Ástor García
Secretario General del Partido Comunista de los Trabajadores de España – PCTE


Seguro que alguna vez han visto esas viñetas de principios del siglo XX que, de forma muy caricaturesca, representaban a las principales potencias mundiales sentadas a una mesa repartiéndose un pastel con el nombre de un continente o un país. Ese tipo de imágenes tenían la virtud de ilustrar a cualquier persona sobre los intereses y la forma de actuar de las principales potencias imperialistas.

Acertaban sobre todo en dibujar a los participantes con caras de pocos amigos, reflejando así una realidad innegable: que cualquier acuerdo coyuntural entre potencias no es más que eso, coyuntural y susceptible de modificación o traición en función de nuevas alianzas, mejores ofertas o nuevas coyunturas. 

En nuestros días, las reuniones entre las potencias capitalistas adoptan múltiples formatos. Las hay sectoriales y regionales, las hay más agresivas y más pacíficas, las hay útiles e inútiles, pero, digámoslo así, hay muchas mesas en las que se reparten muchos pasteles diferentes. Esta multiplicación ocurre porque las antiguas potencias coloniales ya no son las únicas con capacidad de hacer valer sus intereses, sino que, en muchas ocasiones, son las antiguas colonias las que han entrado en el juego, conscientes de que sus riquezas, en lugar de ser saqueadas, pueden ser vendidas o alquiladas.

En este batiburrillo de formatos, uno de los más interesantes es el denominado G7, cuya última reunión se celebró hace escasos días en la ciudad francesa de Biarritz. Es interesante porque reúne a las que eran las 7 principales potencias capitalistas a comienzos de los años 70: Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido. No se puede olvidar que, cuando se creó el formato, medio mundo estaba construyendo el socialismo y estas potencias capitalistas tenían un claro enemigo común, cuya mera existencia favorecía los acuerdos entre ellas.

Hoy, los viejos enemigos han mutado, ya no suponen una alternativa radical sino un competidor que utiliza las mismas armas y las mismas reglas de juego -ésas que todos se saltan de vez en cuando-, hasta el punto de que el resto de capitalistas no han dudado en ir ampliando la mesa a 8 (¡y hasta a 20!) para tenerlos cerca. 

Así las cosas, la última cumbre del G7 ha expresado, por una parte, los acuerdos entre imperialistas, a través de una escueta nota final en la que las potencias participantes han adquirido -sin tapujos- compromisos sobre terceros países o regiones, como Hong Kong, Libia, Ucrania o Irán, o manifestado su voluntad de modificar las reglas de funcionamiento de entidades como la Organización Mundial del Comercio. Todos ellos acuerdos destinados a chocar, más pronto que tarde, con los intereses de las otras potencias y a incrementar, con ello, el nivel de tensiones en estas y otras regiones del planeta.

Por otra parte, también se han palpado las disensiones y las jugarretas, aspirando cada uno de los presentes, pero esta vez específicamente el anfitrión Macron y el omnipresente Trump, a quedar como ganador o, al menos, como el que más pinta. Trump lo intentó con su maniobra comercial en la víspera de la reunión, “solicitando” a las empresas norteamericanas que buscaran proveedores alternativos a los chinos para sus productos. Y Macron lo logró al sacarse de la chistera al Ministro de Exteriores iraní casi en tiempo de descuento para tratar de resucitar el acuerdo nuclear roto hace meses.

Así todo, las fotos, las risas, o la irrelevante presencia de Pedro Sánchez como invitado en la cena de líderes de la cumbre no debe llevarnos a equívoco. La situación mundial está muy lejos de ser halagüeña y crece día a día el riesgo de confrontaciones cada vez graves y peligrosas. 

Existe una seria y real amenaza de una nueva recesión económica mundial que no haría más que agudizar las contradicciones entre potencias, pero ello en un contexto mundial diferente al de 2008, en el que hay más potencias y más fuertes, con más capacidades militares en general, pero además con un factor sumamente peligroso que se ha venido gestando en la última crisis pero que no es en absoluto desconocido. 

El repunte del proteccionismo en lo económico viene acompañado de un crecimiento innegable en casi todos los países de las posiciones chovinistas y nacionalistas que buscan disciplinar a la mayoría trabajadora de cada país detrás de su correspondiente burguesía, de modo que ésta elimine o aminore disensiones internas y tenga mejores condiciones para luchar -de la forma que sea necesaria en cada momento- por sus intereses en el terreno internacional. 

En España, en lo concreto, estamos asistiendo a un debate emponzoñado sobre la cuestión migratoria y la crisis de refugiados, cuyas causas están en la propia dinámica de desarrollo capitalista y por las agresiones imperialistas que tanto han aplaudido algunas fuerzas parlamentaria en África y el Mediterráneo Oriental. Pero también lo estamos viendo en el repunte nacionalista generalizado que se palpa en las calles y en las redes sociales.

Esta situación presenta un escenario sumamente preocupante, pero no desconocido. Esto ha pasado otras veces y los que pagaron las consecuencias del auge nacionalista fueron millones de trabajadores masacrados en Europa, Asia y África a mayor gloria de sus respectivos capitalistas. Los que hoy aspiran a que los trabajadores nos unamos a nuestros patrones en defensa de no sé qué supuestos intereses nacionales son los que nos quieren como carne de cañón. Recordémoslo.

Vídeo Recomendado:

Deja un comentario