indiferencia, ante la pasividad, ante la alienación. Sentí la necesidad vital de aportar mis puntos de vista, mi bagaje personal, y de contribuir con mi granito de arena a cambiar este injusto sistema.

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