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Iria Bouzas

Cuando pretendemos insultar gravemente a alguien usando la expresión: “Hijo de puta”, olvidamos que las putas tienen una dignidad que ya quisieran para sí algunos hijos de Satanás que pululan por este mundo haciendo daño a los demás.

Esta expresión tiene dos connotaciones que son terriblemente injustas y totalmente inaceptables.

Por un lado, implica un significado peyorativo de las mujeres que ejercen la prostitución.

Una puta, es una persona tan buena o tan mala como podemos ser los que nos dedicamos a otras profesiones, pero con la carga añadida de la vulnerabilidad que, en la mayoría de  las ocasiones, ha llevado a esa situación a muchas de las mujeres que ejercen ese oficio.

No voy a abrir aquí el debate de si la prostitución debe regularse, si debe abolirse o si debe dejarse en el limbo en el que está ahora mismo. Ese es un tema que necesitaría de un artículo entero para poder desarrollarlo, pero en cualquiera de los casos defiendo con convicción que la dignidad personal de las mujeres que la ejercen no puede ser jamás cuestionada por su oficio.

El otro aspecto inaceptable de mentar a las prostitutas para insultar es la del machismo que lleva implícito.

Cuando definimos a alguien como un “hijo de puta” como sinónimo de su maldad o su falta de ética al actuar, descargamos al sujeto insultado de la responsabilidad de sus actos para trasladarla a su madre. Piénsenlo durante un segundo, si en lugar de con un “hijo de puta” fuésemos definiendo a los demás como “hijo de fontanero”, “hija de comercial” o “hijo de periodista”, entenderíamos que la profesión de los progenitores del insultado supone un factor determinante en la mala conducta del mismo.

Al final, esta expresión como otras tantas de la lengua española, busca descargar una parte de la responsabilidad de todo lo que está mal en el mundo en las mujeres y ¿qué característica es la única intrínsecamente solo atribuible a las mujeres? ¡La maternidad!

Esto de descargar la culpa de todo lo que no está bien en alguna mujer es algo tan recurrente que ya resulta agotador. Desde que se inventaron a Eva para lapidarla a manzanazos por toda la basura moral de la humanidad hasta ahora, no hemos visto demasiados cambios en ese aspecto.

Si les he convencido con este artículo y quieren una alternativa insultante, debo decirles que  personalmente, hace tiempo que hago un esfuerzo para sustituir esta expresión tan machista e injusta por la de “Hijo de Satanás”. Al fin y al cabo, creamos o no en él, representa todo lo malo y aberrante de la humanidad y me parece justo atribuirle las conductas que me remueven todo el sistema ético hasta el punto en el que necesito sacar al mundo mi indignación usando las palabras.

Supongo que una vez que  este artículo sea publicado, muchas personas me dirán que lo más cuestionable de un insulto es el propio hecho del insulto. No estoy de acuerdo. Vivimos en un mundo terrorífico lleno de horror, injusticia y miseria. Estamos rodeados de seres que disfrazados de personas, torturan, humillan y maltratan a personas más débiles que ellos y que no alcanzamos a proteger como sociedad.

Desgraciadamente, la realidad es la que es y somos realmente sinceros, tal y como están las cosas, insultar vamos a seguir insultando porque psicológicamente es de lo poco que nos queda cuando no sabemos como defendernos de la crueldad del mundo en el que vivimos.

Pues de insultar, al menos, hacerlo sin hacer daño a inocentes que no han hecho ningún mal a nadie. ¿No les parece?

 

 

 

 

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