Artículo de Federico Velázquez de Castro
Asociación Española de Educación Ambiental

Cuando acontece algún fenómeno extremo (precipitaciones, olas de calor, huracanes), se corre el riesgo de atribuirlo de inmediato al cambio climático, lo que no es del todo correcto pues, para confirmarlo, habría que verlo dentro de una tendencia global y esto sólo puede verificarse con el tiempo. Mas, cuando comienzan a acumularse tal cantidad de indicios, es muy probable que se trate de los verdaderos efectos de dicho cambio.

La realidad de la emergencia climática está fuera de toda duda. Concentraciones de dióxido de carbono de 415 partes por millón, nunca observadas en la historia de la humanidad, han generado un ascenso global de la temperatura de 1,1ºC. El pasado noviembre ha sido el más cálido registrado hasta la fecha, los glaciares continentales y polares se reducen, el nivel del mar asciende… Si todas estas manifestaciones son efectos de unas temperaturas más elevadas ¿qué tiene que ver Filomena con el cambio climático, no desmiente lo que podría esperarse, es decir, inviernos más benignos?

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No es tan sencillo, al contrario, los cambios bruscos pueden ser una de sus consecuencias. Al registrar mayores temperaturas globales, la cantidad de agua en la atmósfera es más alta, aunque dónde, cómo y cuándo caiga no se conozca con exactitud, sólo se sabe que cuando lo haga, en muchas ocasiones será con intensidad. Por otra parte, la mayor temperatura del Polo Norte provoca grietas en el vórtice o cinturón de vientos que lo aísla, dejando escapar masas de aire frío hacia el sur. Así, olas de frío y profundas borrascas pueden estar generadas por alteraciones climáticas que en este último episodio se han combinado, con las graves consecuencias que los días pasados hemos conocido.

Parece que la sociedad aún no es lo suficientemente consciente de la amenaza que supone el cambio climático, que todavía puede ser detenido si se actúa con decisión, impulsando los acuerdos internacionales. Mas, como vamos comprobando con la COVID-19, las actitudes personales son imprescindibles. Hay que dejar atrás el tiempo de la despreocupación e indiferencia hacia todo lo que no suponga satisfacciones privadas, porque los retos actuales no son ninguna broma: nuevas y más graves pandemias podrían producirse si la capa de tierra helada del Hemisferio Norte llegara a derretirse. Retos que se pueden evitar si se les presta ahora la atención que precisan.

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Los ambientalistas que alertan ante los indicios climáticos pueden anticiparse a la realización de estudios más detallados, pero su mérito estriba en señalar que no disponemos de mucho tiempo. Hoy es el momento de la responsabilidad, de las personas implicadas en las demandas que esta época requiere, de vivir con la madurez de quien siente las necesidades del mundo. No sirven los que dan la espalda a la realidad, porque hay ya suficientes señales que piden un compromiso colectivo. Quizás (y ojalá) estas primeras calamidades sirvan para sacar lo mejor de nosotros y para que la ética y la solidaridad dejen definitivamente atrás el individualismo y la ignorancia de tiempos anteriores.