Juan Ignacio Codina Segovia
En su magnífico libro Ideas apuntadas en la Exposición Universal de 1867 para España y para Huesca, el propio Joaquín Costa nos cuenta la historia que vamos a resumir a continuación. Todo comienza con uno de los más grandes intelectuales y patriotas que ha tenido España, Joaquín Costa, y acaba con un toro disecado en la Expo de París. Corría el año 1867 y, un entonces jovencísimo Costa, se las arregló, con apenas 21 años de edad, para acudir a la Expo de París, que habría de ser la exposición universal más importante y grande del mundo hasta la fecha. 

Antes de nada, vamos a contextualizar un poco, porque los contextos, como las circunstancias, lo son todo en esta vida. Y las de Joaquín Costa se resumen diciendo que es una de las más destacadas e insignes figuras de la política y de la cultura española de todos los tiempos. Este hombre, hijo de un modesto y humilde labrador de Huesca, llegó a obtener, por la Universidad de Madrid, dos licenciaturas —en Derecho y en Filosofía y Letras— y dos doctorados —en estas mismas materias—. Por si fuera poco, más contexto: Costa fue abogado, notario, historiador, sociólogo, geógrafo, economista, propugnador del fin de la esclavitud, diputado, el mayor representante del Regeneracionismo, miembro del Ateneo de Madrid, de la Real Academia de la Historia, de la Comisión de Legislación Extranjera, profesor de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, y miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. En fin, sin lugar a dudas, una figura muy brillante. Y hasta aquí el contexto. Ahora, la historia. 

En la Expo Universal de París de 1867, España no exhibió ni ciencia ni arte ni modernidad, sino barbarie taurina

Como hemos dicho, Costa era hijo de unos modestos labradores de Huesca. Joaquín fue el mayor de once hermanos. Había nacido en 1846 y, como hijo mayor, muy pronto debió abandonar cualquier inquietud cultural para ponerse a trabajar. El pan antes que el estudio. El cuerpo antes que el espíritu. La estrechez económica manda. Así, desde muy joven, debió dedicarse a todo tipo de labores: fue carpintero, albañil, jabonero…, en muchas ocasiones, a cambio de su faena, solo obtenía techo y comida. Pero nunca renunció a sus ansias de aprender. Desde muy joven, cualquier rato libre que tenía lo dedicaba a la lectura y al estudio. ¿Se imaginan el esfuerzo y el sacrificio que hubo de hacer para lograr la brillante carrera que dejó tras de sí? 

En ese contexto de esfuerzo y sacrificio, a sus veintiún años, Costa logró acudir a la Exposición Universal de París de 1867. Pero no fue a París ni como experto ni como investigador, ni siquiera como visitante. No, Costa, sin recursos de ningún tipo, acudió a la Ciudad de la Luz como albañil. Sí, como albañil, integrando la cuadrilla que habría de construir el pabellón que representaría a España en esta muestra. Ávido de conocimiento, deseoso de aprendizaje y con la mente abierta a nuevas ideas, nada mejor que asistir a aquella feria, en la que cada país del mundo enseñaría, con orgullo, sus más recientes logros en el campo de la ciencia, la investigación, el arte, la ingeniería o la industria. 

Así que Costa se las arregló como pudo, se arremangó, y se enroló en una aventura que habría de cambiar su vida y su visión del mundo, y también, de paso, la de España. Una vez terminada su faena de albañil, levantando tabiques, subiéndose a escaleras, y vaya usted a saber qué más, Costa aprovechó su estancia en París y no se volvió a casa, como seguro que hicieron el resto de albañiles. Logró quedarse en la Exposición como portero del pabellón español. Sus ratos libres los dedicaba a recorrer, en solitario, reflexivo y ensimismado, los pabellones de las otras naciones. Inglaterra, Francia, Rusia, Estados Unidos, China…, durante su estancia en aquel evento, el joven autor anotó todas sus ideas, sus impresiones y ocurrencias ante todo aquello cuanto, asombrado, veía. A su regreso a España, fueron publicadas en la obra que anteriormente hemos citado. 

Dentro de este libro tiene un especial interés el capítulo titulado El Toro del Pabellón Español. Bajo este título tan descriptivo Costa explica que, a las autoridades españolas de la época, no se les había ocurrido otra cosa que, para representar a España ante el mundo, exhibir, ya en la misma entrada del pabellón español, a un toro de verdad, disecado, de modo que lo primero que el visitante extranjero se encontraba nada más acceder a nuestro pabellón en la Exposición Universal de París era a «un toro disecado con todas las señales de la pica y de las banderillas, de la espada […]», según escribe el propio Costa. 

Ahí es nada, olé y olé, un toro martirizado como emblema de España. Esa era la divisa —nunca mejor dicho— que nos había de representar ante el mundo entero. Cientos de miles de visitantes, venidos desde todos los confines del mundo, regresarían a sus países con una certeza: España había exhibido lo único de lo que podía hacer gala, la barbarie taurina. Y esto, a Costa, como español, le entristeció y le enfureció a partes iguales. 

