José Antonio Martín Acosta
Candidato de Unidas Podemos al Senado por Bizkaia

Por fin después de 43 años, 11 meses y 4 días, o lo que es lo mismo, tras 16.044 días en El Valle de los Caídos, el dictador y Caudillo de España por la Gracia de Dios Francisco Franco Bahamonde ha salido de su mausoleo y se ha transformado en la momia más famosa del mundo tras la de Tutankamón. Me imagino a la persona que saque el sarcófago siendo preguntada por lo que ve y respondiendo como Howard Carter: “Cosas maravillosas.” Pero sin duda que se hablará del magnífico paso dado por la madura democracia española y de la decisión magnánima del gobierno de Sánchez. Nada más lejano a la realidad. Ni Felipe González, ni Zapatero hicieron nada por ello cuando estuvieron en el poder. ¿Por Qué?

Hace pocos días se reunieron en el Ministerio del Interior los responsables de garantizar el traslado de los restos del Dictador al cementerio de Mingorrubio donde la familia del hipogonádico tiene un panteón después de que el Tribunal Supremo dictará por fin sentencia a favor de su exhumación. No obstante este hecho simbólico no debe despistarnos de la terrible realidad, vivimos en un país tardo franquista donde triunfa el negacionismo y el franquismo sociológico.

Hace cosa de un año el “libre pensador” Fernando Sánchez Dragó no sorprendió a nadie cuando en un artículo de ElPlural.com decía que “El Golpe de Estado franquista “Era necesario”. Durante el transcurso de los pocos años de democracia que llevamos muchos intelectuales, artistas, periodistas, columnistas, tertulianos han venido a decir prácticamente lo mismo; es el llamado franquismo sociológico. Os dejo una muestra inefable, comenzamos por una frase de Salvador Sostres que encendió las redes sociales hace un par de años: “Uno de los más absurdos lugares comunes del antifranquismo es comparar al Caudillo con Hitler. Hitler le creó un problema al mundo y Franco resolvió el problema de España.” Podíamos continuar con una retahíla impresionante de nuevos políticos como Albert Rivera o Pablo Casado, pero quien se lleva la palma de este negacionismo posfranquista es, sin duda, el antiguo fundador de los GRAPO y convertido en historiador y contertulio digital, Pío Moa. Fíjense hasta dónde llega la locura de este pseudohistoriador cuando dice lo siguiente: “los antifranquistas, que invocan tanto la república sin tener en cuenta sus efectos históricos, siguen socavando hoy la convivencia democrática: terrorismo o colaboración con él, separatismos, ataques a Montesquieu, niveles de corrupción muy superiores a los del franquismo, corrosión de la soberanía y la unidad nacional…” claro, la Unidad Nacional, poco le importa la gente a este parásito de la retórica. Solo se trata de eso, de que España siga siendo lo que es. Nada hemos aprendido de todo lo que ha ocurrido. Lo único importante es que España esté tal cual está, da igual si está mal, si es injusta, si existen miles de personas que no se sientes españoles, si hay 114.000 asesinados en las cunetas, si la mayoría de las personas no llega a fin de mes, si se viola a una mujer cada 5 horas, si se asesina a una mujer cada semana, si las pensiones están en aire, si la precariedad laboral impide el futuro del país. Sólo importa que España no se rompa. Que tratar de esclarecer el paradero de tus familiares represaliados signifique “socavar la convivencia democrática”, que exigir justicia y reparación por los hechos acaecidos en una dictadura suponga “atacar a Montesquieu”, que recuperar la memoria de lo que fue la II República española sea “no tener en cuenta sus efectos históricos” nos habla muy mal de esa pseudociencia que inunda los periódicos, las emisoras de radio, los tuits y los platós de televisión. Y el rey de todos los discursos negacionistas es, sin lugar a dudas, llamarte “Terrorista” si contradices sus tesis. El Negacionismo es ya una religión que en España logra cotas altísimas de furor patrio, de rubor de pulsera en la muñeca y de bandera en la ventana. Estas personas son el mayor exponente del negacionismo de los crímenes del franquismo.

La cuestión es peliaguda ya que la renuencia, la repetición constante en muchos medios digitales, televisivos o en papel corresponde a la afirmación de que algo oscuro se esconde tras estos hechos. Pero, ¿hubo en España un holocausto? ¿Tenemos pruebas fehacientes de que se exterminó a la población de forma activa y cruenta? ¿Hubo un plan de exterminio de toda persona que oliera, siquiera de lejos, a republicana? La respuesta es que sí.

