Aníbal Martín

Son muchos los libros, series y películas que desde hace años se llevan encargando de revestir la política de un atractivo hollywoodiense —mezcla de poder, glamur y elaborados parlamentos— que verdaderamente no posee. La política real se parece poco a la política del imaginario colectivo, del personaje público, de la televisión y los focos. Su seno podría considerarse, quizá, un reducto reaccionario de otras épocas; el tiempo ha pasado por el interior de los partidos políticos con vientos revolucionarios mucho menos intensos que en el mundo exterior y, por eso, su estructura es, en muchas ocasiones, un museo viviente de las perores prácticas de las relaciones humanas. Sin olvidar que las escisiones y nuevas formaciones tienen la sana costumbre de imitar a sus predecesoras.

Como no puede ser de otro modo en el contexto neoliberal que nos envuelve y acuna, un partido político se parece notablemente a una empresa. Los partidos se nutren también de becarios, lo único que se llaman “voluntarios”; ese es, en esencia, el grueso de su mano de obra. Los voluntarios trabajan en las campañas electorales —los picos de producción— igual que si fueran trabajadores en nómina esperando que los contraten si el voto ciudadano es benévolo con el proyecto, mientras sus responsables —que evidentemente no se autodenominan así, porque si no hay trabajadores no hay jefes— los explotan hasta la extenuación para, de esta manera, ahorrarse gran parte de los salarios que deberían pagar. Resulta obvio, claro, que cuanta mayor es la capacidad económica de un partido, menos habitual será esta tendencia; pero de un modo u otro, pocos se salvan, y abundan, por desgracia, los casos de falsos autónomos y las relaciones laborales anómalas.

Ilustración de Nano

Además de la masa “no laboral, pero laboral” de los partidos, hay que señalar que la meritocracia y la política son como el agua y el aceite. Quien piense que a la cúspide de las estructuras llegan las personas con las mejores aptitudes o las más capacitadas es demasiado inocente o demasiado crédulo. Con muchos menos escrúpulos de los que se tendrían en un contexto laboral al uso, las veleidades y voluntades operan como una guillotina que va cortando las cabezas de quienes disienten, son demasiado críticos o, sencillamente, piensan. La política, ya es sabido, no se libra del clientelismo —hacia el interior y el exterior— y lo que aquí nos ocupa, la intrapolítica, consiste en agradar, caer bien a quienes tienes que caer bien y expresarte poco; siempre, por supuesto, en la dirección de los que mandan.

Abordada ya la relación pseudolaboral y ameritocrática dentro de los partidos, cabría preguntarse quiénes son los encargados y encargadas de llevar esta filosofía a la práctica; la respuesta es sencilla: el o la cacique. A diferencia de lo que se podría pensar, los caciques no son hoy en día personajes públicos ni suelen tener cargos electos, los caciques son los mamporreros internos de los partidos; poco importa si tienen o no unos valores, ideología o creencias similares a las de sus compañeros; lo esencial en ellos es la falta de empatía, el carácter de ordeno y mando y las destrezas amorales necesarias para la creación o el control del aparato. No reconocerás a los caciques porque no salen en las fotos.

El último elemento que sustenta a los partidos es el discurso y si en los demás asuntos son expertos, en este su talento despunta. Definiría la nueva tendencia como el arte del discurso vaciado; no digo vacío porque quiero pensar que algún día estuvo poblado de contenidos. Al igual que ocurre con palabras como orgánico o natural en el campo de la alimentación, la jerga política se llena de diálogo, sentido común y necesidad de pactar. Por este motivo, por la ausencia de contenidos, los líderes políticos suelen sufrir un cortocircuito cuando se les pregunta: ¿diálogo con quién y sobre qué?, ¿a qué se refiere con sentido común?, ¿pactos para llegar a dónde?.

Sabedores de sus flaquezas, los partidos tratan de protegerse con estatutos y códigos éticos de los monstruos que engendran, e invierten infinidad de recursos en que en ningún momento trascienda al exterior la imagen del ogro interior. Tratan de pulir el discurso vaciado —el cascarón al que llaman argumentario— para que parezca sólido. Tratan de revestir de honorabilidad a los caciques y mantenerlos bien protegidos y a la sombra. Pero cabría preguntarse cómo van a gestionar regiones y países enteros los que no son capaces de lograr la armonía en su propia casa. Qué autoridad puede tener un partido para denunciar la precariedad de los becarios si fomenta la precariedad de los voluntarios. Cómo puede hablar de mérito y capacidad quien practica la arbitrariedad y el revanchismo. ¿Cómo va a combatir la política de la estética, el discurso vaciado y los neocaciques los problemas reales a los que se enfrenta la sociedad?

En definitiva, olviden este artículo después de leído y siempre que haya elecciones vayan a votar.

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