El posicionamiento del partido de extrema derecha Vox en el Congreso, donde ha entrado como tercera fuerza, destaca en un país que pasó por 40 años de dictadura. A la sociedad democrática nos preocupa que los intolerantes tengan voz y voto en las leyes que nos representan a todos. Abascal sigue sumando adeptos a sus ideas xenófobas y ultranacionalistas y los medios le bailan el agua siendo altavoces del fascismo.

El periodista Pedro Vallín, de La Vanguardia, daba hace un año su opinión en un hilo de Twitter que ahora mismo cobra actualidad por la situación que vivimos tras el 10N. Vallín considera que la clave era “no difundir la agenda fascista” y apuntaba a que no lo estamos haciendo bien dando pábulo a sucesos escabrosos, magnificando la llegada de inmigrantes o relatando el debate territorial «en términos de selección de bandera». El tiempo le ha dado la razón.

«¿Nos choteamos, los silenciamos o los tratamos como si fueran gente seria?», se preguntaba el periodista, quien también tenía una propuesta, definida por el mismo como indirecta: «Cómo tratar al lector/espectador/oyente para evitar el fascismo».

«La clave es NO DIFUNDIR LA AGENDA FASCISTA. Si nos pasamos el verano dando espacios sin fin a la llegada de inmigrantes, como si viviéramos una oleada que no existe, da igual que el tratamiento sea serio y riguroso, el público creerá que tenemos un problema de inmigración».

«Si dedicamos horas sin fin a contar que unos quitan lazos y otros los ponen, como si los catalanes estuvieran a punto de emprenderla a tiros, da igual que tengamos tertulianos o columnistas muy serios, el público creerá que estamos al borde de la confrontación civil».

«Si toda la programación televisiva de las mañanas consiste en hablar de sucesos escabrosos, ignorando que en realidad tenemos los niveles de delincuencia criminal más bajos de la historia y de los más bajos del continente, la gente creerá que necesitamos endurecer el código penal».

«Si cada vez que un terrorista condenado obtiene un tercer grado o es excarcelado por motivos de salud dedicamos páginas y páginas a debatirlo como si no fuese lo normal en democracia (que la ley penitenciaria se aplica), el público creerá que hay oscuros pactos con el terrorismo».

«Si a cualquier noticia sobre los pocos cientos de manteros que operan en Madrid o Barcelona le damos tratamiento de Cuestión de Estado el público creerá que nuestros barrios viven sometidos a un régimen de terror nunca visto, cuando todos los indicadores dicen JUSTO LO CONTRARIO».

«Si apenas informamos de los desahucios pero hacemos debates sobre narcopisos, cuando el primer problema ha afectado a cientos de miles de ciudadanos y el segundo estadísticamente es residual, el público creerá que la amenaza al vecindario son los negros y no la ley hipotecaria».

«Si cuando nuestras grandes ciudades hacen lo propio del momento, es decir, sacan vehículos contaminantes del centro, montamos debates de los años setenta sobre el supuesto «derecho» a hacer lo que te plazca con tu coche, degradamos e irritamos al ciudadano».

«Si nos esforzamos en relatar el debate territorial del Estado en términos de selección de bandera, si decimos a los ciudadanos que son desiguales por su identidad y no por su renta, crearemos en el público la necesidad de elegir bandera».

«Como no hemos hecho esto sino lo contrario, como hemos actuado de forma irresponsable como gremio en pos del debate cutre, el click y la audiencia, quizá no estamos ya a tiempo de hacer nada muy relevante contra el fascismo. Porque el primer deber del periodismo es la selección de agenda. Esa jerarquización del mundo es lo más importante que hace cada día un periodista, mucho más importante que escribir bien o invitar a analistas sensatos. Y lo segundo no redime de lo primero».

«La agenda no viene dada ni la marcan los políticos. La creamos nosotros. Si existe alguna posibilidad de detener el fascismo y si esa posibilidad pasa por el periodismo (son dos «y si»), no creo que dependa de cómo los tratamos, sino de silenciar su agenda racista e identitaria».

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