En palabras del director del golpe, el general Emilio Mola, una vez declarada la sublevación militar había que «eliminar sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros». Pero vamos a ver qué dijo el General Franco: «Salvaré a España del marxismo cueste lo que cueste. No me importaría matar a media España si tal fuera el precio a pagar para pacificarla». Esta del General Queipo de Llano es antológica: «Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los cobardes de los rojos lo que significa ser hombre. Y, de paso, también a las mujeres. Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen, ¿no han estado jugando al amor libre?». General Yagüe, sobre la matanza de Badajoz: “Por supuesto que los matamos. ¿Qué esperaba usted? ¿Que iba a llevar 4.000 prisioneros rojos conmigo, teniendo mi columna que avanzar contrarreloj? ¿O iba a soltarlos en la retaguardia y dejar que Badajoz fuera roja otra vez?». Esta es bien conocida: General Millán-Astray, «Muera la intelectualidad traidora. Viva la muerte» contestándole a Miguel de Unamuno. El General Vallejo-Nájera va más allá: “Corre sangre de inquisidores por nuestras venas y en nuestros genes paternos y maternos están incrustados cromosomas inquisitoriales” Lo dice un eminente psiquiatra, no yo.

Y si el franquismo sociológico os rebate la mayor os cuenta que en el “otro bando” también se mató aquí vienen unos datos, sí, también se mató, la represión en el territorio republicano asciende a 49.272 víctimas, según el estudio aportado por el historiador José Luis Ledesma. ¿Y la represión en el bando franquista? el historiador Paul Preston asegura en El Holocausto español que la «cifra más fidedigna» de muertes a manos de militares rebeldes y sus partidarios lejos del campo de batalla asciende a 130.199 aunque afirma que lo más probable es que la cifra real superara los 150.000 muertos. Comparen ustedes, el franquismo mató a 80.927 españoles más que la II República. Y lo que resulta más que terrible, aterrador es que en España aún queden, según el auto del juez Garzón, 114.000 españoles en las cunetas. Siempre me he preguntado, ¿Por qué? ¿Por qué razón un país democrático deja a sus ciudadanos tirados en las cunetas, pudriéndose y enquistando el problema, sepultados por la ignominia, como algo que se deba olvidar a toda prisa? ¿Por qué no ocurre lo mismo en regímenes paralelos, que ayudaron a Franco en su acceso al poder como los de Hitler en Alemania y Mussolini en Italia? ¿Por qué en estos países no existe un negacionismo acerca de la toma de poder de estas figuras históricas? El caso de España y su empecinamiento negacionista, como  ha recordado recientemente Helen Graham en una perspectiva comparada, es distinto. El acceso al poder de Francisco Franco, el acceso estrictamente dicho fue, en mucho, más sangriento que los correspondientes de Mussolini y Hitler. Y esto no sólo porque se produjo a través de una guerra civil, sino además por razón de que, bajo su cobertura, se puso en marcha un plan de exterminio del enemigo, cuya persecución se mantuvo durante cuatro décadas. Con esto, encima, su impunidad no tiene parangón. La transición la garantizó y no se ha rectificado. Y el remate es el siguiente, como viene insistiendo Francisco Espinosa, los crímenes contra la humanidad del franquismo fueron fundacionales de un Estado dictatorial que destruyó el Estado anterior y del cual es heredero directo el actual. Ese es el problema de España.

Hemos tenido que esperar a la llegada de un partido como Podemos para que se cuestione esa transición que nos indujeron a pensar que fue modélica y que no fue más que el maquillaje que necesitaba el franquismo para presentarse ante los nuevos dueños de los mercados. ¿Hubo alguna depuración relativa a extirpar del sistema a los elementos más carpetovetónicos, más cercanos al franquismo, más alejados de un concepto puro de democracia? La respuesta, como todo el mundo conoce es NO. Sin embargo la depuración de todo lo relativo a la II República fue total, no ya en el ejército y en la judicatura, sino en el profesorado o en algo tan anecdótico como en los trabajadores de Correos. Fíjense hasta qué punto el franquismo depuró todo lo relativo a la libertad o al asociacionismo.

Pero, ¿qué nos ha llevado hasta aquí? Pues una ley, la Ley 46/1977 de 15 de octubre. La famosa ley de amnistía que fue pensada para sacar a los represaliados por Franco de la cárcel y que hoy es usada para, poco más que justificar un golpe de estado de carácter fascista, cruento y terrible. Mientras exista esta ley, las familias de las víctimas, las asociaciones de Memoria Histórica, la sociedad en general estará desnuda ante el negacionismo, ante el franquismo sociológico, ante la deriva autoritaria del estado y ante algo tan elemental como el reconocimiento del daño causado y la garantía de no repetición de estos hechos.

La existencia de este negacionismo nos impide avanzar en el desarrollo del país y por eso resulta necesario luchar contra él, desactivarlo, rebatirlo con datos, acallarlo ante la ciudadanía, desenmascararlo y desterrarlo de este país. Como dijo el poeta, Rafael Alberti; “A galopar, a galopar; hasta enterrarlos en el Mar.”