Hala Rizk, trabajadora de Alianza por la Solidaridad-ActionAid en Gaza

Soy Hala Rizk y vivo en la Franja de Gaza. Tengo 44 años, estoy casada y tengo cuatro hijos. Desde hace cinco años vivo en un hermoso apartamento. Mi esposo Abed y yo estuvimos 15 años trabajando duro, ahorrando dinero y privándonos de cualquier tipo de diversión para comprarlo.

El mayor deseo de cualquier pareja en Gaza es poseer un pequeño departamento y vivir seguros con sus hijos. Lo compramos en el área de Rimal, que se supone que es el mejor lugar y la zona más segura de Gaza.

Pero lo que ha sucedido en esta ofensiva israelí ha sido diferente, todo cambió. Esa noche el barrio de Rimal se transformó en arena y escombros. Antes de este ataque, yo ya había pasado por tres guerras, pero esta vez pasé por el dolor más duro, el miedo más intenso, la pérdida y el peligro más grande. Durante este ataque ninguna zona en Gaza era segura, la fuerza militar israelí no tenía un objetivo específico, su objetivo solo era matar y destruir.

El bombardeo destruyó todo: personas, árboles, edificios e instalaciones. Apuntó a civiles en sus hogares. Yo trabajo desde hace 20 años en el sector humanitario. Siempre hemos dicho que la paz empieza desde dentro y tiene que pasar de la esfera privada a la pública, es decir, que tenemos que sentirnos protegidos y seguros dentro de nuestras casas y en nuestro interior en primer lugar. Pero esto ahora no es posible.

Nos quedábamos despiertos todas las noches. Primero porque no podíamos dormir por los bombardeos que nos rodeaban por todas partes. Segundo, porque yo como madre tenía miedo de quedarme dormida y que un misil israelí golpeara mi casa y a mis hijos, y nos matara a todos nosotros o a ellos. Simplemente puedo decirles que lo único que sobrevivió a esta agresión fueron nuestros cuerpos.

Nuestros sueños se destruyeron con ellos

Todos los mártires y los muertos son nuestros familiares, vecinos y amigos. Nuestros sueños se destruyeron con ellos. Esta agresión no solo mató a 253 personas, sino que mató a los más de 2 millones de personas en la Franja de Gaza.

En Gaza, todos somos pobres. Incluso los que tienen un trabajo y un salario mensual son pobres. Vivimos toda nuestra vida trabajando y ahorramos dinero solo para comprar un apartamento. Y de repente, sin previo aviso, descubrimos que nuestra casa ha sido destruida. Pero, tenemos que mantener el compromiso de pagar las deudas y préstamos bancario, lo que en este contexto es aún más difícil de lo que ya era.

Mantener la fuerza

Nunca podré olvidar el rostro de mi hijo Ahmed que tiene 10 años cuando lloraba y gritaba y trataba de poner su cabeza en mis manos y tapar sus oídos, creyendo que esto lo salvaría de la muerte. Mi esposo y yo intentábamos parecer fuertes y ocultar nuestro miedo frente a nuestros hijos en un intento fallido para detener el suyo. Después de una semana sin descanso, mi cuerpo colapsó y me obligó a dormir. Pasé la noche con mi cuerpo exhausto, mi mente despierta y los cohetes israelíes sobre nuestras cabezas. Mis cuatro hijos estaban de pie junto a mi cama pidiéndome que me levantara y mi cuerpo ni siquiera podía abrazarlos.

Sí, somos fuertes, pero no somos héroes, al final solo somos seres humanos

En todas estas circunstancias, nosotras, como trabajadoras del sector humanitario, debemos ser firmes y defendernos para apoyar a nuestras comunidades. El apoyo internacional es escaso y las capacidades internas son limitadas o inexistentes, ¿qué puedo decir de un compañero que perdió seis miembros de su familia?, su cuñado, su esposa embarazada y cuatro hijos. Al día siguiente de la tragedia mi compañero se fue a trabajar. No porque no sienta dolor, sino porque nosotros en Gaza no tenemos otra opción, nuestra gente necesita nuestro apoyo.

