El fascismo es una reacción premoderna ante la posmodernidad. Confluye con la disolución prematura de las normas sociales con la mano dura del autoritarismo, con la súbita fractura de formas asentadas en la ilusión de la ley y el orden. Une surrealismo con clasicismo, composición atonal con marchas militares y la liberación de la mujer con su regreso a la cocina. Pero si bien el fascismo puede romantizar el pasado, lo que en realidad ofrece es una alternativa brutal a un desarrollo social rápido.

Los órdenes fascistas pueden ser patriarcales, pero están lejos de ser tradicionales.

Los republicanos estadounidenses eligieron al matón más abusivo de que disponían y se alinearon tras él mientras rompía todas las normas sociales y políticas para derribar quizás a la mujer más poderosa del mundo por una razón. Ellos coreaban “¡Enciérrala!” no solo porque la consideraran una criminal, sino porque estaban reafirmando su derecho patriarcal al poder.

Los patriarcados se entienden por lo general como órdenes jerárquicos dominados por los hombres. Las sociedades premodernas son típicamente patriarcales y en ellas los hombres dominan la política y la familia. Los roles de género están circunscritos y la libertad humana es limitada. Sin embargo, con el desarrollo económico, todo esto tiende a cambiar. El desarrollo brinda la seguridad necesaria para explorar opciones y fomenta la expresión y la liberación de la mujer. También tiende a promover la democracia, que libera a los individuos de los órdenes tradicionales.

Las democracias estables rara vez son patriarcales, pero la regresión al patriarcado es típica de las democracias fallidas o fracasadas, como en Polonia, Rusia, Turquía y Hungría.

El desarrollo social es demasiado rápido en ocasiones, demasiado caótico, demasiado desordenado, por lo que está condenado al fracaso en última instancia. Después de la derrota, en las dislocaciones de las grandes recesiones, al final de un milagro económico, las tradiciones pueden desaparecer, haciendo que todo parezca posible. Pero es precisamente en esos momentos cuando los desarrollos superiores se fracturan y fracasan con demasiada frecuencia.

El movimiento posmoderno solo apareció tras el auge del fascismo. Sin embargo, sus precursores se pueden encontrar en las innovaciones sociales y artísticas de los “locos años veinte”, en los que las formas literarias se diluyeron en el Ulysses de Joyce y las normas sexuales explotaron en “Adolescencia y Cultura en Samoa” de Margaret Mead. Se produjo el surgimiento del Art Decó y la Bauhaus en la arquitectura, la popularización del jazz y el apogeo del cine. Al igual que el posmodernismo de finales del siglo XX, la erosión de las formas que acompañan estos desarrollos hizo que demasiadas personas se sintieran turbadas e inestables, como si caminaran por una pendiente resbaladiza a una altitud demasiado grande.

Las innovaciones artísticas e intelectuales de principios del siglo XX pueden hacer que las de principios del XXI parezcan poco imaginativas y convencionales. Sin embargo, la innovación por sí sola no es suficiente para mantener la libertad. La verdadera libertad requiere de trabajo y esfuerzo para sostenerse y en todas partes depende de instituciones establecidas, como la libertad de expresión y reunión, el Estado de derecho y el derecho al voto. Estas instituciones eran inestables en Italia y Alemania después de la Primera Guerra Mundial, como lo fueron en Rusia en el cambio de milenio, y como lo son hoy en Europa central. Donde las instituciones democráticas son inestables, la libertad tiende a ser sospechosa; donde van acompañadas de un desorden generalizado, surge a menudo un llamamiento visceral a la tradición para acabar con todo. Con un pasado que ha saltado por los aires y un progreso social insostenible, quienes se inclinan por el fascismo no tienen a dónde volverse sino a un pasado reinventado, adornado con toda la parafernalia del futuro del que huyen para ponerse a salvo.

El fascismo no puede entenderse correctamente sin considerar esta reversión al patriarcado. Eugen Weber ha escrito que el fascismo siempre surge como respuesta al poder creciente de las mujeres (1). Los nazis asumieron el poder después de una larga década democrática en la que las mujeres obtuvieron el voto y los niños ganaron protección legal. La familia patriarcal se derrumbó en la Alemania de Weimar, en medio de un ambiente gay libre en Berlín y un florecimiento de las artes experimentales, a lo que los nazis respondieron con un padre-de-la-nación dominante, que buscaba restablecer el patriarcado.

En Rusia pudo presenciarse una reversión similar hacia el patriarcado tras el fallido coqueteo con la democracia en la década de 1990. La periodista rusa Masha Gessen ha documentado el ascenso y caída de un próspero movimiento por los derechos de los homosexuales, que surgió rápidamente después de la caída de la Unión Soviética (2). Sin embargo, una década de corrupción y dislocación económica llevó a la nación a buscar  seguridad en un hombre fuerte que volvería a criminalizar la homosexualidad, iniciando una campaña homófoba que hizo que gays y lesbianas vivieran aterrorizados por pandillas de jóvenes y que se les convirtiera en chivo expiatorio de los fracasos sociales de Rusia, incluso cuando el nuevo líder acuñó sus propias poses homoeróticas de guerrero musculoso.

