Hitler como estratega militar revolucionó su momento a través del Führerprinzip, fundamentalmente en el inicio de la Segunda Guerra Mundial, pero ni mucho menos era infalible, y su visión megalómana de sí mismo y su Tercer Reich le llevó a su propia autodestrucción.

La consideración del contexto geoestratégico de los procesos organizativos del gobierno y la sociedad se refiere inevitablemente a la geopolítica y la terminología de los poderes continentales y marítimos, correspondientes a los principios de organización y gestión de la sociedad, que serán considerados en la experiencia histórica de la Alemania nazi y Gran Bretaña. El sistema de administración estatal de las potencias continentales se construye tradicionalmente sobre la base de una rígida vertical de poder.

El sistema de administración pública, distribución de recursos y responsabilidad política creado en la Alemania nazi se basó en los principios del Führerprinzip y la gestión detallada Befehlstaktik, que cierran el proceso de desarrollo y toma de decisiones en la cima de la jerarquía. En tales condiciones, la élite se enfoca inevitablemente en el ejercicio del poder, pero no en su registro, cuando casi toda la atención y los recursos se concentran en el momento actual y los procesos momentáneos que afectan el estatus y posición en la jerarquía de la administración pública, la lucha por preservar que prima sobre el desarrollo de la estrategia y la política. 

En tal sistema, la estrategia y el ámbito de lo político se convierten en uno de los elementos del sistema estatal, una función de servicio del proceso de ejercicio del poder. La competencia y la lucha de ideas e ideologías en la sociedad se transfieren al interior de la máquina estatal, convirtiéndose en sus elementos más importantes, cuando no un político, sino una persona del estado se convierte en el principal, e idealmente, el único actor que configura las tendencias en el desarrollo de la sociedad.

Así, el Tercer Reich resultó estar compuesto por organizaciones y estructuras en competencia que defendían intereses y oportunidades locales, departamentales, cuyas funciones se superpusieron parcialmente, y la información y el control de los flujos de datos se convirtió en un elemento importante de poder. En tal atmósfera, no puede haber una cuestión de confianza, las estructuras estatales no tienen la oportunidad de aprender de los éxitos y errores de otros, y no hay discusiones objetivas e imparciales entre la élite que son tan necesarias para encontrar respuestas adecuadas en un entorno tan difícil.

Führerprinzip

Führerprinzip y Fang Zhu

Fang Zhu llega a conclusiones similares cuando evalúa la atmósfera en el Ejército Popular de la República Popular China durante la época de Mao Zedong: Cuanto más autoritario es un régimen, más se centra la élite en el poder y el estatus que en la formulación de políticas. El debate político imparcial requiere una severa protección legal y procesal, sin la cual se vuelve demasiado peligroso para las élites que no pueden permitirse operar únicamente desde convicciones ideológicas y actitudes políticas, afirma Zhu. Las fuentes originales de las que emana y reproducimos este artículo de divulgación señalan que sin embargo, la batalla por el Atlántico, y la guerra contra la Unión Soviética ya pertenecía a otra realidad geopolítica, en la que había que tomar decisiones a nivel de gran estrategia y geoestrategia, por lo que los postulados del Führerprinzip y el Befehlstaktik de Hitler quedaron obsoletos en este caso.

En estas condiciones, los principios rígidos se volvieron inadecuados, ya que no permitían formarse un cuadro objetivo de lo que estaba sucediendo, reconocer y clasificar las amenazas y desarrollar respuestas a ellas. El sistema estatal y sus actores no pudieron o no quisieron dar una evaluación adecuada de la situación, ya que existía una amenaza real para el estado de los informes. Hubo una filtración inevitable de información a medida que ascendía en la jerarquía, lo que en este caso debería equipararse a su distorsión. La situación se vio agravada por el hecho de que Hitler se negó a admitir su culpabilidad y las consecuencias de sus propias acciones, uno de los postulados fundamentales del Führerprinzip, que condujo a la desconfianza hacia el líder de la élite. Como resultado, el Tercer Reich se encontró en un mal ciclo de causas y efectos, del cual, con el sistema de toma de decisiones existente, era casi imposible salir, y la derrota se convirtió en una cuestión de tiempo.