Los dolorosos detalles tras la destrucción

Una de las peores cosas que sucedieron no fue solo el asesinato de civiles pacíficos y la destrucción de sus hogares, sino también los pequeños y dolorosos detalles.

Los pequeños dolorosos detalles son esa bolsa que encuentras en cada puerta de la casa en la que sus dueños llevan sus documentos oficiales que aseguran que están registrados como seres humanos. Certificados de nacimiento e identificaciones (por si acaso…). 

El doloroso detalle en los niños que fueron asesinados la noche de Eid, vestidos con su nueva ropa cuando se preparaban para celebrar.

Los dolorosos detalles en el rostro de mi madre que tiene 75 años, quien recientemente escapó de la muerte por Covid-19 debido a las limitadas capacidades de los servicios de salud para enfrentar el virus. Ella intenta tranquilizarme a mí y a mis nueve hermanos y hermanas que viven en diferentes áreas de Gaza. Todos han sido atacados y veo los detalles dolorosos de su rostro cuando me dice que desearía haber muerto del Covid-19 «y no estar aquí para perder a uno de ustedes«.

Los detalles dolorosos en la voz de mi hermana ansiosa que vive en Ramallah, que está a menos de una hora de Gaza, pero que no puede ver cómo estamos.

Detalles dolorosos en la foto del compañero de mi hijo, que se estaba preparando para aprobar el examen de su último año en la escuela secundaria. Iba a ingresar a la universidad y convertirse en médico como su padre y su abuelo, todos fueron asesinados mientras pensaban que estaban a salvo en casa.

Detalles dolorosos en una llamada que recibo como trabajadora humanitaria que apoya a personas con discapacidad. Piden ayuda y asistencia, solos no podrán ponerse a salvo, porque ni ellos ni sus familias tienen los medios suficientes.

Los dolorosos detalles en una novia que se prepara para su boda, una madre embarazada que espera a su hijo en medio de las bombas y una casa llena de recuerdos que ha sido destruida sin ninguna justificación.

Trabajar en una situación de crisis

Con todos estos recuerdos dolorosos, volví a hacer mi trabajo para ayudar a los demás, como hicieron todos mis compañeros. Pero la  mayoría de nosotros hemos vuelto a nuestros hogares. No hay electricidad, no hay internet en la oficina.

Trabajo ehaciendo frente a la violencia de género, dando apoyo y servicios para supervivientes de esta lacra. Pero me pregunto, ¿Cómo podemos brindar servicios cuando no tenemos los recursos básicos? Incluso nosotras estamos psicológica y socialmente destruidas.¿Cómo podemos defender los derechos de las mujeres y los derechos humanos cuando ven que la verdad se pierde? ¿Cómo puedo convencer a mi gente sobre sus derechos en los tratados internacionales y la Resolución 1325 cuando ven que la realidad es completamente diferente?

Parecemos fuertes frente a los demás, pero en realidad somos débiles y frágiles frente a nosotros mismos.

Gaza necesita el apoyo de la comunidad internacional

Pero a pesar de todo esto, no puedo negar el apoyo y la simpatía de mis amigos fuera de Gaza, que me dieron fuerza y paciencia para sobrevivir. Tengo muchos amigos de diferentes partes del mundo: España, Italia, Irlanda, Alemania, América, Gran Bretaña, Noruega, Bélgica, Suecia, Suiza y Países Árabes. Todos ellos contactaron conmigo durante los días de la agresión y me proporcionaron a mí y a mi familia apoyo emocional, significa mucho para nosotros. Este pequeño apoyo nos dio fuerzas para sobrevivir y saber que no estamos solos.

Ahora necesitamos apoyo en lo demás, comenzando por la protección en todos los niveles, pasando por la salud, que ya sufría antes del coronavirus, además de la educación y seguridad alimentaria, y ahora también la necesidad de un refugio, agua y saneamiento es urgente. Prácticamente todos los servicios están destruidos o colapsados, y no podremos construirlos por nuestra cuenta, ya que no tenemos ninguna capacidad.

No podemos sobrevivir sin vuestro apoyo, os queremos como nos amamos a nosotros mismos y amamos la vida.

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