Durante la guerra fría, todos los males del mundo parecían reducirse al conflicto entre los dos bloques. Sin embargo, tras esa cortina de humo se gestaban y crecían algunos de los problemas más graves que emergieron en el siglo XXI como de la nada: el cambio climático, las burbujas económicas, el terrorismo internacional, conflictos identitarios…

De igual modo, la crisis de la covid-19 ha desplazado de la agenda pública algunos de los problemas de seguridad más complejos que se han experimentado en las últimas décadas en Europa. Los atentados de Francia de las últimas semanas nos envían un recordatorio cruel: el terrorismo islamista sigue ocupando el puesto número uno de la agenda de seguridad.

Precisiones terminológicas

El terrorismo islamista ante todo es terrorismo: se usa el terror para lograr fines políticos. La razón por la que se denomina islamista es porque, aunque el Islam es una religión que desde sus orígenes combinaba religión y política, el islamismo moderno se considera una ideología política que aboga por introducir elementos coránicos en la vida política y económica desde las instituciones del gobierno.

La mayor parte de los musulmanes del mundo (más de mil millones) no son islamistas; y la mayor parte de los islamistas no abogan por la violencia. De entre quienes no abogan por la violencia, están los que solo aspiran a conformar partidos políticos de ideología islamista que puedan llegar al poder pero que son demócratas en su ideario; y los que plantean que, desde la pugna democrática, una vez que se llega al poder se deben hacer esfuerzos legislativos y políticos por establecer la Sharía, la ley islámica.

De entre los islamistas más ortodoxos surgen los salafistas. El salafismo evoluciona de una corriente islámica del siglo XVII, promovida Al Wahab, y que buscaba la purificación del islam de aditivos. En otras palabras, se buscaba la vuelta a la esencia del islam, como lo enseñó y practicó el profeta Muhammad.

El sufismo —una corriente mística que emana de una de las dos grandes tradiciones del islam, el chiísmo—, según Al Wahab, había incorporado al islam elementos de distorsión. El islam suní —la corriente mayoritaria dentro del islam que, entre otras cosas, abogaba por la sucesión del profeta mediante califas elegidos de entre la comunidad y no mediante designación de descendientes del mismo, como proponía el chiísmo—, por tanto, había de volver a los orígenes.

Esta corriente salafista minoritaria creció cuando la dinastía de los Saud adoptó el salafismo como ideología de su reino; y proliferó mundialmente una vez se encontró petróleo en ese territorio. Mediante los petrodólares, los Saud pudieron financiar la creación de mezquitas y escuelas islámicas que extendieron una ideología, hasta mediados del siglo XX marginal, por el planeta.

El desafío, por tanto, no radica ni en los musulmanes ni en los islamistas; ni siquiera en los salafistas; radica en los grupos islamistas salafistas que, además, abogan por el uso de la violencia como estrategia central para llegar al poder y crear la Umma: la mancomunidad musulmana compuesta por estados islámicos.

Estos grupos forman parte de lo que se conoce como el movimiento islamista de liberación internacional. Este movimiento no tiene un centro, pero sus dos franquicias principales —que de hecho compiten entre sí— ya son archiconocidas: el Daesh (Estado Islámico) y Al-Qaeda.

La diferencia principal entre estos dos grupos es la estrategia militar: mientras que Al-Qaeda aboga por una lucha descentralizada sin dirección clara, en diferentes países, y por la unificación posterior de los mismos, el Daesh propone la conquista de un territorio central (como el que ocupó en Siria e Iraq y ocupa actualmente en zonas del Yemen) y la expansión progresiva de un círculo de dominio político-religioso que ha de alcanzar al planeta entero.

¿Pero qué pasa en Europa y, más en particular, en Francia?

El terrorismo islamista en Europa, aunque cueste comprenderlo, no es un fenómeno exógeno sino endógeno; no lo traen los extranjeros (salvo en casos excepcionales) sino quienes han nacido y crecido en Europa.

Las razones para explicar esto no son sencillas. Uno de los dos terroristas de las últimas semanas en Francia acababa de llegar al país, pero esa no suele ser la pauta. Los dos intentos fallidos en otros dos lugares del país todavía generan más incertidumbre. El problema está dentro y las causas no son atribuibles simplemente a un colectivo.

A diferencia de España, donde quienes se radicalizan y se unen a la lucha armada, inspirados en Al-Qaeda o el Daesh, suelen ser propulsados por dos factores preponderantes, el agente de radicalización y vínculos con personas previamente radicalizadas, en Francia parece existir un factor estructural más fuerte que favorece la radicalización violenta. Ni siquiera el alto número de franceses que fueron a combatir a Siria y volvieron altamente radicalizados y dispuestos a atentar explica esa dimensión estructural.

Francia tiene un alto porcentaje de jóvenes nacidos en el país, pero cuyos padres o abuelos migraron desde países musulmanes. El modelo de integración francés, así como su particular laicismo, ha obviado la dimensión pública de la identidad étnica en general y de la identidad religiosa en particular. En Francia, se dice, todos son franceses.

Sin embargo, los “Karim”, “Mohamed” y “Fatime”, quienes veían el islam desde la distancia como la religión de sus padres, se sentían franceses y esforzaban por ser reconocidos como tales, no han encontrado trabajo ni logrado el ansiado reconocimiento y movilidad social. Esto les ha producido una fuerte crisis de identidad que les obliga a buscar sentido.

Quienes tienen una historia de violencia y crimen, además, no están protegidos por el escudo que supone el control social interiorizado, ya que no tienen nada que perder.

Ante esta tesitura y en una sociedad hace poco colonizadora, secularizada, individualista y algo superficial, el relato de los terroristas islamistas se vuelve muy atractivo. Con pocas claves explica mucho, genera sentido de misión, otorga identidad colectiva y promete un futuro ultramundano glorioso.

La falta de expectativas, de educación –científica y religiosa– y de control social difumina la resiliencia individual y colectiva ante el envite de la radicalización.

Combatir este fenómeno en Francia, por tanto, exige una política integral que combine los enfoques securitarios y de inteligencia y las medidas sociales pertinentes para generar círculos protectores: expectativas de movilidad, reconocimiento de la identidad cultural y religiosa, creación de comunidades fuertes cohesionadas, diversas y autosostenibles, erradicación de los estigmas culturales que legitiman las desigualdades, integración familiar, comunitaria y económica, normalizar el islam en Francia.

No es una lucha entre nuestra libertad y su barbarie. Ha de ser un proyecto común e integrador por constituir una sociedad donde quepan todos.

No son jóvenes nihilistas, como afirma Oliver Roy, son rebeldes con causa, pero con una causa muy peligrosa para ellos y para los demás.


The Conversation

Sergio García Magariño – The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico