El movimiento de los «Chalecos amarillos» ha sido un éxito rotundo en Francia. Apoyado todavía por siete de cada diez franceses, según las encuestas, hicieron que Macron anunciara el día 10 varias medidas en favor del poder adquisitivo, como una subida del salario mínimo y la bajada del precio del carburante.

Tras más de cinco semanas seguidas de manifestaciones y protestas, el Ejecutivo francés ha endurecido hoy su discurso hacia este movimiento.

«El funcionamiento de nuestras instituciones exige una vuelta al orden, que cesen esas provocaciones, esas declaraciones a veces teñidas de antisemitismo, esa violencia, esa voluntad de destruir y de atacar deliberadamente a las fuerzas del orden», indicó este lunes el primer ministro, Édouard Philippe.

Su llamamiento se produjo tras haber visitado en París a un grupo de agentes agredidos este sábado en los Campos Elíseos, aunque la investigación abierta por la Fiscalía de París por actos de violencia voluntarios contra los agentes no ha implicado de momento ninguna detención.

Lo cierto es que los disturbios han estado presentes desde la primera manifestación, el 17 de noviembre, e incluso la concurrencia a los actos empieza a disminuir. La sexta jornada prolongó el sábado su tendencia a la baja y reunió en todo el país a 38.600 personas, frente a las 66.000 de una semana antes, y solo en París a unas 2.000, la mitad que el sábado anterior.

 

Infiltrados de ultraderecha

Una de las imágenes destacadas ha sucedido al pie de la basílica del Sagrado Corazón, donde, con la melodía del Canto de los partisanos, un himno de la resistencia al nazismo, un grupo de manifestantes entonó una canción del humorista Dieudonné, condenado por antisemitismo.

La policía investiga otros presuntos insultos antisemitas proferidos este sábado contra una anciana en el metro de París por parte de unos hombres que supuestamente volvían de participar en la marcha.

Una anciana que se identificó como una deportada a Auschwitz les reprochó que hicieran la quenelle, un gesto de connotación antisemita popularizado por el propio Dieudonné, pero los tres hombres no pararon y llegaron a afirmar que los campos de concentración nazi no existieron.

«No mezclo a quienes se manifiestan de esa manera y a quienes expresan pacíficamente sus reivindicaciones, pero observo que a medida que dura, este movimiento se traduce en una radicalización de una gran violencia», indicó hoy el primer ministro.