El activista y expreso del franquismo José María ‘Chato’ Galante (Madrid, 1948) ha fallecido la noche de este sábado afectado por el coronavirus. «Todos sus compañeros/as estamos destrozados, pero seguiremos en esta lucha. Él era un imprescindible. Que su trabajo no haya sido en balde», han escrito este domingo sus allegados en sus redes sociales.

Galante Serrano nació el 27 de abril de 1948 y desde el comienzo de su vida universitaria comienza a desarrollar actividades contra el franquismo. Militó en la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) desde su fundación en 1970 hasta su disolución en 1994. El asesinato de Enrique Ruano Casanova, estudiante de derecho y delegado del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Madrid, en 19 de enero de 1969 fue un hecho crucial para su oposición militante al franquismo.

Chato fue detenido cuatro veces por su activismo. La primera vez fue pocos días después del asesinato por parte de la policía de Ruano. Chato tenía 20 años. Formó parte del sindicato democrático de estudiantes. Pasó cerca de cinco años en varias cárceles y fue expedientado en la universidad y multado en varias ocasiones.

Chato Galante volcó sus esfuerzos y su compromiso inquebrantable con la justicia a través de La Comuna, con la que consiguió reunir más de 50 querellas contra los crímenes del franquismo que investiga la jueza argentina María Servini. El colectivo exige «justicia contra la impunidad de la dictadura, contra la represión de ayer y de hoy».

El silencio de los otros

En 2018, Galante se querelló contra ‘Billy el Niño’, por presunto delito de lesa Humanidad por las torturas que llevó a cabo. Fue uno de los protagonistas de El silencio de los otros, un documental que dio una perspectiva de la lucha de las víctimas del franquismo por obtener justicia, imputar a los torturadores aún vivos, exhumar a sus parientes asesinados o esclarecer los casos de niños robados a madres solteras y «rojas» durante la represión.

«Me esposaron las manos a la espalda, empezaron a golpearme la cabeza contra el borde de la mesa sujetándome del pelo. A lo que más miedo tenía era a hablar. La fórmula para resistirlo era imaginarme en esa mesa a mis amigos, mi padre y a la gente que más quería. Y no los podía defraudar. Esa era la forma de intentar aguantar pero se te iba borrando de la mente y ya descubrías que estabas desnudo, que te habían colgado, que te pegaban en los glúteos, en las plantas de los pies, en los genitales… Yo no era una persona ni un animal, era una cosa que estaba ahí con 22 años, decidido a aguantar. Por rabia. De verdad. Ni por mis condiciones políticas. Por rabia. Porque yo era un ser humano».