Loïc Alejandro
Coportavoz federal de EQUO


Desde hace varias centenas de miles de años, la humanidad ha tomado el control de todos los ecosistemas hasta tal punto que nuestra era se llama «Antropoceno», la era geológica donde la humanidad es capaz de cambiar la superficie del planeta. ¿Qué nos hizo tan poderosas? La capacidad de cooperar, aprender, imaginar, crear, … todo un conjunto de aptitudes que nos han permitido dominar y explotar nuestro entorno.

Pero una puede tener todas esas aptitudes sin dejar de vivir en una cueva comiendo raíces. Así que esas aptitudes no lo explican todo. Hace falta un impulso para utilizar esas capacidades y dominar el mundo. Ese impulso fue la supervivencia. Gracias a este instinto, cuando hemos podido cazar más animales lo hemos hecho. Cuando hemos podido criar animales lo hemos hecho. Cuando hemos podido crecer y almacenar cereales lo hemos hecho. Cada vez que hemos podido utilizar nuestro ingenio para tener los recursos necesarios para no morir, lo hemos hecho.

Una vez la supervivencia asegurada, nuestros antepasados siguieron dominando, explotando y acumulando, pero esta vez para ganar en calidad de vida: no solo evitar morirse de frío sino también estar calentito, no solo evitar tener hambre sino comer bien, no solo vivir protegido de la intemperie sino vivir en casas…

La supervivencia y la búsqueda de calidad de vida nos han programado. Nuestras mentes tienen el reflejo automático de acumular algo mientras haya disponibilidad de ello, de ir a ver qué hay detrás de esta colina, de conquistar y tomar posesión de nuevos espacios, de buscar el siempre más, siempre mejor y siempre más rápido. Esa programación mental, casi inscrita en nuestros genes, es lo que ha hecho que hayamos llegado hasta aquí. Es el logro del Homo Sapiens.

Hoy, es paradójicamente lo que puede provocar el fin del trayecto. Nos hemos vuelto tan poderosas, que de tanto consumir el planeta nos damos cuenta de que podríamos quedarnos sin planeta. Es lo que demuestra el día del rebasamiento («overshoot day» en inglés): cada año se calcula en qué fecha la humanidad ha consumido los recursos que puede producir el planeta en un año. Y cada año la fecha es más temprana. A nivel mundial en 2018, ha sido el 1 de agosto. Pero si todo el mundo viviera como un o una española, sería el 11 de junio. Todavía más pronto.

Para entendernos mejor, imagina que tienes una cuenta bancaria con una reserva de dinero que produce 100 euros de intereses cada año (la metáfora de la creación monetaria no es la que más me gusta pero es muy ilustrativa). Pero cada año gastas 110 euros. Así que cada año consumes un poco de la reserva, y llegará un día que te quedarás con nada. Una actitud irresponsable ¿verdad? Pues es lo que estamos haciendo con los recursos del planeta. Imagina además que esa reserva en principio es para tus hijos, para que tengan algo. Estamos literalmente consumiendo los recursos que deberían ir a las generaciones futuras.

Es un comportamiento que no difiere mucho del de un cultivo de bacterias en una placa de petri. Mientras haya nutrientes, las bacterias se multiplican y siguen consumiendo, hasta que no quede nutriente. Entonces se mueren. Las bacterias tienen la excusa de no saber que acaban con los recursos que necesitan. Nosotras no, ya somos conscientes de ello, pero seguimos.

Pierre Rabhi, agricultor, político, escritor y filósofo francés de origen argelino, lo decía muy claro en 2010: «Porque estamos en el mito indefinido del cada vez más, sin poder alcanzar una satisfacción que colocamos cada vez más alto. No debemos confundir aptitudes e inteligencia. Lo que sabemos hacer no siempre merece ser hecho. Si unos extraterrestres llegaran, probablemente dirían: ‘son superdotados, pero cretinos'». Dominamos las técnicas para viajar hasta la luna, pero somos incapaces de cuidar a nuestro propio planeta.

Entonces ¿qué hacer? Tenemos que deshacer esa programación mental que nos lleva a querer siempre más, o más bien aplicarnos un «patch» como dicen en el gremio informático, es decir un correctivo que rectifica un comportamiento. Y eso lo tenemos que hacer individual y colectivamente.

Es altamente probable que cada una de nosotras, ciudadanos y ciudadanas del (mal) llamado mundo desarrollado, hayamos alcanzado un nivel de consumo insostenible. Así que lo primero es la información: saber en qué nivel estamos individualmente. Existen aplicaciones y webs para poder cuantificar nuestra huella ecológica personal. En segundo lugar, una vez que tengamos consciencia de la presión que ejercemos sobre el planeta aunque sea de manera individual, es necesario «reprogramarnos»: poner en practica una especie de gimnástica mental que consiste en preguntarse «¿realmente lo necesito?».

