Éxodo rural y cambio climático, dos caras de una misma moneda

Javier Andaluz
Coordinador de Clima y Energía de Ecologistas en Acción


El despoblamiento rural y el cambio climático están íntimamente ligados. La relación obvia es como el impulso de la revolución industrial originó el éxodo de muchas personas tanto por la necesidad de mano de obra en las fábricas de las ciudades, como por la mecanización de la agricultura. Sin embargo, el objetivo de esta columna de hoy no es una reflexión interna, sino una declaración de intenciones que muestre mi orgullo rural, mi orgullo barcense.

Soy de pueblo, de El Barco de Ávila, no un neo rural, sino lo que yo llamo un paleo rural. Un término que vengo utilizando desde que, siendo menor de edad, participara en unas jornadas de jóvenes rurales con responsables políticos de Castilla y León. En aquel momento ya iba vislumbrando como todo el discurso de alternativas rurales se inclinaba con claridad hacia nuevos pobladores y nuevas formas económicas como el turismo, lo que a su vez estaba ocultando la realidad de lo que sucedía en todos los pueblos de la región. La falta de conexiones, servicios y el envejecimiento de la población eran ya una urgencia, pero hábilmente los que ahora se autoerigen como defensores del medio rural nos engañaron asociando las grandes infraestructuras a ese desarrollo que necesitábamos.

Veinte años después sabemos que, aunque seas la Comunidad Autónoma con más autopistas o con más aeropuertos estas infraestructuras no hacen que el despoblamiento se frene, que se lo digan a las riojanas, a quienes tanta autopista ha hecho caer los pequeños negocios de carretera en los que parabas debido a la duración del viaje. Mientras tanto, muchos aprovecharon para agenciarse de pueblos completos, de derechos de uso de pastos comunales, de grandes extensiones para cotos con una insostenible cantidad de jabalíes y ciervos para cacerías de negocios. Y ahora pretenden decir, tras toda una vida presidiendo ayuntamientos y diputaciones, que el resto somos los responsables de sus barbaridades, y que la única solución son ellos. Normal, se han afanado mucho en hacer que el medio rural fuera “su cortijo”, aunque aún queda gente muy “de bien” que sabe que el mejor proyecto que traen es su coto, su hotelito y su residencia de ancianos, mientras expolian nuestras tierras, nuestra cultura y nuestro futuro. Porque el peor proyecto que traen se llama minas, vertederos y centrales tóxicas o radiactivas, vamos, lo que no colarían en otro lado.

Aún peor, la crisis económica fue la excusa ideal para recortar plantillas y horarios de médicas y enfermeras rurales, cerrar aulas y desmantelar servicios comunitarios como cooperativas, almacenes o mataderos municipales. Además de incrementar los costes y las trabas burocráticas. Como generación abandonada, he visto como muchas de mis amigas y mi familia ha tenido que abandonar hasta el país debido a esos recortes. Con qué cara defiendo yo ahora frenar el cambio climático reduciendo el transporte cuando a los pueblos de mi entorno les han quitado la conexión a Ávila y a Madrid en bus, y no porque la empresa cayese en quiebra, sino porque el propio sistema de adjudicación de los servicios de bus, bajo el paradigma del capitalismo, curiosamente le ha quitado el servicio a la empresa que llevaba dando ese servicio, y permitido a la nueva concesionaria reducir los servicios que se estaban prestando.

Si queremos frenar el cambio climático reduciendo las desigualdades debemos de garantizar que estos servicios se sigan prestando, adaptándose a las necesidades ambientales y sociales. Resulta bastante inhumano que, por este recorte de servicios, una persona de edad avanzada que tiene que ir al hospital de Ávila no le quede más remedio que levantarse muy temprano y esperar horas en la estación de autobuses para volver a su casa.

Si cada millonario kilómetro de autovía se hubiera invertido en incrementar la frecuencia de alguna de estas líneas de bus, quizá nos hubiéramos quitado unos cuantos coches y emisiones. O si en vez de invertir en ingentes cantidades de dinero público en el turismo rural se hubiese empleado en mantener servicios, fomentar el cooperativismo, apoyar el mantenimiento de lo poco que quedaba, otro gallo cantaría. Muchos de nuestros territorios, de sus ecosistemas como las dehesas han configurado un país diverso, con sus problemas ambientales, pero con una capacidad de absorción de gases, de retener la humedad forjada durante siglos de evolución conjunta que la avaricia del mundo fósil se está cargando. Sin costumbres como la trashumancia esté país sería muy distinto.

Ahora la desarticulación es aún mayor, el exilio de mujeres y jóvenes es todavía más grave. Es necesario hacer también un ejercicio de autocrítica y de comprender la psique rural. Durante toda mi juventud, la expresión que más nos repetían era “tu estudia para buscarte una salida”, lo que nunca dicen es “una salida del pueblo”. Porque tantos años de ninguneo en el que las denuncias de los pequeños pueblos sin bus no importan, no tienen su espacio en los grandes medios de comunicación, y el medio rural solo aparece en sucesos y tragedias, es normal creer que eres irrelevante. Por tanto, la esperanza de encontrar alternativa en tu pueblo se desvanece y la única salida es la gran ciudad.

Pero si algo nos está enseñando el cambio climático es la necesidad de volver a un poblamiento más racional, recuperar las relaciones de la sociedad con la naturaleza. En ese sentido, los pueblos no solo pueden ser una alternativa, sino que son, en gran medida, el único futuro sostenible. La ubicación de muchos de ellos, su cercanía a los recursos naturales, y la propia red social de apoyo que permite, será la única salida posible a los efectos del cambio climático y de la necesaria reducción de la energía consumida. Las grandes ciudades son más vulnerables a fenómenos como las olas de calor e implican una ingente cantidad de recursos para mantener su metabolismo.

En muchas ocasiones, he escuchado grandes críticas a los ecologistas, a quienes nos confunden con la administración pública o los servicios de protección al medio ambiente. Una muestra clara de una desinformación interesada, pero sin duda, es más dolorosa la acusación de ser urbanitas. Una crítica falsa pues existe un gran porcentaje de ecologistas en el medio rural que llevan años colaborando en plataformas y frenando a los grandes intereses empresariales en muchos proyectos destructivos. En todos estos años de activismo he estado, colaborado, participado y compartido luchas en el Campo Charro, objeto de la especulación minera de Berkeley; en Cuenca, amenazada por un cementerio nuclear; en el Campo Arañuelo que sigue completamente cautivo de la central nuclear de Almaraz, y eso solo en lo que se refiere a los conflictos nucleares. Frenar esos proyectos es a su vez, parar un modelo de producción que genera enormes cantidades de efecto invernadero.

Para mí, el ecologismo es un canto de esperanza, el crepitar de las llamas de la resistencia frente a las imposiciones, que apuesta por poner fin a esa Castilla olvidada a la que no le queda más remedio que doblar la espalda ante el señor. Nuestras propuestas, la yesca seca que sigue apoyando el mantenimiento de una cultura y un mundo anclados al terruño.  Y una voluntad dura como el pedernal para evitar que sigamos perdiendo las capacidades necesarias para afrontar las consecuencias del cambio climático, que hoy están siendo expoliadas por minas y grandes proyectos de ganadería industrial.

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