Parece que la tormenta que afecta al Partido Popular aún tiene para rato. Desde el pasado jueves, desde la Moción de Censura, se ha empezado a escuchar cada vez con más fuerza la idea de forzar un Congreso Extraordinario que acabe de una vez con la etapa política de Mariano Rajoy. Miembros del partido consideran esta como la única opción real de frenar el deterioro político.

Alberto Núñez Feijóo es único dirigente del PP que todavía ofrece cierta solidez por sus resultados electorales en Galicia, incomprensible por otra parte, ya que su mandato ha estado siempre rodeado de polémicas.

El presidente gallego ya ha empezado a sumar apoyos entre los barones del partido y cuenta con el favor del líder del PP vasco, Alfonso Alonso, y de Juan Manuel Moreno. También con Juan Vicente Herrera y de su sucesor, Alfonso Mañueco, de Castilla y León.

Ha hablado con otros líderes regionales y provinciales del PP con el fin de lograr el suficiente respaldo para presentar ante el Comité Ejecutivo Nacional una propuesta de convocatoria de ese congreso.

Esta “nueva” ola liberal viene impulsada por los más jóvenes del partido o los que nunca han tenido nada que ver con ese tiempo y que se muestran dispuestos a llevar a cabo un proceso de regeneración en el PP.

El PP tiene que asumir que es culpable de corrupción porque a estas alturas y después de todo lo que hemos venido conociendo en los últimos años, negarlo es un ejercicio de cinismo. Existe una responsabilidad política que debe asumirse. Mariano Rajoy forma parte de la época oscura (si alguna vez hubo alguna clara), le guste o no.

Rajoy fue vicesecretario con Aznar cuando Zaplana se apoyó en un tránsfuga para alcanzar la Alcaldía de Benidorm y él lo autorizó. Ha estado en todas las tomas de decisiones tanto del partido como del Gobierno desde 2003 hasta 2008, que es el periodo que abarca la condena de la Audiencia Nacional.

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