He organizado varios años consecutivos el torneo de volei playa de Donostia San Sebastian. Cuando teníamos algún patrocinio de un fabricante de bebidas energéticas y estábamos en condiciones de poder regalar bebidas a los y las participantes para que se hidratasen correctamente, al final de la competición nos encontrábamos con un cementerio de botellas de plástico, la mayoría medio llenas. Como era algo disponible y gratuito, la gente cogía, bebía lo que quería en el momento, y se olvidaba del botellín, hasta tener nuevamente sed y coger otra botella llena nueva.

No es algo nuevo, es la misma lógica que ha llevado a los y las primeras Homo Sapiens a acabar con la megafauna de Australia, desde que llegaron allí hace 50.000 años. Como esa fauna no estaba acostumbrada a la presencia humana, eran presas fáciles y en abundancia. Si el humano, hace miles de años, con palos y piedras ya era capaz de convertir la abundancia en evanescencia, hay que imaginar los desastres que estamos haciendo hoy. Para dar una idea, solo dos ejemplos: el río Colorado y el mar de Aral.

El rio Colorado, el que ha esculpido el Gran Canyon, no llega hasta el mar. En lugar de ensancharse como lo hace un río normal, su cauce va disminuyendo hasta que el río se convierta en riachuelo y luego desaparezca en el desierto de Sonora, muchos kilómetros antes de su histórica desembocadura en el mar de Cortés. Es así desde hace pocas decenas de años. ¿Por qué? Porque con 10 presas a lo largo de su recorrido, se utiliza su agua para consumo humano y para la agricultura intensiva. Son desoladoras las imágenes de este majestuoso río desapareciendo en la arena, con la consiguiente desaparición de toda la flora y fauna que albergaba el delta del río. Y lo más dramático y absurdo es que la misma gente que admira su majestuoso paso por el Gran Canyon, es la que luego toma duchas de 40 minutos en un hotel de California. Duchas de agua del río Colorado. Total, si está pagada la habitación y da derecho a tomarse duchas interminables, por qué no aprovecharlo.

El caso del mar de Aral es muy parecido: para abastecer en agua los campos de algodón y para hacer crecer arroz en pleno desierto, Uzbekistán y Kazajistán respectivamente, desde los años 1920, han desviado y absorbido el agua de los ríos que aportaban agua al mar. Como resultado el mar de Aral está desapareciendo a un ritmo que se puede apreciar día tras día, y sus costas han reculado en más de 80 kilómetros. Al subir la salinidad del agua, las poblaciones de fauna acuática han disminuido, 28 especies endémicas de peces han desaparecido, y los pueblos dependientes de la actividad pesquera se encuentran ahora a 80 kilómetros de la orilla, con las consecuencias económicas que podemos imaginar. Parte del algodón de nuestra ropa vienen de los campos de Uzbekistán.

Son dos ejemplos relativos al consumo de agua, pero pasa lo mismo con los combustibles fósiles (cuyo consumo además acelera el cambio climático), y varios minerales: según una estimación realizada en el Centro de Investigación de Energías Renovables (CIRCE), habríamos agotado ya el 92% de las reservas de mercurio, el 79% de plata, el 75% de oro, el 75% de arsénico… En paralelo, incrementa la demanda mundial de tierras raras para la microelectrónica, fosfatos para la agricultura, metales para la construcción de infraestructuras, etc.

Todo esto demuestra la importancia de cambiar de actitud y aprender a consumir solo lo que necesitamos en lugar de todo lo que deseamos. Le haremos un favor no solo al planeta, sino a nosotras mismas también. ¿Por qué a nosotras también? Esto tiene que ver con la respuesta a esa pregunta: si somos 5 veces más productivas que hace 50 años, ¿por qué no trabajamos 5 veces menos? Un tema que abordaré en un próximo artículo.

Es tiempo de dejar atrás a nuestro amigo Homo Sapiens, su programación mental basada en la explotación y la acumulación, agradecerle mucho por todo lo que ha hecho para que estemos todavía aquí, y dar paso a un nuevo Homo capaz de medir sus necesidades y hacerlas compatibles con los límites de nuestro entorno. No es fácil, para mí el primero. Me tiro a la piscina y propongo «Homo Moderatus», el que sabe no comportarse como bacterias.

Vídeo Recomendado:
mm
Concejal EQUO en Irabazi Donostia (Ezker Anitza - EQUO). Coportavoz federal de EQUO. Colaborador de ATTAC, Greenpeace, Intermon Oxfam, ACNUR, Medicos Sin Fronteras, Cruz Roja, Amnistia Internacional, HUB Donostia, Fundación Colibris, BeWelcome, Babyloan.

1 Comentario

  1. Estoy de acuerdo, pero con la cantidad de información al respecto, pocos hay que la desconozcan y sin embargo seguimos con este consumismo desenfrenado que nos conduce al abismo. Muchos pensaran no hay alternativa necesitamos comprar en el súper que nos llena de plásticos superfluos en lis envases, abusamos del azúcar y los aditivos alimenticios que aumentan el sabor,pero la pregunta es ¿hay alternativa a este consumo? ¿como empezamos a ser un poco mas sostenibles? Y no solo como política de marketing comercial.

Deja un comentario