Mohamed Riyaleh es pescador pero hace 43 días que no come pescado. Cada amanecer desciende la cuesta hacia el Puerto de Gaza, revisa y arregla sus barcas desconchadas y, cuando puede costear el combustible, se echa al mar. Pero sin superar el límite que impone Israel en el Mediterráneo, donde apenas captura para sobrevivir.

No siempre fue así. Antes del bloqueo marítimo, navegaba sin veto. Cuando los Riyaleh eran una familia acomodada, como eran los pescadores en Gaza. Hoy, son los pobres. La prosperidad de Gaza es solo un recuerdo. El presente es incierto y el futuro alarmante. Si no revierte su situación, el próximo año será inhabitable, advierte la ONU.

El pesquero es uno de los sectores más castigados por un bloqueo israelí que limita los recursos y aprisiona a su gente desde hace más de una década. También es un reflejo de la decadencia de dos millones de habitantes atrapados en 367 kilómetros cuadrados, donde las nuevas generaciones viven peor que sus padres y abuelos.

Halima, la madre de Mohamed, lo corrobora. Cuando eran «felices» se levantaba temprano y bajaba con sus hijos al puerto, donde limpiaba el pescado que capturaba su marido para venderlo en el mercado, rememora desde la modesta casa familiar que ocupa en un edificio de cemento visto en el campo de refugiados Shaati (Playa).

En su interior, parte de los 54 miembros de la familia, la mayoría menores descalzos, remienda redes y manipula aparejos; todos ayudan para que los 15 pescadores con licencia puedan salir a faenar, aunque vuelvan con los cestos vacíos.

Los padres de Halima eran trabajadores del campo. Cultivaban sus tierras en Hamama, una villa árabe a 20 kilómetros de Gaza y uno de los 500 pueblos que quedaron completa o parcialmente destruidos por la guerra que originó la proclamación del Estado de Israel en 1948 y la oposición de los países árabes.

Los Riyaleh fueron una de las miles de familias que se refugiaron junto a la costa y retomaron su vida con ayuda de la UNRWA, la agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos en Oriente Medio, que se creó para auxiliar a los 700.000 personas que perdieron sus hogares.

«En el año 2000, el número de beneficiarios que recibían cupones de alimentos era de 80.000. Ahora llega al millón de personas», cuenta el portavoz de la UNRWA en Gaza, Adnan Abu Hasna. Es el dato del deterioro. Hasta el 90% de los palestinos de la Franja depende de algún tipo de asistencia humanitaria, como sanitaria o educativa.

Como gazatí, Abu Hasna no solo tiene datos sino también vivencias de un pasado mejor, como el haber encontrado trabajo en la Franja al día siguiente de licenciarse en Ingeniería en Egipto. Hoy sus hijas han emigrado a España y Bélgica.

Los refugiados y sus descendientes representan actualmente un millón y medio del total de la población de Gaza, familias que comenzaron de cero hace setenta años y hoy «viven por debajo de él», lamenta Mahdi, uno de los hermanos de Mohamed.

EL CONTROL DE LAS AGUAS

Mohamed no atina a contar las veces que Israel ha cambiado la invisible «frontera marítima». La última este mes de marzo, en represalia por el lanzamiento de un cohete por milicianos que cayó sobre una vivienda israelí. Lo redujo hasta las tres millas, donde este hombre de mar asegura que no hay pieza que entre en la red. Dependiendo de la situación, Israel lo amplía a nueve -pero solo en algunos tramos-, una distancia a la que pocos se acercan por miedo a la reacción de la marina israelí.

Un día, desesperado por volver siempre de vacío, desafió el límite: «Me atraparon desde el norte, el sur y el este. Dispararon al bote, me hirieron y nos humillaron. Fue muy difícil escapar. Ahora no hay nada realmente agradable en la pesca».

Israel apela a la seguridad para limitar un área de pesca que cerca con barcos de guerra: dos kilómetros al norte, en lo que sería la extensión marina de la frontera terrestre con la ciudad israelí de Ashkelón, y otros dos kilómetros al sur el mar siguiendo el límite con Egipto, lo que deja 36 kilómetros de costa navegables para los gazatíes. Pero acotada mar adentro.

«Durante muchos años, el Ejército ha operado contra los incidentes de seguridad en la zona marítima junto a Gaza, incluido los intentos de entrar en territorio israelí y el cruce y contrabando desde aguas egipcias», explica a Efe el Ejército en un declaración escrita tras declinar responder mediante entrevista. «Estas disposiciones existen con el fin de prevenir infiltraciones y actividades terroristas», precisa en el texto un portavoz apelando a unas normas que están clasificadas.

