La primera vez que oí hablar de Joaquín Costa fue cuando conocí la Institución Libre de Enseñanza, el proyecto educativo que fundó a finales del XIX el Regeneracionista Francisco Giner de los Ríos, y que Costa y otros intelectuales apoyaron decididamente. Fue entonces cuando supe de aquella generación que luchó por una educación libre, laica e igualitaria para hombres y mujeres como herramienta para la prosperidad, como instrumento para combatir a una España de caciques y de señoritos, de curas y de reyes, de privilegios y abusos. Hoy se cumplen 110 años de la muerte de Joaquín Costa y, para nuestra desgracia, la España actual, en muchos aspectos, sigue siendo aquella que tanto combatió el Gran Hombre. Corrupción política, caciquismo vacunario, injusticias y graves amenazas para la convivencia democrática… Ah, y corridas de toros, que eso nunca falte en las señas de identidad de la España más negra.

Vivimos unos tiempos extraños. Fíjense si lo serán que, por un lado, algunos líderes del actual PSOE defienden la tauromaquia reclamando que esta sangrienta costumbre representa el progreso, la libertad, el ecologismo y, ya puestos a decir chorradas, hasta el feminismo. Y, por otro lado, VOX también la defiende, solo que desde la tradición, la españolidad, el machismo y la caspa más rancia. Los dos se equivocan, pero yo creo que es más grave lo de los socialistas. Primero porque, ya desde sus orígenes, el PSOE fue netamente antitaurino y, segundo, porque, aunque la tauromaquia o el propio antitaurinismo no tienen ideología política por sí mismos, sí resulta cierto que, históricamente, existe una clara tendencia, subterránea pero muy perceptible, que evidencia que los sectores reaccionarios, los conservadores e inmovilistas —es decir, los poderes fácticos de toda la vida y que son los mismos que hoy en día…, y es que hay cosas que nunca cambian—, son los que más han fomentado la tauromaquia. No tanto por afición, sino por su propio interés. Porque, como escribió Unamuno, «nada hay más reaccionario que mantener la afición. Mientras la gente discute la última estocada del “Pavito” no habla de otras cosas, y es muy conveniente hacer que el público tenga hipotecadas su atención y su inteligencia en variedades de esas». Pues eso, mientras el pueblo esté en la plaza de toros bebiendo vino y oliendo sangre, no estará ni leyendo ni vigilando a los poderes fácticos. Esta es la triste historia de España y del pueblo español. Y el PSOE, en las últimas décadas, y en la actualidad, se ha dedicado a esto, fomentando la tauromaquia como ya sucedió en dos de las épocas más negras de la historia de nuestro país: durante el franquismo y durante el reinado de Fernando VII. Con eso está dicho todo.

Pero comentaba antes que vivimos tiempos extraños, en los que las verdades han sido sustituidas por opiniones. Y así nos va. Verán por qué digo esto. Volviendo a Joaquín Costa, ahora resulta que la extrema derecha de VOX ha aprovechado el 110 aniversario de su muerte, nada más y nada menos, que para reivindicar su pensamiento. Para que se hagan una idea del despropósito que esto supone, sería como si Unidas Podemos reivindicara el pensamiento del falangista Ramiro Ledesma. Dicho de otro modo, el ideario de VOX se parece al de Costa tanto como un huevo a una castaña y, hablando de castañas, aquí más de uno se merece un castañazo intelectual, a ver si así se les aclaran las ideas de una vez, si es que las tienen.

Joaquín Costa

Tal vez VOX pretenda compararse con Costa por la cuestión del patriotismo. No hay caso. En absoluto. Verán, el patriotismo de VOX es de cartón piedra, es un patriotismo inflamado en la palabra pero vacío en las obras, un patriotismo que no es sino un elemento de distracción que se esgrime como una muleta con la que torean al pueblo español, engañándolo como a un pobre toro desangrado y desorientado en la plaza. No, señores, Costa sí era un verdadero patriota, no como ustedes. El patriotismo se mide no por las palabras clamorosas, que se las lleva el viento, ni por los gestos, que son vanos, ni por las banderas, que se agitan y vituperan para distraer. El patriotismo se mide en obras, y hay más patriotismo en una familia trabajadora que hace prosperar a su país con el sudor de su frente y con los impuestos que tributa que en muchos otros que, eso sí, se rasgan las vestiduras por España pero luego hacen lo posible por escaquearse a la hora de arrimar el hombro, cobrando de chiringuitos públicos y defendiendo a los evasores de impuestos.