Así, el propio Costa relata en su escrito la repugnancia que le generaba la presencia de aquel pobre toro martirizado, dando la bienvenida a los visitantes extranjeros en el pabellón español. Esta ilustre figura cuenta que, a esa exposición, cada país acudió para mostrar aquello de lo que podían sentirse más orgullosos, y no, precisamente, aquello que les pudiera avergonzar ante el mundo. Así, cuenta el Gran Hombre, Francia exhibió sus antigüedades, pero no mostró a sus bailarinas; Inglaterra, por su parte, presentó sus «interesantes razas porcunas», pero no hizo exhibición de sus «gallos armados de espolones metálicos»; Argelia llevó a París sus dromedarios y Siam sus elefantes con sus arreos para el trabajo, «pero nadie ha llevado un elefante con un hombre atravesado en los colmillos, ni un mártir desollado, como no se ha presentado tampoco la guillotina, ni el garrote, ni la horca, ni el simulacro de un fusilamiento», escribe Costa. Pero España va y lleva, para lucirse ante el mundo, a un toro ensangrentado. Su lamento es real, sincero y patriótico.  

En fin, que todos estos países ostentaban en París sus méritos mientras que España, siempre a lo suyo, por vocación o por simple victimismo, ajena al progreso mundial, planta en la entrada de su pabellón, mostrándolo con un inmenso orgullo, nada más y nada menos que un pobre toro disecado con todas las señales de haber sido torturado en una corrida de toros. ¿Marca España? Marca España.  

En este sentido, Costa asegura que «[…] traer a la Exposición la imagen de esas corridas, trasunto informe y resto escandaloso de una época viciada, no es ciertamente la táctica más hábil que debió seguirse para aparecer tales como queremos ser los españoles». Pues tiene toda la razón. Y parece mentira que, ciento cincuenta años después, sus palabras sigan teniendo vigencia, con alcaldes y presidentas regionales defendiendo, a capote y espada, la cruel tauromaquia que, según ellos, vertebra a nuestro país, cuando lo único que esta deshonrosa práctica vertebra es la ignominia y la vergüenza de una nación ante el mundo civilizado. 

Esto ya lo sabía Costa hace ciento cincuenta años, y por eso no concebía tamaña exhibición de una ignorancia tan arrogante, tan española. El gran patriota que fue Joaquín Costa hubiera deseado que aquel toro disecado se hubiera expuesto en nuestro pabellón como recuerdo de un pasado infame que España ya hubiera superado, y que nuestro país, entonces sí, mostrara al toro como símbolo de haber dejado atrás una historia, la de la brutalidad tauromáquica, que tanto nos avergüenza ante el mundo: «Que nuestro toro se hubiera plantado en la Historia del Trabajo como recuerdo de brutales espectáculos pasados; que la media luna y la pica y el machete y la banderilla hubieran llevado el carácter de antigüedades […]», y que todo ello se hubiera exhibido junto a muestras de arte, maquinaria variada, junto a «unos mapas de ilustración pública intensamente coloreados». Entonces, en ese caso, como muestra de que España había dejado por fin atrás sus bárbaras costumbres del pasado, «el toro y aderezos accesorios hubieran sido un honor y no pequeño». Esto es lo que escribe Costa. El sueño de un patriota. 

En cambio, ante la fuerza de la realidad, el autor se lamenta de «que los útiles de la feroz carnicería se exhiban como objetos industriales o como estúpido alarde de un valor temerario», mientras que las galerías que el pabellón español destinaba a mostrar sus progresos e innovaciones en el campo del trabajo, de la maquinaria, del arte o de la instrucción pública, están casi desiertas. Después de este análisis, Costa se pregunta «si tenemos motivos racionales para enorgullecernos». La respuesta, entonces y ahora, es no. 

Y, para subrayar nuevamente el contraste entre el pabellón español y lo que otros países hacen brillar en la gran cita universal de París, el pensador observa que Francia, «frente a nuestro toro», presenta sus Sociedades protectoras de Animales; Prusia muestra cómo trata de avanzar en la manera de mejorar el socorro a los heridos en las campañas bélicas; Suiza estudia la altura de los bancos de las escuelas… Y, mientras tanto, frente a los progresos y preocupaciones de otras naciones, «Sólo España aparece en el Concurso Universal con la cabeza desmelenada, los brazos humeantes de sangre, la voz ronca y fatal, gritando aún: ¡Sangre, sangre, más caballos a los toros!», escribe el ilustre oscense. Y luego nos quejamos de que nos llamen bárbaros. 

En fin, necesitamos más joaquines costas, muchos más. Los necesitamos en el movimiento de defensa de los animales, los necesitamos en nuestra política, en nuestras letras, en nuestras academias y en nuestra cultura. Mientras no los tengamos, seguiremos abocados a que la sangre de un toro martirizado sobre la arena nos siga representando, muy a nuestro pesar, ante el resto del mundo. Aquel toro disecado del pabellón español en París era la imagen de una España que hoy algunos todavía siguen defendiendo. Y, como españoles, tenemos el deber patriótico de decir que ya basta, alzando nuestras voces para señalar que la barbarie debe ser combatida sí, pero no con más barbarie, ni con insultos ni descalificaciones, sino con cultura, conocimiento y sabiduría, como nos enseñó Joaquín Costa. No hay mejor legado que se pueda dejar al mundo. Acabemos con la tauromaquia, dejemos, esta vez sí, el pabellón español bien alto y, sobre todo, sin toros ni disecados ni martirizados. Dejémoslo limpio de sangre y de muerte, como Costa hubiera querido.