Mohamed no lo entiende. Le parece incomprensible una frontera en alta mar, donde está el pescado, y además de los disparos disuasorios -uno de los cuales mató a su tío-, teme la confiscación de sus embarcaciones, su modo de vida. Una de ellas está varada en tierra porque le fue devuelta 25 meses después con impactos de bala y sin motor. Otra permanece aún en territorio israelí. «Si un barco viola las disposiciones de seguridad en ciertas circunstancias, puede ser susceptible de ser incautado», alega el Ejército.

«Solo el año pasado, cuatro pescadores murieron y 30 resultaron heridos. Además, 70 fueron arrestados, se confiscaron 20 embarcaciones y se registraron grandes pérdidas en el sector; aproximadamente seis millones por año», ilustra Zakaria Bakr, miembro del comité de pescadores de la Federación de Sindicatos de Trabajo Agrícola, quien denuncia que más del 95% de los ataques israelíes se ha producido entre las dos y las tres millas.

Israel no solo impone el bloqueo en el mar, sino que restringe la entrada de materiales de pesca, repuestos, motores y fibra de vidrio, «lo suficiente para decir que desde 2012 no se fabrica ningún barco nuevo». Controla también la frontera terrestre y limita la importación de artículos, como el cemento, o prohíbe los denominados de doble uso, como fertilizantes con concentración de cloruro de potasio superior a 5%, que considera podrían ser utilizados para «fines terroristas».

Gaza tampoco controla su cielo, que frecuentan drones y cazas israelíes. El único aeropuerto de la franja operó apenas dos años entre 1998 y 2000 y hoy no pueden hacer uso espacio aéreo.

CASTIGO COLECTIVO

La Franja estuvo administrada por Egipto entre el armisticio de la guerra árabe-israelí de 1949 y la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando Israel se hizo con el Sinaí, Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este y los Altos del Golán sirios.

Del Sinaí se retiró tras los Acuerdos de paz con El Cairo en 1979 y de Gaza en 2005. Pero siguen rodeados. El cerrajón de Gaza, un «castigo colectivo» según Naciones Unidas, llegó en 2007, tras una violenta lucha de cinco días entre los simpatizantes del movimiento islamista Hamás y los del presidente palestino, Mahmud Abás, que terminó con la expulsión de estos últimos del enclave el 14 de junio.

Hamás, considerado como grupo terrorista por varios países (incluido Israel, EE.UU. y la UE), se presentó a las elecciones de 2006 y se hizo con la mayoría de escaños del Consejo Legislativo Palestino. Ante la amenaza internacional de sanciones, el movimiento islamista aceptó un Gobierno de unidad con Abás, presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP).

Tras el enfrentamiento a tiros entre ambas partes en plena calle, la ANP perdió el control de Gaza, que desde entonces gobierna de facto y con mano dura Hamás. Fue inmediatamente después de la escaramuza cuando Israel redujo sus ventas de combustible a la Franja, prohibió toda exportación, permitió la importación de tan sólo cinco tipos de alimentos y limitó el área de pesca. Comenzó el bloqueo.

La Franja ha vivido una historia singular dentro del devenir palestino. Fue en su campo de refugiados de Yabalia donde se inició la Primera Intifada (1987-1991), que se extendió por toda Cisjordania, a 115 kilómetros y a la que hoy los gazatíes apenas tienen acceso. Tampoco pueden visitar libremente Jerusalén Este, anexionada por Israel.

El asesinato en noviembre de 1995 en Tel Aviv del entonces primer ministro Israelí, Isaac Rabin, a manos un extremista judío, estancó el proceso de paz, que luego quedó herido de muerte con el estallido de la Segunda Intifada (2000-2005), mayoritariamente armada y con atentados suicidas palestinos. En esa etapa se inicia también el lanzamiento de cohetes desde el enclave hacia las comunidades israelíes colindantes, y desde entonces se repite una secuencia de disparos y bombardeos israelíes de represalia que han originado tres operaciones militares masivas sobre Gaza, en 2008-2009, 2012 y 2014. En la última, murieron 2.252 palestinos, 1.462 de ellos civiles y 551, niños. Porque cuando caen las bombas, los palestinos tampoco pueden huir.

