Loïc Alejandro
Coportavoz federal de EQUO


El mes pasado sugerí el concepto de «Homo Moderatus» como propuesta para superar el Homo Sapiens que somos y su tendencia natural a utilizar su inteligencia para dominar, explotar y acumular siempre más. Somos capaces de caminar sobre la luna, pero ineptos para cuidar nuestro propio planeta.

En el artículo me centraba en las razones casi genéticas que pueden explicar esa tendencia. Las centenas de miles de años de lucha por la supervivencia que han empujado a nuestros ancestros a sacar sistemáticamente lo máximo de todo, cada da vez que la oportunidad se daba.

Pero esto no lo explica todo: ¿Por qué entonces en medio de la selva amazónica hay tribus (Homo Sapiens también) que viven en comunión con la naturaleza, sin dominar, explotar ni acumular? Probablemente porque en esta selva tan rica y abundante simplemente nunca han experimentado la escasez. Es un aspecto determinante sin duda, pero que no explica ciertos comportamientos de estas poblaciones amazónicas.

Por ejemplo los kali’na, cuando recogen una planta comestible, tienen como costumbre plantar un esqueje a lo largo del camino. Los Etnólogos se han dado cuenta de que las últimas tribus nómadas de Amazonas no viajaban al azar, sino que seguían itinerarios bien definidos, de generación en generación, de un punto de agua al otro, y que de tanto plantar huesos de fruta y esquejar las plantas útiles a lo largo de sus discretas pistas, han creado corredores comestibles. ¿Por qué esa necesidad de devolver a la naturaleza lo que extraen de ella? Más allá de lo lo práctico que es tener comida a mano en el propio camino, hay sin duda un aspecto cultural importante que se fundamenta en la humilde y sabia intuición de que tienen que cuidar el entorno del que dependen.

Este rasgo cultural, en nuestras sociedades, lo hemos perdido. O tal vez nunca lo hemos tenido, por algunas remotas raíces culturales. Algunas fuentes históricas relatan la correspondencia entre Alejandro Magno y Dandamis, un filósofo yogui de lo que es ahora el Pakistán. La leyenda dice que Dandamis le preguntó a Alejandro «¿por qué estas conquistando el mundo?». Éste le contestó «porque solo tenemos una vida y hemos de lograr tantas cosas como podamos en ella. Y tú ¿por qué no haces nada?». El filósofo le contestó «lo que no hago en esta vida lo haré en otra». Es más que probable que este diálogo nunca haya ocurrido, pero aún así nos ilustra dos maneras de ver la vida y de cómo vivirla.

Evidentemente, nuestros comportamientos no vienen definidos solo por las raíces culturales. Fenómenos más recientes tienen también su influencia. Un dato curioso, la productividad del trabajo, da pistas sobre un rasgo cultural de nuestras sociedades modernas: el consumismo.

Según las cifras que maneja la OCDE, en España el PIB por hora trabajada se ha multiplicado por 2,7 entre 1970 y 2018. Es decir que los y las españolas somos casi 3 veces más productivas que hace 50 años. Si nos remontamos más atrás en el tiempo, resulta que la productividad del trabajo conoció un ligero incremento sostenido hasta los años 50 (en 130 años solo se ha duplicado), y luego ha sido mucho más importante hasta tal punto que hoy la productividad del trabajo es entre 6 y 7 veces más alta que la de los años 50.

La pregunta del millón entonces es «¿Por qué no trabajamos 6 veces menos que en los años 50?».

No es una pregunta superficial ni trivial. El 10 de junio de 1930, el famoso economista estadounidense John Maynard Keynes visitó Madrid para dar una conferencia titulada “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”. En dicha conferencia Keynes hizo varias predicciones. Acertó en todas menos en una: predijo que la riqueza producida y los avances tecnológicos reducirían la jornada laboral a 15 horas semanales en 2030. Estamos lejos de este escenario y no precisamente en camino de poder cumplir la predicción.

Existe una conexión entre el psicoanálisis y la economía, concretamente entre Sigmund Freud y Keynes, que explica el error del economista.

Esa conexión es Edward Bernays, un perfecto desconocido para la gran mayoría de la gente, pero que se puede considerar el padre de nuestra sociedad de consumo. Ha tenido la idea de aplicar en Estados Unidos las ideas de su tío Freud, primero para convencer al pueblo americano de entrar en la Primera Guerra Mundial, y luego para enseñar a las grandes corporaciones cómo hacer para que la gente quiera cosas que no necesita, vinculando los productos de masas con sus deseos inconscientes: la gente compraría algo, no porque lo necesita sino porque le hace sentirse bien.

