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Varias ciudades en distintos sitios del mundo están dando pasos hacia una muy necesaria descarbonización: se calcula que el 68% de los habitantes del planeta vivirán en ciudades hacia la mitad de este siglo, pero esas ciudades, además de consumir el 78% de la energía generada, producen más del 60% de las emisiones de gases con efecto invernadero.

El cambio tecnológico que supone la descarbonización de las ciudades es fundamental, y abarca desde el muy comentado transporte, con la construcción de más y mejores sistemas de transporte público sin emisiones basado en electricidad o en hidrógeno según las circunstancias, hasta la reducción de emisiones generadas por los sistemas de climatización, pasando por muchas otras cuestiones.

En ese sentido, treinta ciudades holandesas han anunciado el establecimiento de zonas de cero emisiones en las que la prohibición de circulación afectará también a la logística: únicamente estarán permitidos vehículos de reparto sin emisiones. Las ciudades contribuirán a sufragar algunos de los gastos en los que las compañías de reparto logístico tengan que incurrir para satisfacer los requisitos, pero lograrán a cambio un ahorro en emisiones que se estima en torno a un megatón de dióxido de carbono anual.

La ciudad de Nueva York ha anunciado que a partir del año 2023, ya no podrán construirse en la ciudad más edificios de menos de siete pisos que cuenten con enganche a la red de gas o con sistemas que utilicen combustibles fósiles como el gasóleo, y la prohibición se extenderá al resto de edificios a partir de 2027 . La nueva generación de edificios neoyorquinos se calentará mediante electricidad, y se calcula que esto dará lugar a un descenso de en torno al 40% de las emisiones. Otras ciudades más pequeñas, como Brookline (Massachusetts) o San Jose y Berkeley (California) han adoptado acuerdos similares de cara a la limitación del uso de combustibles fósiles en calefacción y saneamiento.

Un nuevo estudio sobre el impacto de la contaminación generada por la quema de combustibles fósiles apunta a que más de un millón de personas mueren cada año debido a la contaminación que provocan, un efecto que, lógicamente, tiende a afectar más a los residentes en entornos urbanos más contaminados. El establecimiento de medidas como las citadas en las ciudades, desde zonas sin emisiones restringidas a ciertos vehículos la descarbonización del transporte público o la reconversión de los sistemas de calefacción, unidos con la reforestación de espacios en fachadas y azoteas que contribuyan a fijar las emisiones de dióxido de carbono y a otras muchas posibles medidas, resultan fundamentales de cara a la reducción de esa cifra y a la consecución de los objetivos de descarbonización establecidos en el Acuerdo de París.

Conseguir ciudades sostenibles y que no envenenen a sus habitantes no parece una mala idea de cara al futuro. ¿Están este tipo de medidas en la agenda de los gestores de nuestras ciudades?

Artículo publicado originariamente en el blog de Enrique Dans.

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