Mariana Robichaud
Militante de Izquierda Unida y del PCE 


¿Aspiramos a concienciar y a cambiar la realidad, o nos estamos centrando en quedar por encima de los/las demás? ¿Responden nuestras formas a la hora de discutir a los derechos colectivos, o anteponemos nuestros propios intereses? 

Vivimos en la era del “zasca” y del sensacionalismo. En la era de emocionar en lugar de convencer. De entretener en lugar de informar. Una era en la que, a menudo, presenciamos cómo el contenido, los relatos, están en claro detrimento frente a unas formas que no están pensadas para concienciar, sino para obtener reconocimiento personal. En Youtube, por nombrar un ejemplo, se pueden encontrar cientos, miles de vídeos de políticos/as, tertulianos/as, etc., que pierden las formas y se dedican de lleno a los ataques personales, dejando de lado el contenido que cabría esperar de sus palabras. Vídeos que, por cierto, cuentan con cientos de miles de visitas. Otro campo de batalla para los ataques personales y el ansia por destacar por encima de todo es Twitter, red social en la que, a menudo, parecemos olvidarnos de que un número de favs y retweets no harán llegar la revolución. Los debates, cada vez más enconados, parecen haberse convertido en concursos por acumular argumentos falaces y por alcanzar viralidad de forma casi obsesiva. Ya sea en las redes sociales o en el cara a cara, se está perdiendo la función de lo que debe ser un diálogo. Las discusiones argumentadas se parecen cada vez más a peleas de gallos.

Por otro lado, este afán por preservar cierta imagen ante quienes ya opinan de forma similar a la nuestra resulta poco práctico si lo que queremos es que el resto, quienes no están de nuestro lado, acaben apoyando nuestras tesis. ¿De qué sirve buscar aprobación entre aquellas personas que ya están de acuerdo con nosotras? ¿Para qué queremos la validación de quienes ya piensan igual si no estamos llegando a quienes tenemos que atraer? El fenómeno conocido como eco chamber puede ser muy cómodo, sí, pero es completamente inútil si lo que queremos es crear hegemonía. 

Mientras el único fin que se tenga en mente sea el de quedar, a ojos del público, por encima del resto, nada se avanzará. Mientras nuestro interés principal sea el de obtener esa sensación de superioridad, no conseguiremos hacer pedagogía. Un debate, en realidad, se gana cuando damos pasos que nos acercan a crear hegemonía, y no cuando se humilla al resto de participantes mediante falacias diversas. La meta de las discusiones debería ser la de exponer nuestras ideas de la forma más honesta y más clara para que estas lleguen a esos sectores en los que todavía suponen tan solo un pensamiento minoritario, y que así, poco a poco, consigamos abrirnos hueco entre quienes defienden aún posturas conservadoras o incluso reaccionarias. Es  nuestra responsabilidad rebatir sus posicionamientos y convencer con los nuestros. 

El objetivo del feminismo, como el de toda lucha social, ha de ser el de concienciar, el de (re)educar, con el fin de extender el relato que defendemos, no de volvernos personajes conocidos para alimentar nuestro ego. Tratar de ganar discusiones por satisfacción personal, lejos de acercarnos a la revolución feminista, tan solo genera más distancia con aquellas personas a las que deberíamos aspirar a convencer, y responde a un deseo individual que encaja perfectamente dentro de la lógica individualista que el capitalismo nos impone desde que nacemos, con la que tenemos que romper. 

No construiremos hegemonía mientras sigamos centrándonos en satisfacer nuestros deseos personales. Es necesario tomar conciencia de qué es mejor para la lucha feminista y anteponerlo a lo que querríamos conseguir de forma egoísta. Si aspiramos a demostrar que el feminismo, lejos de ser una moda, como tanto se escucha últimamente, es un movimiento serio, necesario y fundamentado, es el momento de que empecemos a responsabilizarnos y planteárnoslo como un deber, y es que nos va la vida y la salud en ello.

No permitamos que nuestro ego se anteponga a la responsabilidad. No dejemos que el capitalismo gane y siga imponiendo esas dinámicas individualistas de las que tanto nos cuesta deshacernos. No conseguiremos avanzar si priorizamos los derechos individuales a los derechos colectivos, o si pensamos únicamente en nuestros derechos y no en nuestros deberes. Lo prioritario ha de ser llegar a la gente, saber difundir nuestro discurso, y no generar polémicas con afán de satisfacer nuestros intereses personales en detrimento de la causa que defendemos. Ya que todos los grandes medios convencionales no hacen más que servir a modo de herramienta propagandística del sistema, aprovechemos esos espacios en los que tenemos voz para hacer pedagogía, no para separarnos más. Usemos las herramientas con las que sí podemos contar para practicar la sororidad, para ayudarnos, para apoyarnos, para compartir información. La lucha es el único camino, como suele decirse, y para esa lucha necesitamos unidad frente a esa “alianza criminal” conformada por el patriarcado y el capital. Por eso se hace tan necesaria la sororidad como oposición a un sistema que nos quiere enfrentadas. Esto no va de mirar por encima del hombro, no va de destacar, de sobresalir más que nadie. Va de construir (y de derribar) juntas, no de enfrentamientos de egos que nos dividen. La sororidad, pues, es requisito esencial para la revolución. 

 

Vídeo Recomendado:

Deja un comentario