La cultura de la legalidad es esencialmente el cumplimiento estable de conductas orientadas al sistema legal. Entender el concepto parece tarea fácil, lo que no se antoja sencillo es entender por qué se deben cumplir las normas. Más sabiendo que hay personas que las incumplen impunemente.

Hagamos un ejercicio honesto: ¿es más rentable incumplir las normas? Si atendemos al corto plazo, sin duda saltarse un semáforo o defraudar impuestos puede reportar importantes recompensas inmediatas. Pero, superando una visión miope e individualista de la vida, se pueden plantear las principales aportaciones derivadas de respetar la legalidad vigente. Entre ellas, cumplir las normas permite hacerse respetar: parece que el estatus sociométrico, esto es, el respeto y la admiración por parte de los demás, es más importante para nuestro bienestar que el nivel socioeconómico. También es bueno para la satisfacción de vida.

Además, se ha identificado que incumplir las normas limita mentalmente las opciones cuando se necesita ayuda de las autoridades. Por ejemplo, cuando un arrendador quiere aplicar una cláusula abusiva a un inquilino sin contrato o cuando una víctima de extorsión teme denunciar por operar en la economía sumergida.

Ya dijo Ulpiano en Fenicia en el año 200 que hay tres normas que toda persona debe respetar: Honeste vivere (vivir honestamente), alterum non laedere (no dañar a otro) y suum cuique tribuendi (dar a cada uno lo suyo). Estos preceptos son perfectamente aplicables hoy en día a cualquier situación de la vida cotidiana, ya sea como ciudadanos, empleados, empresarios, funcionarios o autoridades públicas.

En realidad, las personas interiorizan las normas grupales gracias a la dinámica de conducta grupal: si todos cumplen la legalidad vigente se genera una inercia en la que el grupo se vuelve la norma y la pertenencia grupal, el marco de referencia. En este sentido, situar el locus de control interno facilitará en gran medida la interiorización de normas; esto es, las fórmulas de involucración ciudadana en las decisiones legislativas ayudarán a que estas se adopten por voluntad propia y por los castigos asociados como sanciones, multas o penas de prisión.

La cultura de la legalidad a favor de la convivencia

Ahora bien, si se entiende la cultura de la legalidad como una suerte de tecnología social en favor del auténtico progreso y la sana convivencia, se deben asumir dos implicaciones que de ello se desprende.

Por un lado, si la cultura de la legalidad es lo opuesto a corrupción, las demandas sociales de rendición de cuentas son inexorables. La transparencia del poder legislativo es un elemento clave en el correcto funcionamiento de cualquier Estado de Derecho y el cumplimiento normativo por parte de los mandatarios se vuelve un factor decisivo en la interiorización de las normas.

Hemos visto cómo, por ejemplo, políticos de distintos países incumplían duras normas viales o sanitarias generando una respuesta en la sociedad de desencanto por las normas. Esta rendición de cuentas incluye también explicar a la ciudadanía los argumentos que han motivado la producción de las normas, pues también hemos asistido atónitos a la generación de antivacunas y negacionistas presuntamente derivados de la aparente irracionalidad e incoherencia de las normativas sanitarias durante las últimas olas de la pandemia.

Normas siempre dinámicas

Por otro lado, siendo las normas el motor de la civilización, serán ineludiblemente dinámicas, pues estarán sujetas al cambio propio de la sociedad. Resulta paradójico que la cultura transmita las normas cuando, a su vez, están destinadas a ser modificadas por la propia evolución cultural. De hecho, se puede deducir que, si cumplir las normas tiene un impacto positivo en las personas, salirse de ellas, aun como fórmula de acción creativa, genera importantes impactos negativos en las capacidades de socialización e incluso reproductivas.

Es aquí donde se debe encontrar el punto más importante del cumplimiento normativo y su función en la sociedad: conocer las normas, comprenderlas e interiorizarlas son comportamientos ajenos a visiones cerradas o sectarias; más bien esta comprensión debe llevar a entender su alcance y a adherirse a ellas de forma sistemática hasta encontrar el momento adecuado en el que, por razones ajenas a intereses individuales y cortoplacistas, se deban modificar siguiendo los cauces adecuados para adaptarnos mejor al mundo como civilización en constante progreso social.

Carmen Jordá Sanz y Jose David Morales Betancourt

DEJA UNA RESPUESTA