Ingobernables frente a la emergencia climática

Javier Andaluz
Coordinador de Clima y Energía de Ecologistas en Acción


A pocos metros de donde se exponen grandes cuadros de las vanguardias europeas, desde Lautrec, pasando por Van Gogh, Kandinsky, Cézanne, Chagall,… vive la vanguardia moderna, la Ingobernable. Es curiosa la hipocresía social de la burguesía que hoy hace ingentes colas para ver los carteles del Moulin Rouge y hacerse algún que otro selfi.  Irónicamente, si algo tienen en común todos esos pintores impresionistas, post impresionistas y vanguardistas, es la crítica a la burguesía, que había liquidado los valores de la revolución francesa y protegido un sistema esclavista capitalista. Quizá era de esto de lo que hablaba Gabriel Celaya con lo del lujo cultural por los neutrales que lavándose las manos se evaden y desentienden. Parece que los visitantes obvian que las futuras obras de arte están en construcción en el edificio de al lado.

Lautrec hoy estaría perreando toda la noche muy cerca de su exposición en el paseo del Prado. Van Gogh intentando ganarse unos euros recogiendo los cascos de las cervezas de otros o buscando a un pringado que le pagara una cerveza más. En la azotea Cézanne retrataría los árboles y la vida cotidiana del rebautizado como Paseo del Arte. Y un gran caballo azul pintado por Chagall presidiría alguna pared oculta de ese edificio que antes fue universidad a distancia.

Porque, al fin y al cabo, eso son las vanguardias, el canto más absoluto de la creatividad, la experimentación y sobre todo el compartir para crear una nueva conciencia colectiva. De una forma u otra esas transformaciones culturales son hijas de aquella mañana del 18 de marzo de 1871 en el que París se despertara con un clamor en las calles que gritaba “Viva la comuna”. Hoy, nuevamente la libertad se encuentra amenazada por las huestes del imperialismo napoleónico y prusiano, quienes defienden su poder y sus privilegios frente al bien común. Intentan secuestrar la libertad, la creatividad y la evolución porque la única expresión autónoma que están dispuestos a permitir es la suya propia.

Somos las ingobernables hijas de la modernidad, de la vanguardia  y como sucediese a finales del siglo XIX huimos del “arte oficial” ya que mantienen una visión optimista del mundo, de la sociedad y de la vida urbana. Una huida que necesitamos hoy más que nunca, la vanguardia del siglo XXI ya no juega solo en el terreno de la defensa de la libertad, sino que jugamos también, en el terreno de la supervivencia. Porque el tremendo optimismo de la ciega clase poderosa nos está conduciendo a un colapso sistémico sin precedentes. El desarrollo de modelos alternativos en consonancia con el planeta es nuestra gran labor para frenar el cambio climático, ya que continuar en los circuitos del pensamiento oficial nos llevará al agotamiento de casi todos los recursos que permiten la existencia de la vida.

Así, defender la Ingobernable, la Gasolinera, la Gatonera, la EKO, el EVA, y tantos otros espacios es proteger el laboratorio de ideas que nos puede permitir encontrar las alternativas necesarias para frenar la crisis climática. En ellos, numerosas personas de forma altruista ponen sus esfuerzos, su tiempo e incluso sus cuerpos en la defensa de espacios vitales para todas. Unos espacios que han permitido la puesta en práctica de alternativas, de nuevas expresiones económicas sociales y culturales para frenar las tremendas injusticias como los desahucios , así como, tejer redes de lucha contra la desigualdad y la degradación planetaria. Sin espacios como estos los pequeños éxitos climáticos como las cooperativas de consumo, los proyectos agroecológicos, de autoconsumo energético y por la autosuficiencia hubieran avanzado mucho más lentos y hoy estaríamos peor en el desarrollo de alternativas frente a la emergencia climática.

Durante estos dos años la Ingobernable ha sido el centro de muchos encuentros entre actores muy diversos. Entre otros, ha dado cabida a la conocida como primavera climática, la confluencia de la juventud en lucha por su futuro, la rebelión contra la extinción y la experiencia acumulada de la lucha climática de la sociedad civil. Así, la Ingobernable se convierte en el corazón de la defensa climática de la ciudad de Madrid, en un espacio que junta arduas y duras asambleas con conversaciones más informales, pero profundamente transformadoras. Nuevamente asistimos a la estupidez del poder soportada por la burguesía y sus acólitos, que pretenden sesgar un importante camino que nos permitirá avanzar. Una estupidez que se hace evidente en la pretensión de eliminar Madrid Central, que con franqueza, a lo único que nos conduce es al suicido climático y de nuestra salud. Solo tienen motivos ideológicos, entre otros el sacro-santo derecho de gestionar el patrimonio público como si fuese de su propiedad, prueba de ello es precisamente el museo que se pretendía construir en el edificio.

Para frenar el cambio climático no necesitamos defender la Ingobernable, es obligatorio extender proyectos como la Ingobernable. Debemos de huir de la visión oficial, de sus marcos de mecenazgo y de ayudas, si queremos encontrar auténticas alternativas que nos permitan sobrevivir en las próximas décadas. En las ciudades cada vez quedan menos personas y menos espacios comunes, convertimos nuestras ciudades en meros monumentos turísticos vacíos de todo contenido y en enormes emisores de gases de efecto invernadero. Con ello nos vaciamos a nosotros mismos, porque ¿Acaso han sido los cuadros de Velázquez o de Goya quienes han forjado la ciudad de Madrid? ¿eran los fusilados de mayo guiris alojados en un Air BnB? O ¿Podrían haberse permitido un vino en el barrio de las letras Quevedo o Góngora? Cuando eliminamos los espacios de encuentro de las ciudades, eliminamos cualquier posibilidad de progreso, convirtiéndonos en un mundo gris abocado a un lento y estacionario decaimiento. Un lujo que no nos podemos permitir cuando le estamos viendo las orejas al monstruo climático.

Necesitamos la luz de la Ingobernable y de tantos otros espacios. Lugares de todas y de nadie, que permiten alejarnos de esa visión consumista que nos ancla al trabajo, al coche y al centro comercial. Salas que permiten usar el tiempo en prácticas de yoga, dar clases de teatro, ofrecer apoyo formativo a quien lo necesita, poner en común numerosas experiencias, festejar la vida y ante todo, evolucionar individual y comunalmente. El mundo del mañana se parecerá mucho más al museo artístico, social y ambiental que hoy se crea entre esas cuatro paredes de la calle Gobernador que a las colas de zombis que esperan para admirar la revolución de los días pasados. De la misma forma que los valores impresionistas, pos impresionistas y vanguardistas se desarrollaran alejados del optimismo de la burguesía, hoy la lucha climática se aleja de los centros de poder que nos han defraudado, situándose del lado del anhelo de libertad y de compromiso común que representa la Ingobernable.

Frente a los retos de la emergencia climática ¡Omnia sunt communia!


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