Joaquín Costa abominaría de ustedes, como abominó de las arbitrariedades, los abusos y las injusticias. Y este señor no era un don nadie. Hijo de un modesto labrador oscense, desde muy niño Costa mostró una gran inteligencia, así como dotes para el estudio y la lectura, algo que luego se plasmó en su formación académica que, aunque brillante, resultó trabajosa y con frecuencia interrumpida por su extrema pobreza. Además, desde muy joven sufría una distrofia muscular que limitó mucho su vida al causarle graves dolores. Aun así, Costa, con gran esfuerzo y dedicación, llegó a ser abogado, notario, doctor en Derecho y doctor en Filosofía y Letras, historiador, sociólogo, geógrafo, economista, propugnador del fin de la esclavitud, diputado, miembro del Ateneo de Madrid, de la Real Academia de la Historia, profesor de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación… Vamos, como los youtubers o los influencers de hoy en día, por no hablar de algunos políticos, que son incluso peores que un youtuber.

Pero, para distanciarlo aún más de VOX, diré que, además de todo, Costa fue un gran defensor de los animales en general, y un gran antitaurino en particular. Para que se hagan una idea, escribió frases como «sin la compasión por los animales no hay educación completa ni corazón bueno» o «El [hombre] justo toma a su cuidado la vida de sus animales; pero el malvado no tiene entrañas para ellos. La crueldad hacia los irracionales hace el corazón insensible a los sufrimientos de los hombres». Y es que Costa se declaró, abiertamente, enemigo de la crueldad hacia los animales. Él mismo, en sus memorias, escribe: «Ya de pequeño no podía presenciar el bárbaro degüello de un cordero, ni me alegraban como a otros los chillidos del cerdo atravesado por la cuchilla: hasta miraba de reojo a los carniceros, clasificándolos mi tierna inteligencia en una escala inferior a la de los demás hombres». Y, con las sangrientas corridas de toros, Costa no ahorró ni argumentos ni calificativos en su contra. La crueldad hacia los animales fue su principal argumento antitaurino, pero también criticó la tauromaquia por el uso de la sangrienta barbarie como herramienta de distracción y de embrutecimiento del pueblo que, drogado por la violencia de los cosos taurinos, dejaba de lado cualquier responsabilidad social y ciudadana. Es decir, denunció la llamada cuestión del Pan y toros: el uso de la tauromaquia por parte de los poderes fácticos como arma para inocular en el pueblo español el abstencionismo político, social y ciudadano. Como ya señalé antes, un pueblo adormecido y embrutecido por el intenso efecto que en ellos causa la violencia de las corridas era, y es, más dócil, menos crítico y más fácilmente manipulable. Poderes fácticos: 1-Pueblo español: 0. Fin del partido o, mejor, fin de la corrida. Gana la Banca, nunca mejor dicho.

Esto lo expone muy bien Costa. Así, criticando la apatía y la falta de responsabilidad del pueblo español, el Gran Hombre recuerda que, mientras se producía el Desastre de Cuba, la «chusma de irresponsables […] corrió a consolarse» en la plaza de toros. Es decir que, mientras miles de compatriotas morían en la Guerra de Cuba, en España las plazas de toros rebosaban de sangre, y de patriotismo. Parecía que España importaba menos si lo que estaba en juego era una buena corrida de toros. Bueno, pues hoy esos irresponsables serían los de VOX y, ojo, también los del PP, y los del PSOE y los de Ciudadanos que, en plena pandemia, no han parado de organizar corridas de toros, como si aquí no pasara nada. Y luego se hacen llamar patriotas.

Pero lo de VOX resulta especialmente vergonzante. Este partido —que ha convertido en señas de su identidad política cuestiones como la defensa a ultranza de la tauromaquia o la caza— pretende, sin sonrojo alguno, apropiarse de la memoria de un hombre honesto y sensible, un intelectual brillante que no solo era antitaurino y compasivo con los animales, sino que, además, era republicano, que luchó por transformar a una España de caciques y señoritos educando al pueblo, que apoyó la enseñanza igualitaria y laica para hombres y mujeres, y que combatió las injusticias y los abusos de una España ennegrecida por la crueldad y los abusos de poder. No me digan ustedes que no es para caerse de la silla…, la del caballo.

Entiendo que algunos usan la provocación para conseguir titulares. Que hablen de ellos, aunque sea mal. Y si cuela, cuela. Eso es mejor que una condena al silencio. No es mi intención hacerle ese juego al fascismo tauromáquico y cazador. Pero es que alguien tenía que decirlo, conche. Dejen a Costa en paz. Si viviera hoy les diría lo que ya escribió en vida: «Las corridas de toros son un mal inveterado que nos perjudica más de lo que muchos creen y de lo que a primera vista parece; desde la perversión del sentimiento público hasta el descrédito del extranjero, hay una serie tétrica de gradaciones que nos envilecen». Y, una vez dicho esto señores, háganselo mirar porque, para que hasta ustedes lo entiendan, que ahora pretendan apropiarse del legado de Costa es una maniobra que no tiene un pase


Juan Ignacio Codina Segovia | Derecho Animal

Dr. Juan Ignacio Codina
Subdirector y cofundador del Observatorio Justicia y Defensa Animal
Autor de PAN Y TOROS. Breve historia del pensamiento antitaurino español