Iria Bouzas

Cuando ya eres tan pequeñita que no puedes encogerte más, solo te queda la opción de volverte invisible.

Si todos soñamos en algún momento con tener el poder desaparecer a nuestro antojo, es porque ser invisible, a priori, tiene muchísimas ventajas.

Cuando eres invisible puedes descansar, nadie te molesta y nadie puede llegar a ti para hacerte daño.

Es algo parecido a esconderse, pero sin tener que marcharte a otro lugar.

Los niños quieren ser invisibles para corretear por el mundo haciendo travesuras y corriendo mil aventuras sin que ningún adulto les frene o les moleste en sus planes.

La invisibilidad infantil es un deseo de apertura y está lleno de vida.

Cuando el deseo de jugar se transforma en la necesidad de protegerse, es el momento en el que del sueño se pasa a la pesadilla.

Un adulto que se hace invisible es alguien que necesita protegerse del dolor y de las heridas que le infringen otros seres humanos simplemente porque está ahí.

Daño por existir. Daño por ser. Un dolor que destroza todas las partes del ser humano porque ataca a base de su propia existencia.

Frente a los ataques físicos que nos dañan nos encogemos. Es algo instintivo. Defendemos las partes vitales de nuestra anatomía para mantenernos con vida.

Ante el dolor emocional también nos encogemos, pero lo hacemos de otra manera. Cerramos a cal y canto partes de nuestra personalidad. Protegemos los sentimientos. Intentamos mantener a salvo la autoestima y vamos dejando poco a poco de estar en el mundo exterior para quedarnos encerrados dentro de nosotros mismos en un intento de salvaguardarnos como podemos de todo el sufrimiento que nos llega.

Cuando toda esta estrategia no funciona, terminamos por dar el salto y nos volvemos invisibles.

Es muy sencillo comprender lo terrible y destructivo que es el maltrato físico que sufren muchas mujeres, pero como sociedad aún nos cuesta muchísimo identificar y entender los efectos del maltrato psicológico.

Lo más perverso de este tipo de maltrato es que se camufla tan bien en el silencio y en la ausencia de pruebas físicas, que en muchas ocasiones ni el maltratador ni la mujer maltratada son conscientes de lo que está ocurriendo.

Asumimos el daño como un riesgo inherente al hecho de relacionarnos con otros seres humanos.

Si quieres te pueden dañar. Si confías te pueden herir.

Y desde esa aceptación, muchas veces no somos capaces de calibrar cuando estamos ante un nivel de daño intolerable e inaceptable.

¿Cuánto pueden herir el amor, el desamor, la amistad o las relaciones familiares para que lo consideremos un nivel de dolor aceptable y tolerable?

Sinceramente, no lo sé.

Ojalá pudiera dar una respuesta en este artículo pero es bien sabido que dentro del periodismo están siempre las preguntas pero normalmente son otros los llamados a dar las respuestas.

Lo que sí sé es que existen varios indicadores que nunca deberíamos ignorar.

Cuando la autoestima sufre por el trato que nos dan otros, algo no está bien.

Cuando hay quienes al acercarse nos roban la alegría, algo no funciona.

Cuando nos vaciamos intentando llenar los agujeros de personas que son demandantes insaciables de partes de nosotras, ¡cuidado!

Hace varias vidas, en un tiempo que ya ni existió, escribí algo que de vez en cuando voy recordando en cualquier hoja suelta que aparece delante de mí.

No tiene una gran calidad literaria pero creo que realmente se ha convertido para mí más en una oración o en un mantra que en la poesía que intentaba ser y siento la necesidad de compartirla por si ahora le puede servir a alguien más.

Igual aun te quiero.

Eso no sé si depende de mí.

Pero no puedo seguir dándote mi luz

para que alimentes tu tristeza.

Ya me hice pequeñita

Ya estuve encogida hasta que dolía

Ya me hice invisible.

Solo me queda desaparecer del todo.

Y decidir eso, sí que depende de mí

Quereos mucho, hermanas y si no os quieren bien. ¡Volad!

 

El cielo es tan grande que resulta casi, casi eterno.

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