Por Javier Díaz Ortiz

El Congreso de los Diputados ha aprobado esta semana una Propuesta No de Ley (PNL) para reimpulsar la tan bienintencionada como ignorada Ley de Memoria Histórica de 2007. Esta iniciativa ha contado con los votos favorables de todos los grupos parlamentarios a excepción de ERC y PP que se han abstenido. En el caso de los republicanos catalanes por considerarla insuficientes, mientras que los populares siguen creyendo que es algo innecesario y fuera de lugar. Una de las medidas más destacables del texto aprobado es la exhumación de los restos de Francisco Franco, que descansan en un lugar central de la Basílica del Valle de los Caídos desde su muerte en 1975. No obstante, todo apunta a que esta exhumación finalmente no se lleve a cabo ya que: al tratarse de una PNL no es vinculante, pues no tiene rango de ley; y en segundo lugar, porque implicaría una dotación presupuestaria, para lo cual el Gobierno tendría que autorizarlo expresamente (puesto que tiene capacidad de veto en caso de modificaciones en los presupuesto), y eso es algo que no está dispuesto a hacer el ejecutivo de Mariano Rajoy.

La protección de los restos del dictador ha sido una tónica en todos los gobiernos, tanto del Partido Popular como del PSOE, siempre “fieles al pacto constitucional”. Los primeros porque son dignos herederos de quien protegen, y los segundos porque parecen haber olvidado el dolor del exilio y la opresión a cambio de unos cuantos escaños. Hay que recordar que esta oda al fascismo nos cuesta más de 750.000 euros cada año, algo que no parece suponer un problema para los ajustados presupuestos del Gobierno popular. Sendos partidos, con sus mayorías parlamentarias, son igualmente responsables de la vergüenza que son las fosas comunes y los vestigios franquistas todavía presentes en nuestras vidas.

Es hora de acabar con el privilegio creado en 1939; Francisco Franco no será más un héroe nacional aclamado en su mausoleo. La  razón es más fuerte que la tradición y, tarde o temprano, los adeptos de brazo en alto y cara al sol tendrán que ver cómo la tierra escupe los huesos raídos de un dictador genocida que practicó el terrorismo de Estado durante décadas y cuyo nombre merece ser borrado de la Historia como cualquier otro mal recuerdo. Una persona no muere mientras se siga honrando su memoria, y Franco ya ha ocupado demasiados años nuestras mentes. Es difícil olvidar cuando no sabes dónde están tus familiares y amigos, o cuando vives en la calle uno de sus asesinos, o cuando vas hacia Madrid y tienes que ver la sierra mutilada por una cruz de piedra de 150 metros.

Es un monumento a la esclavitud, al fascismo y a la tortura como forma de gobierno. Una muestra repugnante del negro pasado que algunos partidos se abstienen de reconocer.  Fue construido con trabajo esclavo, gracias a la tortura y la opresión de miles de personas que, cuando ya no podían trabajar, eran fusilados y arrojados a las fosas que ellos mismos habían cavado. Todas esas personas, víctimas de un genocidio, están obligadas a permanecer enterradas junto con su asesino. Es un absurdo contrario a cualquier lógica que le ha valido a España numerosas denuncias por incumplir gravemente los Derechos Humanos. Aquellos ignorantes y desesperados que se refugian en el argumento de que se trata un templo religioso no hacen sino colocar la piedra sobre su tejado; si la Iglesia Católica cobija los restos de un asesino tal vez haya que plantearse la legitimidad de su propiedad sobre estos monumentos. El Valle de los Caídos ha de ser exhumado en su totalidad y destinado como monumento al recuerdo de las víctimas del franquismo; si esto no fuera posible, la solución más respetuosa con la Humanidad es clara: ha de ser dinamitado (con o sin Franco dentro).

Nacido en Cebreros (Ávila), tengo 21 años. Estudiante de Derecho y Ciencias Políticas en la UCM. En colaboración con proyectos de Derechos Humanos, Derechos LGTBI y otras ONG. Coordinador de Opinión de Contrainformacion.es

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