José Antonio Martín Acosta
Candidato al Senado por Bizkaia de Unidas Podemos

La bióloga, política, activista ecologista y feminista keniana Wangari Maathai dijo; “los seres humanos pasamos tanto tiempo acumulando, pisoteando, negando a otras personas. Y sin embargo, ¿quiénes son los que nos inspiran incluso después de muertos? Quienes sirvieron a otros que no eran ellos”.

Voy a intentar un imposible, lo sé. Me gustaría que se preguntaran acerca de aquellas personas que les han inspirado a ustedes y me gustaría también que se pregunten si esas personas cumplen o no esta premisa: sirvieron a otros que no eran ellos. Si ustedes tienen en sus pensamientos a esta clase de personas estén seguros de que, sin duda, estamos en el mismo bando.

Me pregunto cuál es el motivo que lleva a esa gente, los que sirvieron a otros que no eran ellos, a dejar la seguridad de sus hogares y emprender una aventura llena de penurias, pesares, dificultades y caminos inseguros que casi siempre llevan a la muerte. Los seres humanos somos así, la entrega, el sacrificio personal a menudo se aceptan gustosamente si llevan aparejados ciertos beneficios para otras personas. Pero, ¿Cómo latirán esos corazones? ¿Tendrán miedo? ¿Vacilarán acaso? No sé si les ha pasado a ustedes pero pienso que estamos ahora ante una de esas situaciones históricas que nos llevan a darnos cuenta de que nuestra acción política, nuestro activismo de base, nuestra participación pueden ser claves a la hora de servir a otros, de hacer cosas por el bien común, de llevar a un futuro justo a millones de hermanas y hermanos que ahora están preocupados por un incierto futuro.

Pero no estaríamos aquí si no entendiéramos que a menudo las malas acciones son buena política, es decir que las acciones en las que salimos perdiendo la mayoría guardan un bien para una minoría. Sin embargo el poder represivo siempre se doblega ante el poder normalizador y por eso te invito a que hagas trampas y no te dejes dominar por el miedo a las consecuencias de tus actos. Pedid y se os dará. Tened miedo y nada cambiará. La inacción es el mayor pecado para cualquier activista y en el camino que media entre la elaboración de una estrategia y la consecución de nuestros objetivos está la clave para empezar a cambiar la historia. Todas tenemos personas en mente que hicieron cosas maravillosas con muy poco y a esas personas les debemos esa inspiración tan necesaria para seguir intentando transformar el mundo que no es utopía sino justicia, amigo Sancho.

Yo siempre tengo en mente a Louise Michel en su defensa tras la caída de La Comuna de París en 1871. Tras la terrible represión de los comuneros, entre 35.000 y 100.000 cadáveres tiñeron de rojo las calles de la ciudad del Sena, despreció la autoridad del tribunal al decir: “Ya que al parecer todo corazón que late por la libertad solo tiene derecho a recibir una pequeña porción de plomo, solicito la que me toca. Si me dejáis viva, no dejaré de clamar por la venganza y denunciaré a los asesinos de la misericordia a la venganza de mis hermanos”. Ante lo cual el Presidente del Tribunal dijo: “No puedo permitirle que siga hablando si continúa en este tono”. Agregando Louise: “He terminado… Si no sois cobardes, matadme”. Me imagino a esa pequeña mujer portando un fusil desde su barricada en Montmartre defendiendo su puesto sin miedo a la muerte por un ideal, por la libertad y el desarrollo de La Comuna, un poder popular que la reacción no podía permitir. Recordemos el contexto tras la derrota de Napoleón III en Sedán contra las tropas prusianas, a menudo la represión tuvo un ardor más terrible al luchar contra los propios conciudadanos que al luchar contra el enemigo exterior. Esas cuestiones de guerra civil nos suenan mucho a los españoles porque todos tenemos ejemplos dentro de nuestras familias que han sufrido esa misma represión más feroz cuanto más cercana.

Me acuerdo de la carta de despedida de un guerrillero a sus hijos: “Sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia, cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario”. Esta frase ha presidido mi infancia y la de millones de personas. La empatía como actitud revolucionaria. En estos tiempos en los que prima la avaricia, la codicia, el individualismo, ver sufrir al otro y reaccionar; observar las cosas no como si no te afectaran sino viendo que tu aportación puede contribuir quizá no a acabar con ellas sino a hacer la vida más fácil para quienes la sufren. Saber aportar tu granito de arena para dirigir las cosas por un sendero más justo. Eso es el activismo social. Millones de personas haciendo pequeñas cosas pueden hacer la fuerza suficiente como para cambiarlo todo. No somos Louise Michel, no somos Ernesto “Ché” Guevara pero hemos sido conscientes de que nuestros gestos cuentan, de que nuestra ayuda cuenta, de que nuestro número aporta. En las condiciones actuales levantarse del sofá es ya un acto revolucionario. Salir a la calle y unirte a otros tantos en sus luchas colectivas. Aportar aquello que puedas aportar. Sabiduría colectiva. Fuerza popular.

En la historia de cada persona hay momentos especiales donde hay algo que cambia. Un momento de clarividencia. Un instante de inspiración. A mí me sucedió en el momento en el que vi cómo se desenvolvía en los platós televisivos un profesor universitario que respondía con cordura ante los intentos austericidas, una persona que hablaba con la voracidad del que tiene hambre de verdades, un ser que cuando se le notaba cabreado era cuando más claras eran sus palabras. Un brillo especial en el lenguaje, la capacidad de desmontar cualquier relato del adversario casi sin despeinar su coleta. Me llamó mucho la atención cómo se le intentaba desprestigiar  y empequeñecer, era el vasallo, el pueblo, el plebeyo, el intelectual, el insignificante y sin embargo cuanto más ponían de tripas esas personas más salía a relucir su excelente preparación dialéctica, su seguridad moral, su estrategia en cada paso para destruir al oponente de forma dialéctica, su profundo conocimiento histórico y algo que no había visto nunca, su verdad visceral pero profunda y la pasión de sus palabras. Un líder para el pueblo obrero estaba naciendo. Me vienen a la mente las palabras de Fidel Castro en una entrevista a Hugo Chávez: “no sabes lo grande que eres”. En cierto modo ni siquiera Pablo Iglesias se ha hecho a la idea de lo grande que es porque ese proyecto colectivo que es Podemos no sería gran cosa sin él y si no opináis lo mismo pensad por qué razón han intentado tantas tretas para destruirle. Jonathan Swift dijo: “Cuando en el mundo aparece un verdadero genio puede reconocérsele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. Y eso ha ocurrido y sigue ocurriendo y aunque él huya de personalismos y de consideraciones es sin duda alguna el mejor estadista español de su generación. Pero este artículo no es una loa a Pablo Iglesias, es una invitación a recoger lo mejor de nuestra experiencia personal y a caminar desde aquello que nos inspira hacia nuestros objetivos políticos: mejorar la vida de la gente.