Por Arjuna

Abu Khan llegó a España en 1968 –siendo casi un adolescente- y, tras una etapa de adaptación, empezó a estudiar la carrera de medicina en Madrid. Pronto fue llamado a filas y, aunque era objetor de conciencia, fue obligado a realizar un servicio militar de cuatro años en el que cualquier gesto mal interpretado o palabra equívoca eran reprimidos con dureza.

Tras concluir el adiestramiento (amaestramiento) castrense, regresó a España para continuar sus estudios, pero la dictadura y las botas claveteadas habían quebrado su espíritu en los cuarteles y había perdido la capacidad de concentración. Le faltaban fuerzas para aprender las enseñanzas de galeno y convertirse en doctor.

Por casualidad (o causalidad) me encontré con Abu Khan hace unos días y quedamos en el Café Comercial, ese añorable refugio de Madrid que “ha sido desalmado” mediante una  cirugía rejuvenecedora destinada a quitarle la pátina, el aroma de sus 131 años de historia (fue fundado en 1887), pues estamos en la Edad de Oro del Caballero Don Dinero.

Me confesó que en este momento -en el que frisa con los setenta años- sueña con pasar la vejez con las gentes de su pueblo, con pasear por los bazares, con leer el periódico en los cafés donde el tiempo se detiene, con hablar con los suyos de cosas corrientes que todos entienden. Con volver a recorrer los paisajes de su infancia, esos restos que algunos denominan “patria”.

  • No sé si será posible – me dijo tembloroso- La guerra parece interminable.

Conocí a este hombre en la década de los noventa (también en el Café Comercial, cuando el local era viejo y estaba mil veces más vivo que ahora) y desde entonces hemos tenido una larga, fructífera y sincera -aunque interrumpida por razones de trabajo- amistad.

Tras una pausa en la terraza del Comercial fuimos a cenar a un restaurante cercano. Llevaba mucho tiempo sin tener noticias suyas, por lo que tenía hambre de sus palabras. Me contó que poco antes de comenzar la guerra se fue a la ciudad de Homs (la tercera más importante del país tras Damasco y Alepo), donde residía su anciana madre.

  • “No pensábamos que la primavera (2011) iba a desembocar en guerra. Sólo queríamos reformas democráticas. Era una revuelta con la bandera de “la no violencia” en la que exigíamos al dictador los derechos que disfruta la gente en cualquier democracia. Hubo un momento mágico en el que creíamos que podíamos conseguirlo”, enfatiza Abu Khan, y luego desconecta un instante de todo y se queda con la mirada perdida en el vacío.

A su juicio, la irrupción del Estado Islámico, las milicias de Hezbollah (el Partido de Dios), Irán, fanáticos, etc., fue un duro golpe al movimiento de la Primavera Siria (formado por demócratas, laicos, liberales, musulmanes pacifistas, partidos de la izquierda…) que estalló en todo el país y que fue reprimido –por tierra, mar y aire- por “elementos externos”.

  • En 2012 –prosigue Abu Khan- ya era normal escuchar llantos desgarradores y ver cadáveres y cuerpos mutilados todos los días en las calles de Homs (la ciudad más dañada y devastada del conflicto). Mi madre, con serias dificultades para moverse -agrega- se trasladó a Arabia Saudí con la ayuda de una hermana que vivía allí con su marido, y falleció a los pocos meses de marchar al exilio. Mis otros dos hermanos huyeron también. Uno partió a Líbano y otro a Estados Unidos. Yo también tuve que largarme (él tiene nacionalidad española), pues todo presagiaba que iba a ocurrir lo peor. Lo que tristemente se ha ido confirmando.

Abu Khan, que residió en España durante décadas ejerciendo el pluriempleo, cobra ahora una pensión miserable que sólo le alcanza para pagar el alquiler de un estudio en un barrio obrero de Madrid. Come con el dinero que le queda de la venta, en 2010, de un pisito que tenía en la capital. La idea era utilizar esa pequeña inversión para instalarse en Siria.

  • ¿Tú crees que terminará la guerra?- me pregunta.
  • ¡Claro, está a punto de acabar!- Le digo.
  • ¿Piensas que seguirá en el poder Bashar A-Ásad? ¿Crees que es posible que continúe aferrado al cargo después de tantos cientos de miles de muertos y millones de refugiados?- insiste Abu Khan mirándome a los ojos como buscando consuelo.

Yo, para intentar animarle, le respondo (aunque sé que miento): “Seguro que, cuando todo esto acabe, habrá elecciones y saldrá elegido un presidente honesto que lleve la paz y la democracia a Siria”.

  • ¿De verdad lo crees?- Me pregunta con la profunda marca de la desconfianza en el rostro. Con ese brillo brumoso en el que la fe implosiona en pedazos.

Para mi asombro me dice que “Rusia entró en la guerra con el apoyo tácito de Estados Unidos”. Veo una contradicción en su afirmación pero tal vez tenga razón. Él es sirio y sabe mucho más que yo de lo que se cuece en su país.

  • “Moscú y Washington sólo se mueven por intereses económicos y de dominio geoestratégico. A ambos les importa un bledo la sangre y la muerte, siempre -aclara- que no les salpique a ellos”.

Luego, como queriéndome enviar un mensaje lapidario, le quita importancia al papel que desempeña Rusia en el mundo y me subraya, sin ninguna sombra de duda, que Estados Unidos es un gigante demoledor y que todos los países del planeta, incluida China y el Imperio de Putin, siguen siendo, por ahora, hormigas, al lado de ese coloso empujado por una avaricia y soberbia sin límites.

 

 

 

 

 

 

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Retrato de Javier Cortines realizado por el pintor Eduardo Anievas. Este escriba es el autor de la trilogía "El Robot que amaba a Platón", obra que no gusta nada a las editoriales consagradas al dios tragaperras por su espíritu transgresor y que se puede leer gratis en su blog: Nilo Homérico, en cuya portada se puede escuchar, además, la canción de Luis Eduardo Aute "Hafa Café".

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