Por Joaquín Araujo
Naturalista, escritor, director y presentador de series y documentales


El planeta entero debería ingresar en la unidad de quemados. ¡Lástima que no exista. Se ha quemado!

Lo que cura es lo que está desapareciendo. El bosque, nuestro mejor medicina para enfrentarnos al cambio climático, está enferma, cuando no, como ahora, devorada por las llamas.
Por si esta obviedad fuera pequeña, que no la hay más grande y grave, pensemos que el mayor abismo que podemos encontrar en el derredor es el que se da, demasiadas veces por desgracia, en un mismo lugar y a menudo con solo unos segundos de diferencia, los que tardan las llamas en convertir paraísos en infiernos.

Nada, en efecto, queda más lejos de sí mismo que un bosque quemado.

Porque nada más Nada que las cenizas ocupando el lugar del todo más Todo.

Si esas arboledas, de pronto reducidas a tres centímetros de cenizas y un montón de postes negros,  acogieron tus pasos y curiosidad todavía será más sencillo comprender qué es la desolación.

Como arboladicto y emboscado no puedo rebajar ni un milímetro mis calificativos. Afirmar que un incendio forestal, tenga el tamaño que tenga, se haya producido en donde sea, es una catástrofe es puro eufemismo. Porque casi nunca se parte de que cada árbol en pie es un imprescindible punto de apoyo para las vidas y para la Vida. Y ahora mismo estamos ardiendo por los cuatro costados. Estamos por tanto insertos en una tragedia global que no está recibiendo la mucho más que necesaria respuesta.

Toda insistencia es poca ante la magnitud de lo perdido y de lo que seguirá perdiéndose. Porque no menos grave que los siniestros en sí resulta la incompetencia exhibida por la mayor parte de los gobiernos en la conservación de la mayor riqueza de este planeta. Recordemos que apenas se incierte en intentar que no se queme, cada año, el 5% de la superficie forestal de la Tierra. En nuestro territorio la proporción solo resulta un poco menor que la media mundial. Baladí, casi, si lo comparamos con que, por el fuego de bosques, la humanidad pierde el principal soporte de la vivacidad y la transparencia.

Las reforestaciones, pues, resultan de momento ridículas frente a esta suerte de holocausto voluntario que estamos viviendo. Se ha calculado incluso que para paliar esta quiebra cada humano debería plantar, cuando antes, 140 árboles. Algo así como un billón. Porque conviene no olvidar que perdemos de 20 a 30 millones de árboles cada día.

Pensemos que son hasta 50.000 los incendios que son iniciados por un humano TODOS LOS DÍAS de TODOS LOS AÑOS EN ESTE PLANETA. Pero nunca tanto como ahora se ha incrementado la superficie arrasada. Este verano han coincidido los siniestros más extensos jamás registrados tanto en la taiga, como en las selvas ecuatoriales y tropicales. No menos en las sabanas. Los mediterráneos, si dura un poco más la sequía, también pueden padecer el peor año de su historia.

Aún así, algunos gobiernos miran para otro lado y hasta son cómplices directos de la calcinación de lo más necesario para la Vida.

Recordemos que, en efecto, unos mil millones de personas dependen directamente de los bosques de este mundo. Indirectamente todos los demás.

Los servicios que presta la arboleda mundial resultan pues absolutamente ecuménicos, necesarios, manifiestamente inmejorables e incesantes. Es más, llegan a todas partes y por tanto a la totalidad de las personas. Por si todo eso fuera poco, y de nuevo se trata de algo viejo, es decir de una insistencia, el bien público que supone cada árbol en pie resulta por completo gratuito.

Sirvan al menos estas palabras para que, una vez más, recordemos que toda precaución es poca a la hora de no llamar a las llamas. Porque cuando vienen se nos va demasiado bienestar y demasiada belleza. Se nos va el futuro por la cloaca que supone la civilización de la prisa.

GRACIAS Y QUE LAS ARBOLEDAS NO QUEMADAS NOS SIGAN ATALANTANDO.

Vídeo Recomendado:

Deja un comentario