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Nuria Menéndez de Llano-Rodríguez
Abogada y directora del Observatorio Justicia y Defensa Animal
Investigadora predoctoral sobre el Estatuto Jurídico de los Animales (UAB)
Associate Fellow Oxford Centre for Animal Ethics


Los festejos y espectáculos en los que los demás animales son utilizados como meros objetos de diversión siguen siendo una constante en nuestro país.

Todavía conmocionada, asqueada y cabreada con las imágenes de la última carnicería también llamada becerrada, en la que los bebés toro son acosados y acuchillados por individuos con tanta falta de pericia como de compasión, me dispongo a escribir estas líneas pensando en las víctimas inocentes que no pueden denunciar esta barbarie por sí  mismas.

En esta última exhibición patria de esa patología social consistente en la normalización de la violencia hacia el vulnerable, también participaban jóvenes y críos de corta edad.  ¿Acaso alguien piensa que estos niños van a asumir como algo inmoral cebarse violentamente con alguien en situación de vulnerabilidad? ¿De verdad a nadie se le ocurre pensar que la violencia es violencia, con independencia del tipo de víctima sobre la que se ejerce? Sí, la violencia especista también es violencia, y normalizándola estamos fallando como sociedad y como país.

Ahora mismo me vienen a la cabeza las palabras de Susan Sontag quien, en su obra Ante el dolor de los demás (Santillana, 2003), y parafraseando a Virginia Woolf, aludía a la exposición gráfica de los horrores de la guerra sosteniendo que “no condolerse con estas fotos, no retraerse ante ellas, no afanarse en abolir lo que causa semejante estrago, carnicería semejante: para Woolf ésas serían las reacciones de un monstruo moral. Y afirma: no somos monstruos (…) nuestro fallo es de imaginación, de empatía: no hemos sido capaces de tener presente esa realidad”.

Precisamente, el mes pasado tuve la oportunidad de participar en las II  Jornadas de Derecho Animal de la Universidad de Oviedo, donde se analizó el complejo problema que tenemos en España con la aceptación del uso de animales en todo tipo de festejos populares y espectáculos públicos.

Entre otros asuntos tratados, se realizó un análisis histórico del pensamiento antitaurino, más antiguo si cabe que el propio taurinismo, llevado a cabo por el Dr. Juan Ignacio Codina, autor del ensayo Pan y Toros (Plaza y Valdés, 2018). Por su parte, el Dr. Benito Aláez también se adentró en otro tema relevante a la par que complejo: la prohibición de la tauromaquia y sus implicaciones desde la perspectiva de la Constitución española de 1978.

Por mi parte, tuve ocasión de tratar en mi ponencia la legalidad y límites de este tipo de festejos con animales, constando la complejidad social inherente a un fenómeno social que ha calado en nuestra sociedad hasta el punto de que estos espectáculos no sólo son numerosos en cantidad, sino que también son destacados en cuanto a la variedad, y es que son muchos tipos de festejos los que recorren nuestra geografía nacional de punta a punta, de norte a sur. El fenómeno, en su esencia, es siempre el mismo, pero sus víctimas son diferentes: ratas, pavos, patos, cuervos, burros, caballos, pero, sobre todo, toros, siempre toros.

No cabe duda de que, además del daño físico y mental de estos animales, tal y como expuso el veterinario Dr. Luis Royo en su ponencia, existe otro sufrimiento añadido, también muy profundo y que se retroalimenta con el primero: el dolor social, que convierte a nuestra comunidad en un lugar hostil y violento donde se crece viendo con normalidad cómo se aplaude a un animal que vomita sangre porque le han atravesado los pulmones con utensilios de tortura diversos. ¿Cuánta más sangre y lágrimas tienen que correr para que los políticos de este país pongan fin a esta degeneración social?

Nunca tendremos días suficientes en el calendario cañí para recordar con horror los millones de toros que masacramos por diversión en España. Supongo que hay muchos y poderosos intereses económicos puestos en que la maquinaria de la crueldad festiva siga en marcha, para que no haya pueblacho que no se deje dinero público en acribillar novillos o becerros, pero la cultura de la empatía, así como la cultura de la protección animal que forma parte del Patrimonio cultural español, siguen pugnando por dejar atrás la sangre, la violencia y la cosificación festiva de los animales.

Termino manifestando mi esperanza de que sigamos haciendo esfuerzos y de que seamos capaces de aproximarnos, cada uno desde su posicionamiento ideológico, al jardín-huerto ecofeminista al que nos invita a adentrarnos la filósofa Alicia Puleo en su reciente libro Claves Ecofeministas para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales (Plaza y Valdés, 2019), ese lugar “verde y rebelde, libre y lleno de vida, donde sus caminos soleados y sus senderos umbríos invitan a imaginar y proyectar un mundo sin explotación humana o animal y en el que la diversidad no sea motivo de opresión”.

Sigamos caminando juntos con paso firme y decidido hacia ese futuro que nos pertenece. Nuestros hermanos animales nos esperan.


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1 Comentario

  1. ni los humoristass saben hacer chistes sin meterse cn alguien
    pero luego somos ls demas ls ofendidos o ls qe buscamos llamar la atencion para consolar «nª soledad»

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