Fue él quien inventó el término «relaciones publicas». El título de su ensayo publicado en 1947 es elocuente: «la ingeniería del consentimiento». Para decirlo más simplemente, le debemos a Edward Bernays las largas colas de compradores ansiosos de adquirir el último iphone. Pero no solo eso, ya que Joseph Goebbels, ministro nazi de la propaganda, confesó haberse inspirado en las teorías de Bernays sobre el control de los deseos de las masas.

Paul Mazur, asociado de Bernays y banquero de Wall Street por Lehman Brothers no se quedó atrás. Afirmaba ya en 1927 lo siguiente en un artículo del Harvard Business Review: «Debemos hacer pasar a América de una cultura de la necesidad a una cultura del deseo. Las personas deben ser entrenadas para desear, para querer cosas nuevas, incluso antes de que las viejas hayan sido consumidas por completo. […] Los deseos del hombre deben eclipsar sus necesidades». Más elocuente imposible. Este mismo año un periodista escribió: «un cambio ha invadido nuestra democracia, se llama consumismo. Para su país, el estadounidense ya no es importante como ciudadano, sino con consumidor».

Son cosas que de alguna manera sabemos todas íntimamente, pero que siempre resultan algo desconcertantes al ver lo metódico y calculado que ha sido su diseño. Desde el principio del siglo XX, las técnicas no han dejado de perfeccionarse, ayudadas por los canales de comunicación masiva.

Bernard Stiegler, un filósofo francés que tuve de profesor en la universidad, reinterpetó el concepto de «pérdida de individuación» introducido por Gilbert Simondon y lo aplicó al consumidor. Simondon expresó lo que sucedió en el siglo XIX al trabajador sometido al servicio de la máquina-herramienta: perdió su «saber hacer» y, por lo tanto, su individualidad, reduciéndose así a la condición de proletario, un recurso más en la maquinaria de producción. Ahora, explica Stiegler, es el consumidor quien está estandarizado en sus comportamientos por el formato y la fabricación artificial de sus deseos. Pierde su «saber vivir», y se vuelve un recurso más en la maquinaría de consumo.

Lo acertado del análisis de Stiegler se ve reflejado en las declaraciones de Patrick Le Lay en 2004, cuando era presidente-director general del canal de televisión francés TF1: «El trabajo de TF1 es ayudar a Coca-Cola, por ejemplo, a vender su producto. Sin embargo, para que un mensaje publicitario sea percibido, el cerebro del espectador debe estar disponible. Nuestros programas están destinados a ponerlo a disposición: es decir, entretener, relajar y preparar entre dos mensajes. Lo que vendemos a Coca-Cola es tiempo de cerebro humano disponible».

Esas técnicas, combinadas con un creciente poder adquisitivo y una potencia de producción sin parangón, hacen que en China haya hoy casi 5.000 centros comerciales, es decir 4 veces más que en Estados Unidos, y habrá 7.000 más hasta 2025. En este país, en el Día del Soltero se transportan más de 330 millones de paquetes, cuyas emisiones de CO2 necesitarían 2.5 millones de árboles para poder ser absorbidas. El 68% de los chinos se siente especialmente feliz haciendo shopping (48% y 41% respectivamente para los americanos y los británicos).

No solo necesitamos, como comentaba en mi anterior artículo, inhibir nuestros reflejos internos e innatos de acumulación de Homo Sapiens que somos, sino que también es necesario desactivar los procesos de creación artificial del deseo de consumir. No es fácil, para mí el primero. Hemos nacido donde hemos nacido. El primer paso es conocer como se ha construido la sociedad de consumo, y reconocer los puntales que la sostienen, para poder, poco a poco, desmontarlos cada uno. Es una necesidad porque el consumismo consume el planeta, y también porque crea burbujas que explotan regularmente: la sociedad de consumo creada en base a las ideas de Bernays en los años 20 terminó en la peor crisis de la historia, el crack de 1929.

Mientras que el consumo se considere imprescindible en nuestra cultura, la ecología será reducida al marketing verde, y veremos familias tener 3 coches eléctricos en lugar de un diésel, lo cual no soluciona nada en términos de sostenibilidad. Es curioso y decepcionante ver como ciertas marcas ahora venden sus productos ecológicos utilizando las mismas recetas y recurriendo a la creación de deseo al más puro estilo Bernays.

El desafío es consumir con menos impulsos, y con más cabeza y responsabilidad. Solo así el Homo Moderatus podrá trabajar 15 horas semanales, y restaurar el honor de Keynes


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