LOS RECORTES DE TRUMP

Los bombardeos israelíes han hundido cinco de los barcos de Mohamed, a quien ya no le salen las cuentas de lo que pierde y de lo que no gana. «El ingreso medio de los pescadores era de 1.500 shekels (366 euros) al mes y ahora es de menos de 400 (95 euros)», apunta Zakaria Bakr.

El pesquero era el segundo sector más productivo después de la agricultura, hoy es el paradigma de una economía devastada. El Banco Mundial alertó el año pasado de que estaba «a punto de colapsar», con más de la mitad de la población sin empleo y un paro del 70% entre los más jóvenes. La paradoja es que tampoco consuela el dinero. «Si tienes un millón de dólares o un dólar, es lo mismo, estás desesperanzado, nunca te ayudará. Si, por ejemplo, estás enfermo y no puedes viajar, ¿qué significa el dinero?»,cuestiona el portavoz de la UNRWA.

Las familias de refugiados se enfrentan ahora también a los recortes de EE.UU. En 2018, el Gobierno de Donald Trump redujo en 300 millones de dólares su aportación a la UNRWA, dejándola en 60 millones. Este año no ha aportado ni un solo dólar. Para Abu Hasna, Gaza reúne todos los elementos que «destruyen la capacidad humana».

El último signo de desesperación se manifestó en la llamada Gran Marcha del Retorno junto a la frontera. Desde que comenzó, en marzo de 2018, han muerto al menos 183 palestinos en las protestas, 32 de ellos menores, por disparos del Ejército israelí. Un comité de la ONU que estudia la situación considera que pueden constituir «crímenes de guerra», ya que iban desarmados y no suponían una amenaza inminente para soldados apostados al otro lado de la frontera. La movilización, convocada en un principio por la sociedad civil, ha sido instrumentalizada por Hamás e Israel reacciona al considerar que el movimiento islamista se ampara en ellas para cometer atentados.

Los jóvenes que pasean apoyados en muletas son una imagen habitual en las calles de Gaza. Están entre los 6.000 heridos que, en datos de la ONU, han recibido un disparo del Ejército israelí en estas protestas. Algunos ya están sufriendo amputaciones por la falta de tratamientos adecuados en hospitales sin apenas recursos.

UNA POSIBILIDAD DE SALIR CADA 200 AÑOS

El puerto de Gaza, como las plazas de los pueblos, concentra el descanso de los gazatíes. Los bancos miran al mar y allí los palestinos parecen respirar. Es lo más parecido a una escapada que, probablemente, nunca tendrán. Los permisos de salida expedidos por Israel en 2018 no superaron los 9.600, lo que, por estadística, concede a cada gazatí una posibilidad de viajar fuera del enclave cada 200 años, según Naciones Unidas.

El bloqueo no sólo limita el tránsito de bienes, sino también el de personas. No pueden emigrar, planear una luna de miel en un país lejano o visitar a sus familiares en el resto de territorios palestinos. Solo periodistas, personal humanitario o delegaciones institucionales consiguen permisos para acceder a la Franja. De esta forma, la realidad de este enclave se construye con leyendas y una mirada distorsiona desde dentro y desde fuera.

Las nuevas generaciones tienen como única referencia de Israel las bombas de su aviación o los disparos de la marina. Son los que controlan cada aspecto de su vida aunque no estén presentes. Una gran parte del mundo, por su parte, reduce la identidad de dos millones de personas al movimiento islamista Hamás, pero lo cierto es que Gaza aún conserva parte de su antiguo dinamismo social. La Franja tiene equipos de fútbol femeninos, jóvenes políglotas, poetas, cantantes de hip hop y una minoría cristiana que recibe con cuentagotas permiso para introducir vino para la misa. Pero todos sus ánimos se dan de bruces contras las carencias más básicas: solo tienen una media de seis horas de suministro eléctrico al día y el 95% del agua no es apta para el consumo humano.

El progresivo deterioro de Gaza ha provocado una reciente e inusual revuelta contra las autoridades locales que ha sacado a miles de personas a la calle en la llamada «Revolución de los hambrientos», violentamente reprimidas por Hamás. «Queremos vivir» fue el nombre que los promotores pusieron a un movimiento liderado por jóvenes.

Mientras las generaciones mayores que acumulan agravios y cansancio, como Halima, parecen haber perdido la esperanza: «Los árabes están contra nosotros, los judíos están contra nosotros, el mundo está contra nosotros, Israel está contra nosotros, Egipto está contra nosotros, Dios está contra nosotros. ¿Por qué no nos ponen delante de un tanque y nos disparan a todos de una vez?; estamos muertos estando vivos».

Laura Fernández Palomo

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