Grecia ha respondido ante la crisis en Afganistán como si de Donald Trump se tratase: levantando un muro. En los últimos días el país heleno ha completado la extensión de una valla de 40 kilómetros que busca disuadir e impedir la entrada de solicitantes de asilo y migrantes en el país.

El ministro de Protección Civil, Mijalis Jrisojoidis, y el de Defensa, Nikos Panagiotopulos, realizaron el viernes una visita de reconocimiento a la frontera terrestre con Turquía para comprobar que todo estaba bien y que el paso de gente que huye del extremismo se ve cortado hacia su país. El muro tiene, además, como barrera natural el río Evros. La artificial es una valla que hasta hace poco tenía una extensión de 12,5 kilómetros.

Durante la visita, Jrisojoidis dijo que la situación en Afganistán puede generar «flujos migratorios» y aseguró que las fronteras griegas «permanecerán seguras e inviolables». «Como país europeo participamos en las instituciones de la Unión Europea y una serie de decisiones se toman en ese marco. Sin embargo, como país no podemos esperar pasivamente al posible impacto», resaltó el ministro.

Insolidarios

El Gobierno griego ha dejado claro que no permitirá que el país viva una crisis similar a la de 2015, cuando miles de personas llegaban a sus costas casi cada día. Sin embargo, en lugar de crear políticas migratorias activas y llegar a acuerdos con el resto de países de la Unión Europea para repartir a las familias que llegar entre los distintos países, decidió invertir en mejorar esta valla.

La «valla de la vergüenza», como vamos a llamarla a partir de ahora, es una valla metálica de 5 metros de alto, coronada con un alambre de espino especial, a la que se suma la también recién inaugurada barrera digital que permitirá impedir aún más cruces y aún debe ser completada con drones, cámaras térmicas y robots autónomos no tripulados que detectan el movimiento.

1 Comentario

  1. Más de lo mismo en la hipocresía del «primer » mundo: primero exprimimos al tercer mundo, después de exprimido, nos desentendemos de él, y pasamos a considerarlos delincuentes. Pero cara a la galería, gritamos que queremos que todos esos niños y mujeres tengan los mismos derechos que la gente del primer mundo, como en Afganistán, la serpiente del verano para el buenísmo del mundo occidental.
    Pero no pasa nada, porque por cada niño que muera intentando cruzar ese muro de Grecia, nuestra sacrosanta sociedad biempensante: PLANTARÁ UN ÁRBOL ANTICAMBIOCLIMÁTICO.
    R E P U G N A N T E.

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