Anabel Riquelme y Yeiniel Santos

Las dietas sostenibles son aquellas que generan un impacto ambiental reducido y que contribuyen a la seguridad alimentaria y nutricional a que las generaciones actuales y futuras lleven una vida saludable. Además, protegen y respetan la biodiversidad y los ecosistemas, son culturalmente aceptables, accesibles, económicamente justas, asequibles, nutricionalmente adecuadas, inocuas y saludables.

La necesidad de cambiar a dietas y sistemas alimentarios más sostenibles es cada vez más evidente, pero ciertamente no es fácil de lograr. La sostenibilidad de las dietas va más allá de la nutrición y el medio ambiente e incluye dimensiones económicas y socioculturales.

Las decisiones en materia de alimentación tienen numerosas consecuencias, tanto positivas como dañinas. Debemos considerar el modo en el que se producen y consumen los alimentos, así como cuáles son sus consecuencias, tanto inmediatas como a largo plazo. La alimentación de los consumidores acarrea consecuencias involuntarias en la contaminación (por ejemplo, envases de plástico de un solo uso), el clima, la salud, la biodiversidad y otros aspectos. Este impacto pone en peligro nuestro futuro y evidencia la necesidad de realizar cambios en nuestra alimentación y consumo. Las cadenas agroalimentarias, desde las explotaciones agrícolas hasta los restaurantes, deben recibir señales políticas diferentes.

La alimentación es un indicador de las desigualdades sociales. Las personas con bajos ingresos se alimentan peor y tienen problemas de salud más precoces y graves relacionados con la dieta. Las zonas de rentas bajas cuentan con menos poder adquisitivo que aquellas más acomodadas, por lo que las dietas de las personas con bajos ingresos son más limitadas y contienen menos frutas y verduras. Los productos alimenticios grasos, salados, azucarados y ultra procesados están más presentes en su alimentación por el simple hecho de que son más baratos.

La producción y el consumo de alimentos tienen un impacto medioambiental significativo (recursos naturales, gases de efecto invernadero, la biodiversidad, el agua y el suelo). Se podría atenuar el impacto de los sistemas de alimentos procesados innecesarios fomentando una alimentación simple y nutritiva, en lugar de una muy energética. Si los alimentos se cultivan, procesan y consumen de forma diferente, los sistemas alimentarios pueden dar lugar a que se produzca una recuperación y una mejora de la resiliencia. Esto implica casi con toda certeza utilizar menos cereales para alimentar al ganado y reducir el consumo humano de carne, lo que supone beneficios tanto para el clima como para la salud.

La era del veganismo, los vegetarianos y los flexitarianos ha tenido un impacto directo o indirecto en la manera de alimentarnos. Buscan salud, respeto por todos los seres y sostenibilidad, aunque de esta última pocas conocen su impacto. Solo en España el 7,8% de la población mayores de 18 años (más de 3,6 millones) entran dentro de estos tres grupos.

Más allá de la salud nutricional de ser vegano y su afecto por los seres, también están los movimientos que lo convierten en una lucha político-social que combate por los derechos de los animales y el antiespecismo, reconstruyendo la esencia de ser vegano y dándole más importancia a que no es solo una decisión individual, sino que debe ser una consciencia social de lo que está sucediendo en el planeta y a lo que estamos dando la espalda.

Aunque contemos con estos datos y las empresas se hayan hecho eco de este sector de la población, que después hablaremos de eso, han aumentado el número de macro granjas por todo el territorio. Donde en algunas se permite la explotación de 40.000 gallinas y hasta 70.000 pollos de engorde. En algunas zonas de la península se puede decir que hay más cerdos que personas, y no, no hablamos de políticos. Pero esto no acaba aquí, el consumo de carne aún a pesar de haber sido reducido en un 5%, las macrogranjas se están multiplicando no solo aquí, sino por todo el mundo. Un informe de Greenpeace junto con la ONU “La insostenible huella de la carne en España”  insiste en que debemos reducir nuestro consumo de carne y lácteos en hasta un 50% en 2050.

“Su consumo desmesurado y su producción industrial son uno de los principales causantes del cambio climático, pérdida de biodiversidad, deforestación, contaminación y escasez del agua, de los principales cambios del uso de suelos y de la expansión de la agricultura, del maltrato animal y de un incremento de riesgos para nuestra salud”, señalan en su informe.

Los problemas de la ganadería no acaban aquí. Con 570 millones de granjas, se utiliza el 83% de zona cultivable a alimentar a los animales que van a alimentarnos a nosotros y hasta dos tercios del agua dulce. Quien diga que comer carne es sostenible, no para nosotros si no para el planeta, es que únicamente piensa en su vida a corto plazo y en su bolsillo.

¿Cuál es uno de los peligros actuales? El ‘Greenwashing’, amigo y conocido del ‘Pinkwashing’. Más de un tercio de una población hoy en día no es una minoría, sino un grupo de impacto en cuestiones de consumo. En cuanto a las empresas han visto a este sector como algo rentable empezaron a sacar sus famosos productos con la etiqueta veggie. Muchos de los cuales son de procedencia cuestionable. También el incremento en las ciudades de restaurantes veganos y opciones en los menús de free vegan.

El movimiento vegano ha conseguido normalizar, más o menos, dentro de la población el término. Pero está en un punto de inflexión, no puede dejarse normalizar de forma mercantil o serán absorbidos por el capitalismo, deben resistir a la tentación a que se les denomine una opción individual y de aquel que puede “permitírselo”. Es un combate constante, en las calles, instituciones, parlamentos, día a día. Pues no cambios las cosas con nuestros consumos, es la mayor falacia del capitalismo feroz.

En definitiva, la agroindustria tóxica ha alcanzado un punto en que nos vale más una zanahoria, una patata o una lechuga con su sello de “ecológica” que una fabricada repleta de químicos. Personas que se declaran veganos, pero no ecológicos, o que creen que lo son, sin ni siquiera saber de dónde vienen los productos que compra. Es el momento de intentar crear una población más concienciada en su huella ecológica, porque tú ¿sabes lo que comes realmente?


Anabel Riquelme: Activista de Red Equo Joven

 

 


Yeiniel Santos: Activista de Red Equo Joven y coportavoz de Joves Verds Equo