Estados Unidos puede estar ahora en la cúspide de similares desarrollos. Las mujeres continúan con la lenta escalada de décadas en los lugares de trabajo. Una generación más joven de mujeres es cada vez más asertiva y confiada en su capacidad para triunfar. El movimiento para acabar con el acoso sexual está revertiendo las normas laborales. Los gays y lesbianas están saliendo del armario; el matrimonio homosexual se ha institucionalizado; el movimiento por los derechos de las personas transgénero está llevando el escrutinio del género en sí —una preocupación académica y feminista durante mucho tiempo— al debate general. Los conservadores han reaccionado violentamente, reavivando una forma virulenta de patriarcado que autoriza los impulsos masculinos desenfrenados y que hombres poderosos puedan menospreciar a las mujeres.

Tanto si la razón está en la biología o en el condicionamiento cultural, los hombres tienden a ubicarse en jerarquías de otros hombres. Determinados a encontrar su lugar, maniobran normalmente a través de esas jerarquías con celeridad, por lo que les va mejor que a las mujeres en las sociedades más jerárquicas. La mayoría intenta mantenerse en el orden jerárquico, pero los “alfas” apuntan a la cima y los fascistas intentan en general derrocar las jerarquías tradicionales, estableciendo sus propios órdenes alternativos, detrás de los cuales puedan alinearse sus seguidores. Estos nuevos órdenes tienden a ser rigurosamente verticales, como en el caso del Partido Republicano, donde salirse de la línea pone fin ahora a las carreras políticas porque su principal mecanismo de organización es la capacidad de intimidar a otros.

La intimidación ha sido quizás más extrema en los últimos años en Siria, donde la agresión genocida a través de la cual se ha manifestado es impresionante. Antes de la revolución, bandas de jóvenes fornidos a base de hormonas, en estrecha colaboración con el régimen de Asad, aterrorizaban a la población, extorsionando dinero y servicios. A medida que avanzaba la revolución, estos mismos shabiha, o “matones”, como se les llamaba, comenzaron a perpetrar las peores atrocidades, arrasando con todo después de que los militares formales abandonaran la escena. Es significativo que estas atrocidades incluyan violencia sexual y de género generalizada contra mujeres y niñas, así como contra niños y hombres adultos. Mientras tanto, el régimen consumó un régimen sádico de torturas que finalmente ocasionaría la muerte, como mínimo, de decenas de miles de sus oponentes,  todo ello en un esfuerzo por derrotar a la oposición a través del miedo.

Los fascistas no tratan de embellecer sus acciones, sino que las utilizan para someter a los liberales y a las minorías, ya que la dominación es esencial para acobardar a la oposición y asimilar a los débiles. Las mujeres son vulnerables a este tipo de intimidación porque raramente han sido tan bien educadas en las artes de la opresión como los hombres y, por lo general, son más vulnerables a los ataques físicos. Pero el patriarcado también es opresivo para los hombres, ya que los coloca en una camisa de fuerza que los priva de expresión emocional. El psicólogo social de principios del siglo XX, Wilhelm Reich, creía que los fascistas dependían de este tipo de represión sexual y emocional para fomentar una agresión masculina que pudiera dirigirse contra los de fuera (3). Cualquiera que sea su propósito, está destinado a pervertir el desarrollo psicosocial masculino.

Los republicanos estadounidenses han tratado durante mucho tiempo de restablecer un orden tradicional que devuelva a las mujeres a la cocina, pero el fascismo trumpista representa una forma de dominación más visceral. Los estudios han demostrado que si bien el apoyo a candidatos presidenciales republicanos anteriores, como Mitt Romney y el fallecido John McCain, se correlacionó vagamente con puntos de vista más caballerosos de los roles de género tradicionales, el apoyo a Trump se correlaciona con una abierta hostilidad hacia las mujeres. El aluvión de decretos administrativos que ha caracterizado a esta administración ha enviado un mensaje ominoso de que no iba a reprimirse en modo alguno. Una situación muy similar se ha vivido por todo Oriente Medio desde que comenzó la represión violenta de la Primavera Árabe.

Por tanto, la resistencia al fascismo puede tener lugar en el lugar de trabajo y en la familia, en las calles y en los salones de gobierno. Puede resistirse al fascismo dondequiera que las fuerzas de la jerarquía y el poder de los hombres fuertes puedan rechazarse o desobedecer por completo. Y puede resistirse también en nuestros propios corazones, donde el impulso a dominar encuentra su fuente y la visión de igualdad puede comenzar a florecer. Mientras tanto, la regresión forzada al patriarcado puede prosperar durante algún tiempo, pero la fuerza que subyace en ella siembra las semillas de su propia destrucción.

Notas:

(1) Weber, Eugen, “Varieties of Fascism”, 1964.

(2) Gessen, Masha, “The future is History: How Totalitarianism Reclaimed Russia”, 2017.

(3) Reich, Wilhelm, The Mass Psychology of Fascism, 1933.

Artículo de Theo Horesh, defensor de los derechos humanos que ha escrito extensamente sobre genocidio, cambio climático, fascismo y democracia. Es autor de cuatro libros sobre la dinámica psicosocial de la globalización, entre ellos: The Holocausts We All Deny, y, más recientemente, The Fascism This Time: And the Global Future of Democracy. Actualmente está completando un doctorado en la Universidad de Leeds centrado en la ética cosmopolita.

Fuente:

https://www.aljumhuriya.net/en/content/fascism-forced-regression-patriarchy

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández